¿Mi mamá tuvo la culpa?

Ana María Hoyos

Fragmento

¿Mi mamá tuvo la culpa?
Muñeca rusa triste con lágrimas.

Test de tu herida

¿Tengo una herida con mamá?

Antes de empezar quiero proponerte algo. Este no es un libro para leer de forma intelectual, es un libro para mirarte. Y para que sea realmente terapéutico y vivencial, es importante partir de una base honesta: reconocer si existe o no una herida en la relación con tu mamá.

De pronto la tuya no es una herida evidente, ni un drama, ni una historia trágica. A veces la herida madre-hija se esconde en cosas pequeñas: sensaciones, incomodidades, silencios, distancias, formas de reaccionar. Por eso es necesario que revises en tu inventario de historias, sucesos, comportamientos y situaciones eso que está guardado en ti (está en tu inconsciente) y que hace que reacciones de la manera como lo haces.

He creado estas preguntas para que puedas hacer una primera exploración de tu situación con tu mamá. No es un diagnóstico. No es una etiqueta. Es un espejo.

Respóndelas con honestidad. No te juzgues ni justifiques a tu mamá ni a ti. Solo observa.

La idea es que, frente a cada pregunta, respondas:

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

Son treinta preguntas que buscan que comprendas si lo que vives con tu madre podría ser simplemente una incomodidad infantil que no se ha “organizado” o si, por el contrario, es una herida o trauma que no ha sanado y no solo una cuestión en la que tú sientes que tu mamá es muy difícil o que no la soportas.

Señales de una herida madre-hija

Emociones básicas

  1. ¿Sientes que cuando eras niña tu mamá no estuvo emocionalmente para ti?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Te incomoda cuando ella opina sobre tu vida?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Sientes que con ella debes tener cuidado con lo que dices, con lo que cuentas?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Sientes que te exigía más que a tus hermanos?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Te sentiste poco vista o reconocida por ella?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Te cuesta recibir afecto de tu mamá?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Sientes que todavía hay cosas que necesitas decirle y no puedes o no te atreves?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

Rabia y resentimiento

  1. ¿Sientes que te hizo daño, aunque no haya sido de forma consciente?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Te cuesta perdonarla?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Reaccionas de forma desproporcionada frente a ella?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Sientes que ella no te valida como mujer adulta?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Te incomoda su presencia por periodos prolongados?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

Identidad y comparación

  1. ¿Has sentido que no quisieras parecerte a tu mamá?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Te identificas más con otra figura femenina familiar (tía, abuela, madrina) que con tu mamá?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Te costó aceptar tu feminidad o tu cuerpo?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Te has sentido en competencia con tu mamá alguna vez?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Sientes que tu identidad se construyó buscando oponerte a ella?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

Amor y relaciones

  1. ¿Sientes que tu forma de amar es distinta a la de tu mamá?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Te prometiste no repetir su historia de pareja?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Te has sentido emocionalmente huérfana en tus relaciones?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Te cuesta poner límites sanos con tus parejas?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Temes “convertirte en tu mamá”?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Te duele reconocer que, en algunas cosas, ya te pareces a ella?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

Herida profunda y sistema familiar

  1. ¿Te cuesta honrar (respetar, valorar) a tu mamá tal como es?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Sientes que sigues reaccionando como una niña frente a ella?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Te cuesta ponerla en su lugar de madre y ponerte tú en el de hija?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Has sentido deseo de alejarte por completo de su lado?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Te duele que no haya sido la mamá que necesitabas?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Usualmente te comportas como si fueras la mamá de tu mamá?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

  1. ¿Sientes que aún no te has “graduado” emocionalmente de hija?

<ornamento> Sí <ornamento> No <ornamento> A veces

Cómo leer tus respuestas

Si más de la mitad de las respuestas fueron “sí” o “a veces”, es muy probable que exista una herida madre-hija activa en tu historia.

No significa que no ames a tu mamá. No significa que ella haya sido mala. No significa que tú estés equivocada. Significa que hay algo que necesita ser mirado. Y ese es justamente el camino que vamos a recorrer en este libro. No para encontrar culpables, sino para comprender, ordenar y sanar. Y, poco a poco, graduarte de hija con amor. Sin drama y sin luchas.

Muñeca matrioska estilizada en tonos rosa y negro.

INTRODUCCIÓN

Mi mamá tiene la culpa

“¡Mi mamá tiene toda la culpa!”. Esta frase la pensé muchas veces a lo largo de mi vida. No siempre con rabia; a veces con tristeza, a veces con frustración. En algunos momentos tuve esa sensación silenciosa de que algo en mí no estaba bien y que tal vez tenía que ver con ella, con mi mamá. Pero no lo decía en voz alta.

Hay cosas que casi ninguna hija se atreve a decir; entre ellas que, aunque amamos profundamente a nuestra mamá, también es la relación que más nos genera conflicto y hasta dolor. Y esas palabras en boca de una hija suenan ingratas, injustas. Porque, en el fondo, uno sabe que la mamá hizo lo que creyó que estaba bien y, sin analizarlo mucho, hizo lo que pudo.

Pero igual pensé cientos de veces: “Mi mamá tuvo la culpa”. Lo pensé cuando me sentía insuficiente para decir lo que sentía, para ser alegre, para defenderme o para sentirme escuchada.

La relación con la mamá es rara. Es amorosa, pero pesada y tensa. Es cercana, pero a veces incómoda. Es necesaria, pero a ratos asfixiante.

Yo amaba a mi mamá, claro que sí. Sin embargo, por momentos sentía que me daba miedo amarla; que si me acercaba mucho me hería con palabras, me regañaba, me pegaba, y yo aun así la necesitaba. Ella era mi subsistencia, mi seguridad en casa, mi comida, mi lugar seguro, pero, al mismo tiempo, el lugar que más miedo me daba.

Esto es muy difícil de explicar, porque nadie nos enseña qué hacer cuando la relación con la mamá no es simple. Cuando no es solo cariño o abrazos.

Cuando también hay rabia, frustración, silencios, miradas que incomodan, frases que se quedan sonando por años en la mente y en el corazón.

A muchas nos criaron con la idea de que a la mamá se le respeta, se le agradece y se le quiere, pero nadie nos enseñó qué hacer con lo que se siente hacia ella y que no es bonito, no es fácil de explicar, porque da rabia y duele. Y lo que duele no siempre es evidente.

A veces no fue abandono. A veces no fue violencia física. A veces no fue nada grave. A veces fue solo una sensación constante de no encajar del todo en la vida de mamá, de no ser la hija que la llenaba de orgullo, ser la que lo hacía diferente a ella, la sensible, la distinta, la que nadie entendía.

Pero no se puede negar que, desde el momento mismo en el que llegamos a la tierra, la relación madre-hija, más que un vínculo, se convierte en un destino. Un destino en el que tenemos una ambivalencia permanente.

Por no ser vistas como somos. Por tener que ser distintas a ella, pero no tanto. Por tener que hacerlo mejor que ella, pero sin salirse del molde que mamá creó.

Y ahí empieza algo que muchas hijas sienten y no saben nombrar.

CON MAMÁ CUALQUIER COSA DUELE

El primer recuerdo que se me vino a la cabeza cuando empecé a escribir este libro no fue una pelea grande. No fue un momento dramático. No fue algo que cualquiera diría: “Claro, eso traumatizó a la niña”. Fue algo aparentemente pequeño.

Tenía seis años y mi papá nos había regalado un viaje a Disney. Íbamos con vecinos del barrio, con mis amiguitas, mi mamá y mi hermano. Yo cumplía años durante el viaje. Imagínate la escena: una niña de seis años, en Disney, el día de su cumpleaños, ¡qué felicidad! Parecía el lugar perfecto.

Mi mamá y sus amigas nos llevaron a un Toys “R” Us, que era la tienda más grande de juguetes que yo había visto en mi vida. Un mundo inmenso de muñecas, juegos, colores, sonidos y promesas. Y mi mamá, seguramente con la más linda intención de darme un gran regalo, me dijo: “Escoge el juguete que quieras, pero solo uno”. Para una niña pequeña, esa no es una decisión sencilla. Es el universo abierto.

Empecé a recorrer la tienda acompañada de mis amiguitas. ¡Era una locura! Cada una me mostraba una opción mejor que la otra: “Mira esta”, “Esta habla”, “Esta camina”, “Esta llora”. Yo no sabía cuál elegir; solo sabía que quería una muñeca, la mejor de la tienda. Me costaba decidir.

Pasó una hora, tal vez algunos minutos más, y mi mamá empezó a desesperarse. Su paciencia de madre feliz por darle el mejor regalo a su hija se había agotado.

Yo no lo entendía en ese momento, pero hoy sí lo veo diferente. Seguramente iba con el dinero justo. Seguramente estaba cansada. Seguramente estaba tratando de hacer lo mejor posible, pero estaba agotada de los pies, porque ahora recuerdo que estaba embarazada.

Pero yo solo veía a mi mamá rabiosa, apurada y tensa: “Ana María, escoja ya. Nos tenemos que ir. Decídase. Si no escoge, nos vamos sin nada”.

Y en un momento de desespero, de presión, de miedo a que de verdad nos fuéramos sin mi regalo, agarré la primera muñeca que vi. Una muñeca de ropita rosada. Tiesa. Que no hacía nada. Nada. ¡Absolutamente nada!

Mi mamá la pagó después de darme un buen pellizco en el brazo, yo lloraba y al mismo tiempo recibía mi muñeca fresita tiesa.

Salimos y, cuando la miré, supe de inmediato que esa no era la muñeca que yo quería. No hice un berrinche —ya me habían regañado—, solo me sentí muy triste de haber estado sola eligiendo mi supuesto mejor regalo (sé que puedes pensar que no estaba sola, porque estaba con mis amiguitas, pero yo, en realidad, quería a mi mamá).

Mi mamá se dio cuenta de mi llanto y, obviamente, se molestó. Con sus palabras duras me repitió: “¿Tanto tiempo? ¿Tantas posibilidades? ¿Y quedó aburrida?”. Y después vino el siguiente regaño: “Ojalá todos los niños tuvieran la posibilidad de estar en Estados Unidos comprando su regalo de cumpleaños. Usted es una malagradecida”.

Hay una foto de ese día. Mi mamá todavía la tiene. Se me ve con la muñeca en la mano y se nota que había llorado. Que no había sido un “cumpleaños feliz”.

Ese es el primer recuerdo que se me vino a la cabeza. No porque haya sido el más grave, sino porque, con los años, entendí que ahí estaba guardado un gran dolor.

Por mi expectativa. Por la expectativa de mi mamá. Por la sensación de no saber hacerlo bien. Por el miedo a decepcionar a mi mamá, que no aceptaba equivocaciones como estas, y tenía consecuencias emocionales fuertes. Y, sobre todo, porque sentí que era el inicio de algo silencioso: esa sensación de que con mi mamá no se podía cometer errores, tener dudas o equivocarse, o debía prepararme para el regaño, el castigo y el señalamiento.

Mi mamá no estaba reaccionando solo como una mamá. Estaba reaccionando como la hija de una mamá con la que ella tenía su propia herida. Estaba cargando su historia. Sus miedos. Sus aprendizajes. Sus dolores y traumas. Era su forma de sobrevivir en el mundo. Yo, por mi lado, estaba reaccionando como una hija que necesitaba a mamá.

Eso no lo entiende una niña, y menos una tan pequeña. Lo entiende una mujer adulta. Y yo tardé muchos años en volverme adulta para poder ver cómo era la realidad y cómo mi madre no era responsable de todo en esa parte de mi vida.

Crecer no es solo cumplir años. Yo tengo en mi consulta mujeres de setenta y tres, sesenta y ocho y cincuenta y

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