Primavera

Dany Alejandro Hoyos

Fragmento

Primavera

Crecí en un barrio popular. Mis palabras tienen el tufo de la calle y el aroma a petricor del asfalto cuando llueve. Mi territorio fue una acera; mi estandarte, la camiseta de un equipo de fútbol. Mi cuna fue prestada. Mi apellido nunca gobernó, fue gobernado. Mi herencia no se firmó en notarías; mi legado es la memoria, las historias que me contaron. Mi linaje viene del sudor de los que nacieron en la mala y vivieron en la buena. Mis juguetes fueron imaginarios: escondite, chucha cogida, yeimis, arranca yuca, stop, tin tín corre corre y esconde la correa. Mi banda sonora eran lamentos cantados a ritmo de salsa, vallenato, tango y ranchera. Mi mundo medía tres cuadras, el chisme se camuflaba detrás de las cortinas, la tienda era el club social, el ágora donde nuestros papás filosofaban, el núcleo de la parranda, el centro de las noticias, el banco de los vecinos, el sostén de las hambres fiadas que se anotaban en un cartón de cigarrillos. Crecí en un barrio y aprendí que la comida era «lo que haya» y el postre era el miguelucho que se hacía con la leche cortada. Calmé antojos con bolis, banano congelado, cremas, paletas de queso con bocadillo, de coco o de mango biche; aprendí que no hay placer más genuino que chuparse la bolsita de mango y limón con su agüita salada, que la buena yuca se reconoce metiéndole la uña, y el aguacate, apretándolo con el dedo índice, que los buñuelos se voltean solos, que la empanada es lo que más se vende, que los bananos se dan de ñapa, que todo se cura con vinagre, bicarbonato y limón, que el más jugoso es el limón chiquito; aprendí que el mango y la naranja sirven de pasante para el aguardiente, que el ron abre piernas, que no se sabe qué es peor: si emborrachar una traba o trabar una borrachera, que el caldo calma el guayabo y la cerveza también, pero da paradera al baño, que el sancocho sabe mejor en leña, que la comida no se bota y que si sobra se hace calentao o se deja para el perro y que los pregoneros de las tiendas ambulantes despertaban al mundo ofreciendo con voz de tenor ¡Aguacateee! ¡Mazamorraaaa! ¡Pasteleeees! ¡Heladooos! O tratamientos psicológicos gritando: Se arregla la de presión.

Crecí en un barrio con padres que filtraban con anís la realidad y madres que inventaban la vida recostadas en los marcos de las puertas mientras se secaba el piso recién trapeado. No me pisen que acabo de dar la última, gritaban. A eso de las doce del día comenzaba a sentirse un olor a comida y guisantes que salía de las casas a llamar a los hambrientos, llevado por el viento que bamboleaba la ropa extendida en los balcones, las terrazas y las ventanas enrejadas con hierro, como si tuvieran barrotes carcelarios, y unos vidrios en celosías que servían para ver sin ser visto. Crecí en un barrio en el que se hacían paseos a la Costa, al mar, organizados por la misma persona que dirigía la natillera, una cooperativa no oficial en la que los socios aportaban una cuota mensual y al final del año recibían el acumulado de sus ahorros con los intereses obtenidos en paseos, bingos y empanadas que bailaban al son de los porros, el vallenato, el merengue, la salsa, la Billo´s Caracas Boys, Los Melódicos y El Combo de las Estrellas, ¡qué nota! En mi barrio las risas eran una sonora matancera, sin taparse la boca por apariencias o pudores; estridentes, endiabladas, tan desvergonzadas que dejaban ver las calzas negras al fondo de la boca, la encía sangrante y la campanilla vibrando de alegría; se mostraba el diente y se miraba a los ojos; los novicios labios jugaban pico botella y la verdad o se atreve; el sexo era distintivo de hombría, la inocencia se confundía con pendejada y los pies se usaban para bailar, correr detrás de una pelota o escapar de la muerte. Aprendí que «todo bien», a veces es «todo mal», que los sapos mueren estripados, que el que come callado come dos veces, que al que se maneja bien lo matan de último, que es mejor que digan aquí corrió que aquí cayó, que el que nada debe nada teme, que no se meta en donde no lo han llamado, que el muerto se respeta y al vivo se cuida, que insultar a la mamá de otro era una guerra, y a la propia, una maldición, que la «vaca» era el banco si la plata no alcanzaba al deseo. Nuestra fortuna era fiada: los muebles eran un poquito nuestros con la cuota que los domingos pasaba un señor a cobrar. Algunos pagaban, otros se escondían porque guardaban la plata hasta diciembre, la época cuando cerraban la cuadra para propiciar las bacanales de la desmesura en las que llovían cadenetas de colores que bañaban de alegría los pesebres y, al son de las canciones de Doris Salas, los niños se quemaban las pestañas jugando a la candelada del diablo.

Crecí en un barrio y viajé en bus por la puerta de atrás. Otras veces mi mamá me metía por debajo de la registradora y, cuando el chofer se pasaba de nuestra parada, mi papá le gritaba: ¿Nos vas a llevar para su casa o qué? Así, tuteando y usteando en la misma frase. Supe que era muy difícil que un taxista recogiera a un herido porque si se moría le salaba el carro, que en un Renault 4 cabían las mismas personas que en un crucero de la Royal Caribean y que la moto entre más gangoso sonara más peligrosa era. Crecí en un barrio donde conocíamos a nuestros vecinos y, con la misma pasión primaria con la que nos reproducíamos, nos matábamos entre nosotros. Morimos varias veces. Crecimos al tiempo y a destiempo. Crecí luchando, como los otros, los que crecieron como yo, de humilde cuna, con su fortuna hecha de sueños, como yo… Era un niño que corría detrás de un balón y que emborrachó sus miedos desde los trece años. Un ovillo de barrio que necesita desenmarañar los orígenes de sus nostalgias, a ver si es cierto que uno es de donde viene. Yo vengo de un barrio llamado Primavera.

Primavera era un potrero en una ladera de Medellín que fueron poblando campesinos en la diáspora de los años cincuenta. Llegaron liberales huyendo de conservadores y godos perseguidos por manzanillos. Anclaron sus techos sin orden, pero con curia. Nacieron casas que compartían muros y resistían temblores, hechas por oficiales empíricos, aquellos que de lunes a viernes construían edificios en los barrios elegantes y los fines de semana pegaban adobes y vaciaban terrazas a ojo, nivel y plomada. En cada cuarto, una esperanza, ya madura... Casas de tres y cuatro pisos, con apartamentos interiores que formaban laberintos donde los amantes nativos no necesitaban el hilo de Ariadna para salir. La que sí necesitaba ser dirigida era el agua, que se canalizaba por un entramado de tubos de diferentes tonos de amarillo y naranja que bajaban apretujados por espacios minúsculos buscando una calle, una acera o formando charquitos en escalas de hormigón construidas a cuarenta y cinco grados, ideales para masacrar rodillas y fortalecer glúteos. Para asombro de los ingenieros estructurales, a la fecha no se ha desplomado ni un apartamento, y si se llegara a caer alguno, ya habría cumplido su ciclo de cuarenta o cincuenta años, lo que justificaba el riesgo y la inversión. Primavera crecía y lo que no podía el Gobierno lo hacía la gente. Un cable de energía servía para varios hogares hasta que alguien decidía independizarse, hacía la solicitud a las Empresas Públicas y traían otro cable, que a su vez era usado para nuevas viviendas, hasta que una de ellas se independizaba, y así, siguiendo la corriente, se fue llenando el barrio de postes con cables cruzados en un perfecto caos ordenado que servía para el descanso de los pájaros y como colgadero de tenis desechados.

Primavera tenía una quebrada compuesta de agua, basura y chuchas. Ratas gigantes con colas largas y gruesas que nosotros ahuyentábamos a pedradas desde lejos porque de cerca ellas nos espantaban a nosotros. Cuando llovía, Primavera surtía a la quebrada con colchones, hornos, tarros, muebles viejos, escombros y desechos que el carro de la basura no recogía. Entonces, ella, furiosa, arrasaba con todo para morir frenética y putrefacta en un río llamado Medellín, que quedaba después de la avenida principal, una calle por la que pasaban los buses en bombas de fuego para triunfar en la guerra del centavo, competencia vertiginosa que ganaba el conductor que recogiera más personas durante el trayecto y les hiciera sentir la experiencia mareadora de una montaña rusa sin tener que pagar un costo adicional. El color del río era café, aunque a veces, como los políticos, cambiaba y era rojo, verde, naranja o azul, dependiendo de los químicos que le echaran las empresas desde arriba. Le invirtieron millones, pero por sus aguas, que nacían diáfanas en La Clara, Caldas, solo podían navegar la mugre, los gallinazos picoteando muertos y los desechos de una ciudad esperanzada en que las rabias, las vergüenzas y las frustraciones se las llevara la corriente. Después de una tempestad o en la canícula, el aire se infestaba de olor a mortecina. Era como el río de Heráclito, no por razones filosóficas, sino porque después de la primera bañada a nadie le quedaban ganas de bañarse dos veces. El río rezaba el dicho popular: mirame, pero no me toqués. La única vez que lo hicimos fue tratando de recuperar un balón. Nos costó ingentes sarpullidos que desaparecieron después de dos semanas y gracias a las cremas de doña Julia, dando paso a las marcas de correa y chancla de nuestros padres, quienes pacientes esperaron para darnos sendas pelas con entonación de sílabas en mayúsculas: LE-DI-JE-QUE-NO-SE-ME-TIE-RA-AL-RÍO-CU-LI-CA-GA-O-DE-SO-BE-DI-EN-TE. Aun así, amo al río. Me gusta admirar su belleza y resistencia, su cauce es como aquellos seres que, a pesar de la basura, la abulia y la desazón suprema que reciben del mundo, fluyen con la ilusión de un mejor destino aguas abajo.

Primavera creció en desorden y descuadró la planeación de la ciudad que iba simétrica con calles en líneas rectas. Desde el otro lado del valle se puede ver la transición entre la rectitud del asfalto y un amasijo de casas y calles curvas, transversales, atravesadas, recovecudas que fueron el dolor de cabeza de los trabajadores de Planeación y Catastro que no sabían cómo poner las nomenclaturas. Por birlibirloque, entre una calle y otra brotaban dos calles más; entonces, además de los números, había que apoyarse en las letras, y así nacieron las calles 98A y 98B. Tiempo después la calle 98A tendría una hija, la 98AA, y así en seguidilla de alfabeto. Fue entonces cuando los nativos de Primavera, en busca de la simpleza, decidieron crear sus propios nombres de referencia: «Por don tranquilo», «Por el batallón», «Por la iglesia de Palos Verdes», «Por la cancha», «Por La Maracaná», «Por el Puente del Mico», «Por La Minorista», «Por La Mayorista», «Por La Asomadera», «Por la Placita de Flórez», «Por el rompoy de don Quijote», «Por La Alpujarra», «Por La Bayadera», «Por el estadio», «Por la estatua de René», «Por los sanducheros», «Por el redondel», «Por el Nacional», «Por la ranchera», «Por la terminal», «Por La Toma», «Por Los Pomos», «Por La Palomera», «Por Las Mellizas», «Por el plan», «Por la unidad intermedia», «Por El Ventiadero», «Por el carro muerto», «Por El Hueco», «Por el santos», «Por la tienda de Andrés», «Y por mi casa» a donde llegué cuando tenía ocho años y encontré dos muertos en la sala y a otros niños Como yo, como nosotros.

«Yo tengo dieciséis y de la vida no me quejo, hay mucho que aprender y ya yo sé más o menos. Yo tengo un poquito de sabiduría y más todavía voy aprendiendo de la vida».

En el principio era el verbo, el verbo jugar. En China fue cuero relleno de pluma. Fue piedra, fue caucho, hilos enrollados y vejigas de cerdo rellenas de crines de caballos; fue novedad cuando Goodyear descubrió la vulcanización del caucho; fue entretenimiento de los caballeros en las tierras de Albión y es escape emocional de obreros. Fue negro, vinotinto y marrón; ahora es blanco, amarillo, rojo, con rombos, estrellas y pecas negras. En momentos no oficiales fue plástico, cuero, carey y goma.

Con los años fue bautizada como Tango, Azteca, Brazuca y Jabulani; también fue Crack, Mikasa y Golty. Por eso, así como a la salsa de tomate la llamábamos Fruco, a la crema dental, Kolino, a la goma de mascar, Chicles, a los pañuelos desechables, Kleenex, y al poliestireno expandido, Icopor, cuando yo tenía cinco años y aprendí a juntar las primeras letras pensaba que tenía por nombre Golty.

Fue ella: pelota, bola, bocha, número cinco, pecosa, caprichosa, sagrada y redonda. También fue él: balón, útil, cuero y esférico. Viajó al occidente en barco, llegó a Río de Janeiro y se instaló en las favelas que no eran favelas todavía; arribó al Río de la Plata a bailar tango con los porteños; encalló en Colombia en el puerto de Barranquilla metida en la maleta de los ingleses trabajadores de la United Fruit Company que llegaron a llevarse el banano, y en Primavera apareció cuando solo existía el verbo, por eso el día que llegamos al barrio ella estaba esperando por nosotros para que un niño le dijera a otro: ¿Jugamos?

«Sobre las tumbas hay gente que se ama; humildemente una flor de llanto quiero dejar».

Había una vez un velorio en la sala de mi casa. Dos cofres grandes de color café alumbrados por ocho velones; corrillos de gente, murmullos que entraban y salían de la casa, caras de circunstancia, hombres hablando en voz baja y moviendo las manos como en un encuentro de sordos; las señoras sentadas con camándula en mano: Dale, Señor, el descanso eterno y brille para él la luz perpetua; tinto, aromática, aguardiente, lágrimas, lamentos, mocos, pañuelos, pelos despeinados; ramos de flores en las esquinas, debajo de los ataúdes, en la cabecera de los difuntos, y otros que iban llegando los ponían en la puerta al lado de los dos carteles con los nombres de los finados. Dos mujeres lloraban intercambiando de muerto cada tanto. Una de ellas volteó y nos miramos de frente. A pesar de lo que hacen el trasnocho, las lágrimas y el maquillaje corrido, era bella. Su nombre era Ana. Al verme, siguió en su pena y yo seguí confundido buscando a mi mamá entre faldas oscuras y camisas que olían a sudor, a baba, a flores, a ese tufo amargo que se siente en el aire cuando hay una velación, el buqué del formol. El muerto no era mi papá; se escuchaba su viva voz desde la tienda de Andrés, retumbaba por encima de la música: Cuando al panteón ya me lleven, no quiero llanto de nadie, solo que me estén cantando la canción que más me agrade. Supe que no era mi mamá. Ella apareció con un charol ofreciendo tinto en un velorio que le tocó aceptar. Los vecinos le dijeron: Ayúdenos, vea que la casa de nosotros es muy pequeña y no tenemos plata para pagar una sala en el centro. Mi papá, hombre generoso con lo ajeno, le propuso: Mija, hagámosles el favor, mire la tragedia que tuvieron, nada nos cuesta, vea que ni muebles tenemos, entonces no hay que abrir campo. Pero me va a tocar atender a todo el mundo y yo de dónde y yo con qué tiempo, le vaticinó mamá. Mijaaaa, insistió papá, sirve hasta de negocio: con la cantidad de muertos que tiene este barrio, tener una sala de velación es un machete. El chiste no le hizo gracia. Yo le ayudo, afirmó mi papá para convencerla. Ella aceptó y la ayuda se fue a beber a la tienda con los otros borrachos melancólicos y la dejó a ella de mesera y anfitriona de dos muertos ajenos. Por eso estaba con los ojos envueltos en desespero. Aun así, se olvidó de sus frustraciones matrimoniales, los tintos, las aromáticas, los muertos prestados y le sonrió a su hijo de ocho años quitándole el susto y el desubique que tenía por volver a su casa y encontrarse la velación de Nicolás y Aníbal.

Dos hermanas perdieron a sus esposos. Se habían ido a vivir con ellos el mismo año y los perdieron el mismo día. Aníbal era el marido de Ana. Ligia era la mujer de Nicolás. Le decían Colas porque el hermanito cuando era bebé no podía pronunciar su nombre correctamente, entonces en lugar de decirle Nicolás, le salía Colás, y así se quedó, pero con otro acento. A Colas lo habían matado hacía dos días en la tienda de Andrés. Estaba con los papás hablando de fútbol: Es que el equipazo que tiene Nacional no lo tiene nadie. Que deje y verá que pierde el clásico con el Medellín. Que eso se sabe porque Pablo Escobar es hincha del rojo. Que dejá de hablar caspa, que Pablo le compró la Copa Libertadores a Nacional amenazando a los árbitros. Que claro, por eso fue que cancelaron el torneo. Que sí. Que no. Que oigan a este... En esas estaba el difunto Nicolás cuando escuchó el ruido gangoso de una moto, de la que se bajó un tipo con un treinta y ocho y corrió hacia la tienda. Nicolás al verlo saltó por encima de la reja con la agilidad que da el miedo, cayó a la calle y salió disparado rumbo a la avenida, pero la muerte había hecho el día anterior una visita técnica al lugar de los hechos; tan planeadora, tan profesional, tan puntual, regó un aceite de carro en la calle, justo por donde iba a pasar Nicolás con sus zapatillas de bailarín, y el perseguido resbaló, perdió la ventaja que había logrado al saltar la reja, el asesino le apuntó desde la tienda y acertó el primer tiro en la espalda. Nicolás trató de levantarse del charco de aceite y ahí le pegaron el otro disparo en el cuello que lo mandó para el más allá. No eran necesarios el resto de tiros que le pegaron en el suelo para asegurar el trabajo. El sicario se montó de parrillero y salieron como alma que lleva la Suzuki 115 en dirección a la avenida dejando al hombre que estaba metido en la sala de mi casa con las manos en el pecho, tirado en un charco de sangre y aceite, rodeado del barrio Primavera, que salió a lamentarse, a tratar de montarlo a un taxi para ver si podían salvarlo, pero qué va, la muerte ya estaba en otra cuadra, ella hace sus trabajos y no se queda supervisando, se va para seguir con sus labores porque bien comprometida sí es, digan lo que digan de ella: que mala gente, que la mueca, que la pelona, que no tiene corazón, pero mala trabajadora jamás. Se fue y dejó la zozobra en los vivos con el coro: ¡Mataron a Nicolás! ¡Mataron a Nicolás! Su esposa, Ligia, llegó corriendo y paró en seco. El sufrimiento la arrodilló al lado de su hombre: No, no, no, Nicolás, mi amor, no, Nicolás, no. Lo llamaba como si estuviera dormido; lo sacudía para que despertara de su sueño yerto, con la impotencia y el abandono del que se queda en el lado de la vida: Nicolás, mi amor, despertate, le imploraba con la voz cortada, Nicolás, no me vas a dejar sola pues, ¡despertá, Nicolás, papi!, ¡despertá pues! Pero nada, Nicolás ya no estaba ahí. Le tocó suavecito la cabeza, como si lo peinara. La realidad de una época se le mezcló en las manos en forma de sangre viscosa, coágulos calientes de su amor del Chocó que la había enamorado tocando la trompeta en las noches y capturando ladrones en el día.

Al menos quinientos policías murieron en esos años a causa del Plan Pistola de Pablo Escobar, en el que el patrón del mal pagaba un millón de pesos por policía muerto; quinientas familias quedaron sin padres, sin hermanos, sin tíos, o como Ligia, sin marido, por culpa del asesino más reconocido que ha tenido estas tierras. Promotor de una parca que con su insaciable gula en los años ochenta y noventa devoró la ciudad, se la tragó sin masticar, como un Pantagruel moderno, y uno de esos banquetes fue Nicolás. Estuvo Ligia en su momento aciago llorando a su marido mientras alrededor las mujeres gritaban escandalizadas, se tapaban la boca y se echaban la bendición. Los hombres olvidaron el fútbol. Los más envalentonados juraron venganza: Hay que perseguir a esos pirobos. Esos hijueputas ya dónde irán. Busquemos un carro para llevarlo al hospital. Rápido, échemelo al hombro, yo lo llevo. ¡Ya está muerto; mejor déjenlo ahí hasta que venga la policía! ¡Jueputa, mataron a Nicolás! Los niños miraban un cuerpo inerte con huecos en la cabeza del que brotaba un líquido rojinegro que se fue deslizando por el borde de la calle hasta evaporarse, dejando la mancha seca que me mostraría Willy, mi primer amigo en Primavera.

No bien puse mis cosas en la cama, mamá preguntó cómo había estado el viaje y si

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