ESTAMBUL

Orhan Pamuk

Fragmento

1. El otro Orhan

1.

EL OTRO ORHAN

Desde niño me he pasado largos años creyendo en un rincón de la mente que en algún lugar de las calles de Estambul, en una casa parecida a la nuestra, vivía otro Orhan que se me parecía en todo, que era mi gemelo, exactamente igual a mí. No recuerdo dónde ni cómo se me ocurrió semejante idea por primera vez. Muy probablemente se me grabara como consecuencia de un largo proceso tejido de malentendidos, coincidencias, juegos y miedos. Para poder explicar lo que sentía cuando aquel sueño empezaba a centellear en mi cabeza voy a contar uno de los primeros momentos en que lo noté de manera más clara.

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Cuando tenía cinco años me enviaron durante un tiempo a otra casa. Mis padres, después de una de sus peleas y separaciones, se habían reencontrado en París, y a mi hermano mayor y a mí, que nos quedamos en Estambul, nos separaron. Mientras mi hermano se quedaba en Nişantaşı, en el edificio Pamuk, con mi abuela paterna y el grueso de la familia, a mí me enviaron a casa de mi tía materna, a Cihangir. En una de las paredes de aquella casa, en la que siempre fui recibido con cariño y sonrisas, estaba colgado el retrato de un niño pequeño enmarcado en blanco. De vez en cuando mis tíos me señalaban el retrato de la pared y me decían sonriendo: «Mira, ese eres tú».

Aquel niño tan mono de ojos enormes, sí, se me parecía un poco. Además llevaba en la cabeza una de esas gorras que yo me ponía cuando salía a la calle. Pero, no obstante, sabía que aquella no era exactamente mi imagen. (En realidad, era una reproducción kitsch procedente de Europa de un niño muy mono.) Siempre lo pensé: ¿podría ser ese otro Orhan que viviera en otra casa?

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Pero ahora yo mismo había empezado a vivir en otra casa. Era como si para que pudiera encontrarme con ese doble que vivía en otro lugar yo también hubiera tenido que mudarme, pero no me hacía en absoluto feliz aquel encuentro. Quería volver a mi auténtica casa, al edificio Pamuk. Cuando me decían que yo era el del retrato de la pared, me sentía un tanto confuso, todo se me mezclaba, yo, mi retrato, el retrato que se me parecía, aquel niño que se parecía a mí, los sueños de otra casa, y lo único que quería era regresar a la mía y quedarme allí para siempre con el resto de la familia.

Por fin se cumplieron mis deseos y poco después volví al edificio Pamuk. Pero la idea de que en otra casa de Estambul vivía otro Orhan nunca me abandonó. Aquella fascinante idea siempre estuvo a punto para cualquier eventualidad en un rincón de mi mente fácilmente accesible durante toda mi infancia y mi primera juventud. Las noches de invierno, mientras caminaba por las calles de Estambul, se me pasaba de repente por la cabeza con un escalofrío que el otro Orhan vivía en alguna de las casas cuya luz anaranjada podía ver, en las que me imaginaba que una gente feliz y contenta llevaba una existencia tranquila, y cuyo interior intentaba vislumbrar. Según crecía, aquella idea se fue convirtiendo en una fantasía, y la fantasía en la escena de un sueño. En alguna de las pesadillas de las que me despertaba gritando me encontraba con aquel otro Orhan –siempre en otra casa– o los dos Orhan nos mirábamos en silencio con una sangre fría sorprendente y despiadada. Entonces, entre dormido y despierto, me abrazaba con más fuerza a mi almohada, a mi casa, a mi calle, al lugar en que vivía. Pero cuando me sentía desdichado, comenzaba a imaginar que iría a otra casa, a otra vida, al lugar donde vivía el otro Orhan y, de repente, empezaba a creerme un poco que yo era ese otro Orhan y me entretenía con los sueños de su felicidad. Esos sueños me hacían tan feliz que ya no sentía la necesidad de irme a otra casa.

Y llegamos a la cuestión fundamental. Desde el día en que nací, nunca he dejado las casas, las calles y los barrios en que he vivido. Sé que el hecho de que cincuenta años después siga viviendo en el edificio Pamuk (a pesar de haber residido entretanto en otros lugares de Estambul), el mismo lugar en que mi madre me cogió en brazos y me mostró el mundo por primera vez y donde me hicieron las primeras fotos, tiene que ver con la idea del otro Orhan en otra parte de Estambul, con ese consuelo. Y también percibo que mi historia es la que me hace especial, y, por lo tanto, también a Estambul: el haber permanecido cincuenta años en el mismo lugar, incluso en la misma casa, en una época condicionada por la multitud de emigraciones y por la creatividad de los emigrantes. «Sal un poco a la calle, ve a otro sitio, viaja», me decía siempre mi madre, abatida.

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Hay autores, como Conrad, Nabokov o Naipaul, que han conseguido escribir con éxito cambiando de lengua, de nación, de cultura, de país, de continente e incluso de civilización. Y sé que, de la misma forma que su identidad creativa ha ganado fuerza con el destierro o la emigración, lo que a mí me ha determinado ha sido permanecer ligado a la misma casa, a la misma calle, al mismo paisaje, a la misma ciudad. Esa dependencia de Estambul significa que el destino de la ciudad era el mío porque es ella quien ha formado mi carácter.

Flaubert, que cuando vino a Estambul ciento dos años antes de que yo naciera se quedó muy impresionado por las multitudes que poblaban la ciudad y por su heterogeneidad, escribió en una carta que creía que Constantinopla sería la capital del mundo cien años más tarde. Al desplomarse y desaparecer el Imperio otomano, aquella profecía se cumplió justo al revés. Cuando nací, Estambul vivía los días más débiles, pobres, aislados y alejados del mundo de sus dos mil años de historia teniendo en cuenta su posición relativa en el mundo. La amargura que proporcionan la sensación de hundimiento que dejó el Imperio otomano, la pobreza y las ruinas que cubren la ciudad, han sido cosas que han definido Estambul a lo largo de toda mi vida. Toda mi vida ha transcurrido combatiendo dicha amargura o, por fin y como todos los demás estambulíes, asumiéndola.

Todo el que siente curiosidad por darle un significado a la vida se ha preguntado al menos una vez por el sentido del lugar y el momento en que ha nacido. ¿Qué significa que yo haya nacido en tal fecha en tal rincón del mundo? ¿Han sido una elección justa esta familia, este país y esta ciudad que se nos han otorgado como si nos hubieran tocado en la lotería, que esperan que los amemos y a los que por fin conseguimos amar de todo corazón? A veces me siento desdichado por haber nacido en Estambul, bajo el peso de las cenizas y las ruinas decrépitas de un imperio hundido, en una ciudad que envejece respirando opresión, pobreza y amargura. (Pero una voz interior me dice que en realidad eso ha sido una suerte.) En lo que respecta al dinero, ocasionalmente pienso que he sido afortunado por haber nacido en una familia de posibles. (Aunque también se ha dicho lo contrario.) Pero la mayor parte de las veces, de la misma manera que me he convencido de que no debo quejarme de

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