Tú serás mi muerte

Karen M. McManus

Fragmento

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1
IVY

Las listas de verificación me parecen muy bien, pero empiezo a pensar que mi madre se ha pasado de la raya.

—Perdona, ¿de qué página me hablas? —pregunto mientras hojeo un librito que hay sobre la mesa de la cocina bajo la atenta mirada de mi madre, que me observa por Skype con expresión expectante. El título dice «Viaje 20 aniversario Sterling-Shepard: instrucciones para Ivy y Daniel» y consta de once páginas en total. Por las dos caras. Mi madre ha planificado esta primera ocasión en que mi padre y ella nos dejan solos a mi hermano y a mí con la misma minuciosidad y precisión militar que aplica a todo. Entre la lista de verificación y las frecuentes llamadas por Skype y FaceTime, tengo la sensación de que no se han marchado.

—Nueve —dice mi madre. Lleva el pelo rubio recogido en ese moño estilo tiffany que le encanta, aunque no son ni las cinco de la madrugada en San Francisco. El avión de mis padres no sale hasta dentro de tres horas y media, pero mi madre nunca baja la guardia—. Justo después de la sección de las luces.

—Ah, sí, la sección de las luces. —Mi hermano, Daniel, lanza un suspiro histriónico. Está al otro lado de la mesa, llenándose un tazón de cereales Lucky Charm, que es lo mismo que comer golosinas. Aunque tiene dieciséis años, sus gustos relativos a cereales para el desayuno son los de un niño de dos años—. Yo pensaba que tendríamos que encenderlas cuando las usáramos y apagarlas cuando no. Resulta que me equivocaba. De medio a medio.

—Una casa bien iluminada disuade a los ladrones —dice mi madre como si no viviéramos en una calle donde lo más parecido a un acto delictivo que hemos presenciado es un niño yendo en bici sin casco.

Pongo los ojos en blanco, pero solo para mis adentros, porque no se puede discutir con mi madre. Enseña estadística aplicada en el Instituto de Tecnología de Massachusetts y cuenta con datos actualizados para todo. Por eso estoy buscando a toda prisa la «sección de ceremonia del premio CAC», una lista de tareas pendientes para cuando mi madre sea nombrada Ciudadana del Año de Carlton por sus aportaciones a un informe de ámbito estatal sobre el abuso de opiáceos.

—Ya lo he encontrado —le digo al tiempo que leo la hoja en diagonal buscando algo que pueda haber pasado por alto—. Ayer recogí tu vestido de la tintorería, así que está todo a punto.

—De eso te quería hablar —dice mi madre—. El avión aterriza a las cinco y media. En teoría, como la ceremonia empieza a las siete, tendré margen de sobra para pasar por casa y cambiarme. Pero acabo de caer en la cuenta de que no te he dado instrucciones sobre qué hacer en caso de que lleguemos tarde y tengamos que acudir al Centro Cultural Mackenzie directamente desde el aeropuerto.

—Hum. —Sostengo su penetrante mirada a través de la pantalla de mi portátil—. ¿No podrías, no sé, enviarme un mensaje si el vuelo se retrasa?

—Lo haré si puedo. Pero deberías bajarte una aplicación que te avise de los posibles retrasos, por si el wifi del avión no funciona —dice mi madre—. No tuvimos cobertura en todo el camino de ida. Sea como sea, si no aterrizamos antes de las seis, me gustaría que fueras a buscarnos y me llevaras el vestido. También necesitaré los zapatos y las joyas. ¿Tienes un boli a mano? Anota cuáles son.

Daniel se sirve más cereales y yo intento tragarme el sordo resentimiento que mi hermano suele inspirarme mientras tomo notas a toda prisa. La mitad de mi vida consiste en preguntarme por qué me toca trabajar el doble que a mi hermano, aunque en este caso me lo he buscado yo. Antes de que mis padres se marcharan, me empeñé en encargarme de todos y cada uno de los detalles de la entrega de premios, principalmente porque temía que, de no hacerlo, mi madre se daría cuenta del error que había cometido al pedirme a mí y no a Daniel que la presentara en la ceremonia. El niño prodigio de la familia, que se saltó un curso y brilla más que yo en cualquier faceta de este último año de secundaria, habría sido la opción más lógica.

Una parte de mí piensa que mi madre se arrepiente de su decisión. Sobre todo después de ayer, cuando mi gran y único logro en el instituto fue torpedeado con saña.

Con las tripas revueltas, suelto el boli y aparto el tazón de cereales vacío. Mi madre capta el gesto. No se le escapa ni una.

—Ivy, lo siento. Te he interrumpido en mitad del desayuno, ¿verdad?

—Tranquila. No tengo hambre.

—Pero tienes que comer —me advierte—. Come una tostada. O fruta.

La idea no me tienta lo más mínimo.

—No puedo.

Preocupada, mi madre frunce el ceño.

—No estarás mareada…

Antes de que yo pueda responder, Daniel finge atragantarse haciendo mucho ruido.

—Boney.

Le lanzo dagas con la mirada y vuelvo la vista hacia mi madre para ver si ella ha captado la indirecta.

Pues claro que sí.

—Ay, cariño —dice. Adopta una expresión compasiva con un toque de exasperación—. No estarás dándole vueltas otra vez a eso de la votación, ¿verdad?

—No —miento.

La votación. La debacle de ayer. Cuando yo, Ivy Sterling-Shepard, elegida en tres ocasiones delegada de la clase, perdí frente a Brian «Boney» Mahoney. Que se presentó por echarse unas risas. Su eslogan era, literalmente: «Vota por Boney y te dejaré a tu rolli».

Vale, muy bien. Tiene gancho. Pero ahora Boney es el delegado del último curso y no hará nada de nada, mientras que yo tenía un montón de planes para mejorar la vida estudiantil del Instituto Carlton. He estado hablando con una granja de la zona para que aporten opciones orgánicas al bufé de ensaladas y con uno de los consejeros del instituto sobre un programa de meditación para la resolución de los conflictos escolares. Por no hablar de la idea de compartir recursos con la biblioteca de Carlton para que la nuestra pudiera ofrecer libros electrónicos y audiolibros además de ejemplares en papel. Incluso pensaba organizar una campaña de donación de sangre para el hospital del pueblo, a pesar de que me mareo solo con ver una aguja.

Sin embargo, al final, resulta que todo eso no le importaba a nadie. Así que hoy, a las diez en punto, Boney pronunciará su discurso de nuevo delegado a la clase de los mayores. Si se parece en algo a los debates que hemos mantenido, consistirá en largos silencios sin ton ni son entre chistes de pedos.

He intentado tomármelo con deportividad, pero duele. La política estudiantil siempre ha sido lo mío. Es la única actividad en la que destaco por encima de Daniel. Bueno, no exactamente, porque él nunca se ha molestado en optar a ningún cargo, pero da igual. Era mi terreno.

Mi madre me lanza una mirada que sugiere «Ha llegado el momento de ponerse firme». Es una de sus miradas más poderosas, justo después de «Ni se te ocurra usar ese tono conmigo».

—Cariño, ya sé que te has llevado una gran desilusión. Pero tienes que pasar página o te vas a poner enferma.

—¿Quién está enfermo? —La voz de mi padre atruena desde algún lugar d

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