El golpetazo tiró a Sarah al suelo. Que estaba en posición horizontal fue lo primero que registró su mente; luego llegó la descarga de dolor, que borró cualquier otro detalle. Se le escapó un suspiro de entre los labios y se quedó inmóvil, aturdida por la fuerza brutal del impacto.
Notó el sabor de la sangre, tenía entumecida la parte inferior de la cara y sentía como si los dientes no estuvieran en su sitio. Le ardía la punta de la nariz. Le zumbaban los oídos. Se giró de medio lado. Le entró polvo en la garganta. Se le clavaron piedrecitas en los hombros, luego en los codos y finalmente en la palma de las manos mientras se incorporaba. La camisa y los vaqueros no la habían protegido lo más mínimo. Las botas de montar pesaban como si fueran de plomo. Aunque era de constitución delgada, había perdido por completo la sensación de ser liviana. Se puso de pie y avanzó tambaleante hacia un lado. Una tonta de dos patas, eclipsada por Tansy, un cuadrúpedo impresionante, que daba vueltas cerca, resoplando de arrepentimiento por los ollares dilatados, con la cuerda de la cabezada colgando suelta y un destello de inquietud en los ojos. «Perdona», le decía la yegua, «pero ¿en parte no te lo esperabas?».
Tansy se había detenido en seco al pie de la rampa, había levantado la cabeza en gesto de protesta y el amplio hueso del morro había impactado en la mandíbula, la barbilla y la boca de Sarah. Peor habría sido que le hubiese dado un centímetro más arriba. Sarah se palpó la nariz para asegurarse de que estaba intacta. Comprobó que los dientes siguieran en las encías. Lo que sí había recibido una sacudida era la sustancia blanda del interior del cráneo. Se le empezó a nublar la vista y se acuclilló, con los dedos extendidos en la tierra.
El foco del patio iluminaba el remolque y la vieja camioneta Ford F100 de Sarah. La puerta del conductor del vehículo estaba abierta. La luz amarillenta del interior se reflejaba en el parabrisas y el salpicadero. Más allá de la larga hilera de caballerizas, en la oscuridad, se oían los primeros trinos que anunciaban el amanecer. No corría aire. Aparte del gorjeo de los pájaros, no se oía nada. No llegaba ningún sonido de los corrales a oscuras ni de las caballerizas, y el silencio aumentaba la inquietud de Tansy. Sarah intentó levantarse de nuevo. Esta vez le salió mejor.
Tansy seguía dando vueltas, manteniéndose alejada del haz de luz. La yegua era una silueta borrosa, parecía que su cuerpo no tuviera partes definidas: ni flancos, ni zona interna de las patas, ni cernejas, ni pestañas; un ser azabache, negro como la tinta desde la punta de las orejas hasta el extremo de la cola. Tansy sacudió la cabeza y se oyó el sonido metálico de la anilla de la cabezada. Ahora que prácticamente había noqueado a Sarah, al parecer consideraba más correcto mantener una actitud beligerante, como si fuera reacia a la idea de haber causado daño sin un buen motivo.
Sarah dio unos pasos y se apoyó en el guardabarros de una rueda del remolque. Volvió a tocarse la cara. Todavía notaba zonas entumecidas. Tenía sangre en los dedos. La pechera y los puños abrochados de la camisa estaban moteados de puntos oscuros. Había manchas de sangre en el dorso de la mano izquierda. Salpicaduras rojas en los costados del pantalón. ¿Cómo habían ido a parar allí? Se dio toquecitos en la cara con una punta de la camisa, que llevaba por fuera de los vaqueros.
Ya clareaba y se intensificaron los trinos. Sarah se pasó la lengua por los labios para eliminar el polvo y la sangre. Las urracas comenzaron a graznar. Las polillas que habían revoloteado en torno al foco desaparecieron. Las sombras perdieron densidad. Empezaba a dolerle la mandíbula y el aire frío le provocaba punzadas en el hueso. Le rondaba una jaqueca.
Miró la hilera de caballerizas vacías. Paseó la vista por los cobertizos desiertos y el hormigón barrido, contempló el patio pulcro y las estanterías despejadas del guadarnés. Pensó que su cara magullada armonizaba con ese escenario desolado. En aquel momento, no quedaba ni rastro de la belleza juvenil que aún conservaba a los treinta y cinco. Sarah era morena, pero se sentía canosa y desvaída; tenía una melena lustrosa que le llegaba hasta los hombros, pero los mechones que se habían soltado de la cola de caballo caían lacios sobre la cara; era de tez olivácea, pero ahora se sentía pálida, y notaba carnosa y protuberante la nariz, que era respingona y pequeña. Y los labios, que algunos consideraban su rasgo más atractivo y sexy, estaban muy hinchados, ensangrentados y amoratados; la sonrisa de un payaso. El golpetazo de Tansy no había añadido humillación al daño, sino al revés.
A través de la hilera de manzanos veía la gran estructura de madera reforzada que sostenía el enorme letrero de «Se vende». Una propiedad como esa exigía estrategias de marketing vistosas. El agente inmobiliario había empezado a hablar de las posibilidades antes de que Sarah terminase de estampar su rúbrica en el contrato en exclusiva con la agencia. Los rayos de sol caían sesgados sobre el valle. Bañarían en un resplandor cobrizo, para deleite de quienes pasasen por la carretera, las fotografías de la sala de Sarah, de la chimenea de piedra, de la cocina rústica, de los techos abovedados, de las paredes forradas de madera de cedro. También estaban expuestas, a la vista de cualquiera, imágenes de los patios y de la oficina, y una foto antigua de una fila de caballos con sus jinetes saliendo por la entrada principal.
«¡Casa increíble! ¡Excelente parcela! ¡Negocio local consolidado!», proclamaba el anuncio con burdas letras rojas. Y más abajo: «¡EL TRIPLETE!». Los agentes inmobiliarios se consideraban muy inteligentes por haber dado con ese juego de palabras. Como si las excursiones a caballo tuvieran algo que ver con las apuestas en las carreras. Imbéciles.
Sarah desvió la mirada hacia las montañas y la masa de nubes que estaba formándose en un cielo por lo demás azul. Era un insulto, una afrenta, perder un negocio y una casa, una forma de vida. Era profundamente ofensivo, una completa humillación, sobre todo en una localidad pequeña, donde todos te observan. Junto a la entrada de atrás, Tansy piafaba. Quería ir al cercado grande, el que le permitiría alejarse lo máximo posible de las caballerizas vacías y el remolque.
Sarah soltó en el corral central a la yegua, de cuya cabezada todavía colgaba la cuerda. Metió la rampa en el remolque vacío y la encajó en su sitio. Cerró la puerta de la camioneta y se dirigió hacia la casa.
Tansy relinchó: «Eh, no me dejes colgada». Siguió otro relincho más fuerte: «Sarah, no te vayas…».
Taciturna, voluble, terca, con arranques de mal comportamiento, pero por dentro frágil, propensa a sentirse perdida y rechazada. Una adolescente, ese sería el equivalente humano de Tansy. Sarah se acordaba bien de esos años. Se sentía identificada. Subió los escalones del porche.
En las fotografías desperdigadas por la casa de Sarah (descolgadas de las paredes, apoyadas en el zócalo y en las cajas de embalaje) aparecía Tansy en todas las etapas de crecimiento: una potrilla tímida y negra como el carbón al llegar a su nuevo hogar, una cría juguetona que se iba aclimatando, una yegua joven y cautelosa recién domada, una hembra adulta en el cercado con los demás caballos. En el pasillo se apilaban los dibujos al carbón de Tansy que Sarah había encargado a su pintor de animales favorito. A través del plástico de burbujas y la cinta aislante apenas se distinguía la silueta de la yegua negra, una sombra bajo las capas de envoltorio. En las paredes del dormitorio de Sarah colgaban las cintas de colores brillantes y los certificados de competición enmarcados de Tansy.
Sarah se quitó la camisa, se despojó de las botas a puntapiés y se inclinó sobre la pila para examinar las heridas en el espejo. Adelantó la cara. Le saldrían unos buenos moretones pero, aparte del labio partido y el corte en la lengua, no tenía nada grave. Apretó hacia dentro los labios ensangrentados para hacerlos desaparecer. Con suavidad se cubrió la barbilla con la mano para ocultar la rojez, se soltó la cola de caballo y se acercó el pelo a la mandíbula para tapar la hinchazón. Bajó la mano y relajó la boca. Las gafas de sol no servirían para nada. Una mascarilla de cirujano era la única opción que se le ocurría. Ojalá una epidemia vírica asolara los estados del este de Australia.
Durante unos segundos sostuvo la mirada de su reflejo en el espejo y buscó algo dentro de sí: una chispa, energía, un motivo para… seguir adelante. Apartó la vista.
Se quitó el sujetador manchado de sangre y los vaqueros. Se pasaba el verano en camiseta sin mangas y pantalones largos, como demostraban las marcas de bronceado. Tenía los brazos del color del café solo, el cuello atezado y el escote un poco demasiado tostado, mientras que el pecho y el torso eran de un moreno más claro, quizá café con leche. La ascendencia de Sarah no era tan pura como la de Tansy. Una pincelada de distintas nacionalidades le confería su color de piel. Tenía las piernas largas y de una suavidad aterciopelada. La ropa interior era un triángulo de tela negra transparente. Una buena amazona siempre tenía los muslos, las pantorrillas y el trasero bien torneados, los brazos de una cuidadora de caballos eran bonitos y musculosos. Sarah atraía las miradas en el pueblo, y no solo por las habladurías. Se tomó un calmante y se metió en la ducha para desprenderse de los restos de polvo y sangre, para quitarse de encima la sensación de que la habían derribado.
—Papá, no creo que pueda ir hoy, lo siento.
Sarah se quedó callada, escuchando la respuesta de su padre. Cuando se dio cuenta de que no podría meter baza en un buen rato, conectó el altavoz del móvil y siguió vistiéndose. Escogió unos vaqueros negros y una camiseta ceñida azul marino. Se puso botas altas de montar. Su padre seguía regañándola desde el tocador, un chorro de ira apenas contenida, el tipo de sonido que hace que los perros gimoteen y se escondan.
—Lo siento, papá —contestó ella en dirección al teléfono.
Lo bueno de que la casa ya estuviera recogida y lista para la mudanza era que quedaban pocas señales del otro hombre que imponía su presencia en la vida de Sarah. Todo lo que él había dejado se hallaba en el fondo de una caja o había sido tirado desde lo alto, con fuerza, al cubo de la basura. Ahora, al atravesar las habitaciones sorteando los enseres domésticos agrupados y las pilas clasificadas de ropa de casa, no se tenía la sensación de que Sarah solo fuese la mitad de una ecuación. Los objetos que no se empaquetaban, los de mayor tamaño, eran demasiado comunes para dar pistas: el escritorio del estudio no decía «pareja casada», la televisión no decía «señor y señora», la mesa del comedor no decía «almas gemelas», y tampoco la lavadora-secadora, ni siquiera la cama extragrande. Podía ser que a Sarah le gustase dormir despatarrada, o que llevara una vida sexual muy activa y necesitase un colchón inmenso para sus variadas aventuras de alcoba. Bastante improbable. Ojalá la cama extragrande hubiese sido un volcán de promiscuidad. Ojalá su marido nunca hubiese recostado en ella su enorme cuerpo. Pero entonces tendría que retroceder aún más en el tiempo, ¿verdad?, de modo que nunca hubiesen estado juntos para comprarse la cama. Tendría que retroceder varios años, borrar pedazos de historia: vacaciones, fiestas, innumerables paseos a caballo, cumpleaños, cenas, la luna de miel, la boda, la compra de la finca. ¿O todo se reducía a la cama? Al fin y al cabo, el sexo era el nexo, lo que inicialmente les unió y lo que les había separado.
Su marido, su ex marido, era alto. De adulto siempre había querido una cama extragrande. Finalmente la consiguió. Sarah estaba al pie de ella y el retumbo de la reprimenda paterna, que ahora le llegaba directamente del teléfono al oído, le acentuaba el dolor de cabeza. Desenrolló su cinturón de piel favorito y, con una mano, lo pasó por las trabillas de la cintura y abrochó la hebilla. El problema era que el colchón extragrande no había impedido que su marido se subiera a otros del tamaño que fuese. Nada, ni siquiera el anillo de casado, había puesto fin a eso.
Ya en la cocina, Sarah dijo:
—Papá, tengo que colgar.
Desde la ventana vio, más allá de la entrada principal, a la niña del otro lado de la carretera, que conducía una motocicleta infantil. En el manillar brillaban unas guirnaldas navideñas. La niña llevaba un casco con astas peludas de reno. Su madre, en bata y zapatillas, le hacía fotos desde el arcén. Eran las seis. El día poseía ya ese dulce ímpetu exclusivo de la mañana de Navidad. Como si la buena voluntad hubiera cambiado las cosas a nivel molecular. Todos esos pensamientos de niños sobreexcitados y de padres que rogaban haber acertado con el regalo cargaban la atmósfera.
En casa de Sarah no había ningún adorno. Montar un árbol de Navidad no había sido una tarea prioritaria para ella. Miró el montón de felicitaciones navideñas sin abrir que había en el banco de la cocina.
Su padre no paraba ni para respirar. Continuaba hablando mientras la niña de la motocicleta se subía al bordillo, viraba para esquivar el buzón de Sarah, derrapaba en la grava y caía entre una nube de polvo. La madre corrió hacia ella, le sacudió la ropa, enderezó las astas, la ayudó a montar en la motocicleta (¡de vuelta al sillín!), y su padre seguía hablando.
—No eres la primera que se divorcia, y desde luego no eres la primera que descubre que su pareja es un maldito mentiroso infiel. Tu madre lleva semanas cocinando. ¿Y si todos los que están en pleno divorcio no se presentaran a la comida de Navidad? ¿Y qué me dices de las parejas con hijos? Para ellos es más duro y aun así se las apañan.
—Tienes razón.
—Entonces, ¿vendrás?
—No.
—¡Sarah!
Era el momento en que los truenos y los relámpagos llegaban a la vez y sabías que la tormenta estaba justo encima. Pero solo a los niños y a los perros les asustaba un tiempo así; a los adultos a veces les apetecía salir a empaparse de la furia de la naturaleza.
—Feliz Navidad, papá.
—¿Cómo?
—Y feliz Año Nuevo.
—Juro por Dios que si no mueves el culo y…
Apartó el móvil de la oreja. Sin la debida distancia, la tormenta tendía a alterar un poco los nervios.
Cogió el montón de cartas. Le llamó la atención un sobre dirigido a «Dean y Sarah Barnard». Sacó la felicitación navideña.
Ponía: «¡Felices fiestas, pareja de la montaña del Diablo! Esperamos que todo vaya bien. Tenemos que vernos en cuanto volvamos a Australia. Con cariño, el dúo de senderistas».
Incluía una foto de los dos, vestidos con el equipo de senderismo, en la ladera de una colina, sonrientes, cogidos por los hombros. Sarah levantó la cabeza y clavó los ojos en el otro extremo de la cocina.
Mentalmente vio a su marido entrar por la puerta, con las gafas de sol puestas, la barba recortada y el pelo acicalado con fijador, impecable. Debería haberse dado cuenta hacía años. Los caballos no necesitaban verlo tan peripuesto. Sarah tampoco, a ella le gustaba más en plena cabalgada, sudoroso, con la vista fija en el camino, sin prestar atención a lo guapo que era. Ella adoraba el olor a naturaleza, los perfumes la hacían estornudar, los aromas artificiales le repelían, por tanto, ¿por qué se rociaba él de loción para después del afeitado todas las mañanas y tras cada ducha? ¿Y a santo de qué tantas duchas? ¿Tres al día? ¿Era preciso? Sarah había empezado a preguntarse ingenuamente si padecía un TOC, un trastorno obsesivo compulsivo.
No, no era eso, a menos que TOC también significase trastorno de un obseso por el coito. A los auténticos enfermos de TOC sin duda les horrorizaría tanto contacto íntimo, tanto conocimiento carnal.
Sarah dejó la foto de sus amigos y levantó el teléfono del banco.
—Papá, dile a mamá que lo siento.
Dio por terminada la llamada.
A su padre iba a sentarle fatal que le hubiese colgado, pero a Sarah no podía importarle menos. Se metió el móvil en el bolsillo.
Todos los años los distribuidores de pienso para caballos enviaban cestas de Navidad a sus mejores clientes. Sarah fue a buscarla al lavadero, donde la había dejado. Retiró el celofán verde y rojo. La cesta contenía un pudin de ciruelas pequeño, un tarro mini de natillas al brandy con fecha de caducidad larga, una lata de jamón cocido, queso ahumado, un brie entero, galletas saladas, galletas de mantequilla, frutos secos, tartaletas de frutas y chocolatinas. Todo era ligero y de tamaño mediano, perfecto para llevarlo en una mochila, junto con un saco de dormir, una linterna, unas petacas de alcohol, una taza, un cuchillo y un tenedor, más alcohol y una caja de calmantes para el dolor de cabeza.
Sarah colgó la toalla húmeda, recogió la ropa sucia y ensangrentada, la llevó al lavadero y la metió en la lavadora.
Se puso una chaqueta impermeable ligera encima de la camiseta y se caló una gorra.
Tansy estaba arrepentida, y también contenta de hacer algo que entendía. Sarah la ensilló. Tiró fuerte de la cincha y, sin esperar un momento antes de apretar un punto más, como solía hacer, la tensó. Tansy seguramente pensó que era una forma de castigo. Pero no lo era, ni siquiera inconsciente. Sarah no estaba enfadada con Tansy. El golpe en la cara la había impulsado a dejarse de tonterías; dirigirse al monte es lo que debería haber hecho.
Sarah se detuvo un momento y contempló la casa. Las plantas de las macetas a lo largo del porche estaban secándose. Las ventanas necesitaban una limpieza. Brotaban hierbajos junto a los escalones. Había sido la casa de sus sueños. Un rancho acogedor con ventanas de madera y un sencillo tejado de aluminio. El césped que lo rodeaba estaba salpicado de robles jóvenes que un día aumentarían definitivamente la categoría de la propiedad. Sarah también había plantado robles a ambos lados del camino de entrada. Un roble necesita treinta o cuarenta años para hacerse notar. Ella había creído que estaría allí para verlos crecer. La habían despojado de muchos sueños, ideas personales, aspiraciones…
Cerró la casa, guardó el remolque en el cobertizo, lo desenganchó de la F100 y aparcó la camioneta en el garaje. Metió el brazo detrás de los asientos del vehículo para sacar el rifle que guardaba allí. Su única posesión inmune a las habladurías. Retiró la polvorienta tela de lona que lo envolvía. No era un arma vistosa; el cañón tenía ralladuras y el metal había perdido brillo, la madera estaba descolorida y seca. Poca gente sabía que lo tenía siquiera. No disponía de licencia de armas. Sacó de la guantera un pequeño cargador con cinco balas. Se lo metió en el bolsillo y bajó la puerta del garaje.
Desde la verja de atrás de su propiedad se llegaba a un atajo que llevaba a la sierra de Mortimer. Sarah evitó la calle principal de Lauriston; de hecho, todas las calles de Lauriston, que no eran muchas. Lauriston era una población condensada. Quienes no vivían en la arteria principal vivían un poco por encima, en la falda de la montaña, con vistas a los tejados de las tiendas y a los patios traseros de los vecinos. La gente o bien se enamoraba de ese terreno montañoso o bien lo consideraba claustrofóbico. Parecía que la sierra convergiera hacia dentro y comprimiese el cielo. Los días azules y despejados lo tenían difícil para llegar hasta la calle. En todas las épocas del año sin distinción, el fresco de la noche cerrada ya empezaba a colarse a primera hora de la tarde y, en los meses más fríos, la neblina flotaba durante todo el día en los valles y entre los troncos de los altísimos fresnos de montaña. Por otro lado, si el verano era particularmente largo y cálido, el monte se secaba tanto que el aire parecía a punto de combustión, butano puro, como si con sostener en alto una cerilla encendida fuera a arder todo.
Solo había una carretera para entrar y salir del pueblo. Sarah vivía en el extremo más alejado, casi en las afueras, al pie de las estribaciones onduladas, donde las franjas de terreno despejado eran fértiles y relativamente llanas, y las parcelas, más grandes.
Cuando el año anterior un incendio forestal en la sierra de Mortimer estuvo a punto de arrasar la cima de la montaña del Diablo y bajar hasta Lauriston, muchos vecinos pensaron en marcharse del pueblo para siempre, y algunos incluso lo hicieron. Para Sarah era impensable vivir en otro sitio. Quedarse después de aquel incendio requirió bastante valentía. Cuando el calendario se acercaba a los meses más secos y la flecha del cartel de riesgo de incendio forestal iniciaba su continua progresión hacia el rojo, todos los habitantes de Lauriston sufrían el ataque de nervios anual.
Pero esta Navidad, no; este verano era suave y húmedo. La flecha de peligro de incendio no se había movido del verde. Riesgo bajo. Los días previos al de Navidad habían sido placenteros. Para el pueblo. Sarah podía notarlo mientras subía con Tansy a un peñasco y, por entre los árboles, vislumbraba la calle principal. La luz del sol moteada matizaba los escaparates. Hojas húmedas atestaban los canalones. El césped se veía verde, los arroyos fluían, los depósitos de agua estaban llenos. En las calles, los niños subidos en sus monopatines nuevos y montados en bicicletas llevaban un suéter encima del pijama para no enfriarse. Las chocolatinas no se habían derretido en los calcetines de Navidad. La cerveza estaba fría y las chucherías de gelatina habían aguantado. Hoy ningún vecino se agobiaría pensando en marcharse de Lauriston. Excepto Sarah.
Atajó por el extremo del parque local donde se alzaban, como columnas, tres fresnos de montaña inmensos, un anticipo de lo que aguardaba más adelante. Eran los abuelos de los eucaliptos. Sus hojas formaban un dosel en lo alto. Sus raíces sobresalían de la tierra por la fuerza y quebraban los caminos. Cortezas anchas como mantas de cama individual y dos veces más largas se habían desprendido del tronco y se acumulaban en la base, amortajaban los helechos arborescentes que crecían allí, sombreaban la masa de culantrillo, liquen y musgo. Los tres árboles atestiguaban la condición de parque nacional de la sierra. Los leñadores siempre se sentían desafiados ante ellos, y ante árboles como aquellos: instintiva y automáticamente los pies se clavaban en el suelo, echabas la cabeza hacia atrás, separabas los labios, se te dilataban los pulmones, aumentabas el consumo de oxígeno y te quedabas con los ojos abiertos como platos. Era natural, te afectaba. Los seres humanos tienen debilidad por las cosas grandes. «Si la tradición hubiera situado el infierno de Satán en las copas de los árboles, en lugar de en las entrañas de la tierra, y todo el mundo tuviese que alzar la vista al referirse a él, le venerarían», pensó Sarah. Después de ver rodar bolas de fuego de cincuenta metros como mínimo el año anterior, se había preguntado si las copas de los árboles eran el verdadero hogar de Satán. Y si Dios residía en el agua. Todo lo de aquel incendio había olido a infierno.
Había circuitos específicos que los visitantes podían seguir en la sierra. Bajo una señal que decía «Bienvenido a la sierra de Mortimer», había un mojón con flechas que señalaban los diferentes senderos y, en un tablón protegido de la lluvia con una plancha de metacrilato grueso, un mapa de las montañas. El plano era sencillo, simplificado para el gran público. Los circuitos se indicaban con rayitas negras y las zonas vírgenes eran manchas verdes; las crestas, líneas onduladas marrones; los barrancos, trazos grises; los picos de las montañas, un par de triángulos verdes en la parte superior del mapa. El río de las Truchas y los demás arroyos eran imprecisas líneas azules que descendían desde las cumbres y aparecían y desaparecían de los circuitos, como si esas vías fluviales fueran en parte imaginarias. Los puntos de referencia construidos por el hombre se habían dibujado con mayor cuidado: los puentes y las pasarelas, las mesitas de picnic, la figurita mirando por el telescopio que indicaba los miradores. Observando el plano, se podía pensar que las zonas vírgenes eran algo secundario, manchas de color borrosas de camino a las mesas de picnic. La escala de la sierra era completamente errónea. Desde un punto de vista topológico, el mapa era superfluo.
Los senderistas podían escoger entre varios circuitos, cuyo nombre reflejaba el grado de dificultad: la Hondonada Verde, la Ladera de los Cornejos, el Ascenso del Diablo. El Ascenso del Diablo se acompañaba de una advertencia: «Solo excursionistas experimentados, consúltense las condiciones meteorológicas antes de emprender camino».
Aparte de esas rutas forestales estaba la «Excursión de una noche a la Cabaña del Ahorcado». En el mapa se señalaba con una línea continua roja al inicio de la cual se veían dos figuras con mochilas, cantimploras, kits de primeros auxilios y bastones de montaña. La línea iba ascendiendo, alejándose de las mesas de picnic y de los otros senderos, y se afinaba cada vez más hasta llegar a una pequeña cabaña roja cercana a la cima de la montaña del Diablo. Impresa en un trozo de cartón pegado junto a la cabaña, se leía la siguiente información adicional: «Cabaña del Ahorcado: CERRADA POR REFORMAS. Para la fecha de reapertura prevista, consulte en los comercios locales o llame a Parques Victoria 13 19 63».
Sarah dejó atrás el mapa y los carteles. Enfiló un camino de tierra. A menudo, cuando Tansy relajaba el paso como en ese momento, Sarah sentía una punzada de emoción. El valor que concedía a la felicidad de su caballo provenía del pasado del animal. Había fotografías de Tansy que no estaban enmarcadas ni expuestas en las paredes. La hinchazón y las magulladuras de la cara de Sarah hablaban de algo mucho más profundo que la simple tozudez de una yegua; Tansy tenía motivos para temer el espacio cerrado del remolque. Mientras avanzaban, Sarah le acarició el lomo en señal de disculpa y comprensión.
Tras un corto tramo del camino llegaron a una verja cerrada.
Un letrero grande atado al alambre repetía: «Cabaña del Ahorcado: CERRADA POR REFORMAS».
En un cartel más antiguo ponía: «Acceso a la Cabaña del Ahorcado. Solo vehículos autorizados. Únicamente coches con tracción a las cuatro ruedas. Peligro de inundaciones en el camino». Y en letra cursiva y tono de reprimenda: «Al conducir no olvide que comparte este sendero con jinetes». Finalmente, con un matiz más jovial: «¡Deseamos que disfrute de su excursión a la Cabaña del Ahorcado, el famoso lugar donde está enterrado el bandido Sid Gibson!».
Sarah sacó una llave del bolsillo de la chaqueta y se inclinó en la silla para abrir el candado. Tansy, que conocía el procedimiento, se mantuvo cerca del cerrojo. La cadena y el candado resbalaron en cuanto Sarah los tocó y cayeron al suelo con un golpe seco y un tintineo. Alguien había cortado la gruesa cadena.
No era la primera vez que Sarah descubría que habían manipulado la verja. En una ocasión se encontró con que la habían arrancado y tirado a un lado, en señal de protesta. A muchos motoristas y conductores de todoterrenos les molestaba que les impidieran el paso, se creían con todo el derecho a subir hasta la Cabaña del Ahorcado aunque estuviera en obras. Incluso cuando el camino estaba abierto, la necesidad de un permiso era un tema polémico.
Huellas recientes de neumáticos indicaban que un vehículo había cruzado hacía poco la entrada. El eslabón de la cadena que habían cortado estaba limpio y brillante. Sarah inspiró y se preguntó si no percibía incluso un ligero rastro de olor a gasóleo. Aguzó el oído y le pareció captar el acelerón de un motor más arriba, en el camino sinuoso que llevaba a la sierra. Pero una ráfaga de aire meció las copas de los árboles y el sonido desapareció.
Sarah volvió a meterse la llave en el bolsillo y abrió la verja. Una vez que hubo cruzado, desmontó, pasó la cadena rota por la reja y la puso alrededor del candado, tal como la había encontrado. Al menos así parecía cerrada, bastaría para disuadir al próximo que parara el coche y pensase en saltarse las normas.
En el camino de tierra se veían marcas del continuo paso de caballos: huellas de cascos y excrementos secos. La empresa de rutas ecuestres de Sarah disponía de un permiso especial para utilizar el camino de la Cabaña del Ahorcado para sus excursiones. De ese modo, los jinetes podía
