Capítulo 1
—¿Me puedes explicar de nuevo qué estamos haciendo aquí? —me pregunta Savannah. Es la hija de una famosa actriz californiana con una trayectoria internacional estelar. Echa su llamativo cabello rizado para atrás cuando pasa un grupo de chicos atractivos a nuestro lado.
Este es un pub irlandés llamado Murphy’s. Un lugar donde los estudiantes del campus vienen a relajarse, bailar y besuquearse con desconocidos. No es nuestro tipo de entorno. Savannah está acostumbrada a ambientes más glamurosos, pero hay una razón por la que la he arrastrado a Murphy’s esta noche.
—Tengo un trabajo —le respondo con discreción a pesar de que el vocerío y la música no permiten escuchar la conversación de otros. Me recorre un escalofrío al darme cuenta de que sueno como mi padre. Hace seis meses que entró en la cárcel y le han caído trece años por participar en el robo de una exposición de coronas en el MET de Nueva York. En especial, la corona de una emperatriz francesa del siglo XIX con la friolera de mil ochocientas piedras preciosas incrustadas y valorada en más de un millón de dólares.
Savannah frunce el ceño mientras remueve su cóctel rojizo con una pajita. Su bebida no concuerda con el ambiente del bar y no me extrañaría que sea el primer cóctel que preparan.
—¿Un trabajo aquí? —Su achatada nariz se arruga mientras pasea la mirada por el pub. El mobiliario es de madera oscura wengué, hay mesas con bancos enfrentados contra las vidrieras verde oscuras típicas de los pubs irlandeses. Las paredes están adornadas con botellas de alcohol, cuadros de Guinness, fotos de jugadores de fútbol, placas de nombres de calles en Dublín, e iluminado por lámparas verdes. En realidad, es un ambiente muy acogedor. Los pubs irlandeses están creados para animar a que la gente pase mucho tiempo en ellos. Además, me gusta la música que ponen, en estos momentos suena Don’t Look Back in Anger, de Oasis.
—¿Conoces a Julia Parks? —le pregunto tras dar un trago a mi Kopparberg de pera.
Savannah alza las cejas y abre la boca.
—¿A Julia Parks? —Se hecha sobre la mesa con forma de barril, que hemos ocupado en el centro de una de las zonas del pub, para acercarse más a mí.
Julia Parks es hija de un senador y estudia ciencias políticas en nuestro campus. Además, es activista y afiliada al partido republicano. Sus intenciones de seguir los pasos de su padre son claras.
Asiento.
—Me ha contactado esta semana —le explico, recordando el momento en el que nos encontramos en una cafetería en la que entró con unas gafas de sol. Una joven un tanto dramática.
—¿En qué se ha metido? —quiere saber Savannah muy interesada.
—Bueno, es el típico caso de chica buena conoce chico malo. Julia se ha liado con el hombre indebido, él ha sacado algunas fotos de ella con escasa indumentaria, se han peleado y ella ahora quiere las fotos de vuelta.
—¿Y él se niega a devolverlas?
Asiento toqueteando el húmedo botellín de mi sidra. Julia Parks me ha ofrecido una cantidad desorbitada por recuperar esas fotos. Necesito ese dinero. Debería ser dinero fácil, pero la cosa se ha complicado.
Hay dos cosas que debéis saber sobre mí. La primera es que soy capaz de abrir cualquier modelo medio decente de cerradura, candado o caja fuerte. Lo que genera un conflicto con la segunda, y es que tengo un porrón de facturas que pagar y la cuenta de ahorros congelada; pero me estoy adelantando.
Soy hija de un ilustre ladrón coreano de guante blanco, quien me enseñó todo tipo de trucos para apropiarme de lo ajeno. Mi padre y yo hemos vivido en la friolera de once países, en algunos de ellos apenas unos meses, pero he añadido una tachuela a todos y cada uno de ellos en el mapa que tengo colgado en la pared de mi cuarto. Él odia esa costumbre. Cree que, si la policía rebuscara en mi habitación, tendrían la mitad del trabajo hecho con ese sumario de la localización de sus fechorías.
Hace cuatro años que llegamos a California, donde cumplí la mayoría de edad y decidí que no pensaba seguir huyendo de la ley con él. Todo lo que quiero es graduarme de mis estudios de arte y vivir una vida aburrida en un barrio suburbano de casitas bajas y jardín delantero. Quiero que todos mis vecinos me conozcan y no tengan jamás nada jugoso que chismear sobre mí. Y, cuando digo jugoso, me refiero a cosas como «La policía ha venido esta mañana, han tirado su puerta abajo y se la han llevado esposada».
He visto dos veces como se llevaban a mi padre esposado. La primera vez, tuve la suerte de que mi madre aún vivía, pero la segunda..., bueno, la segunda me quedé tirada y sola a una edad en la que nadie debería verse en esa situación. Después de eso, mi padre debió volverse más cauteloso con los trabajillos que aceptaba o quizá fue simple suerte, porque no volvieron a detenerle.
Hasta hace seis meses, claro. Cuando le detuvieron y me dejó sin blanca.
—¿Y por qué estamos aquí? —insiste Savannah sin entender la conexión.
Suspiro llegando a la raíz del problema.
—El chico malo es Ken Ritz —comienzo, pero Savannah pone cara de no haber oído hablar de él—. Es fotógrafo y vive en una fraternidad dentro del campus.
Asiente no muy impresionada.
—Vas a entrar en su habitación, coger su ordenador, rebuscar entre sus cosas... —prosigue con lógica y mueve una mano para instarme a seguir—. Lo has hecho antes.
Me muerdo el labio.
—Esta vez hay un problema: Ritz vive en la misma casa que Hunter Rinehart.
Mi amiga da un golpe en la mesa que hace tintinear los vasos sucios que se han dejado los últimos usuarios.
—Hunter Rinehart... ¿El puto hijo del presidente?
Asiento.
Mi objetivo vive en la casa más segura y vigilada de toda la jodida ciudad, lo que hace imposible que llegue hasta su habitación sin que me descubran y piensen que quiero dañar o secuestrar al hijo del presidente.
—Colarme en su casa queda descartado.
Los hombros de Savannah se desinflan.
—Entonces, tienes que rechazar el trabajo.
Me rasco la coronilla. Es demasiado dinero como para rechazarlo, necesito pagar la facultad en unos meses y luego está el hecho de que alguien le ha hablado de mí y de mis servicios a Julia Parks, cosa que me da escalofríos. Podría denunciarme si me niego a ayudarla. Tiene poder suficiente para hundirme.
—Tengo que intentarlo —le digo resignada—. Y por eso estamos aquí. ¿Ves a ese grupo jugando al billar? —Hago un movimiento de cabeza a mi izquierda. Está separada de la nuestra por una barandilla y unos pocos escalones. Con una mesa de billar y dos dianas es la zona de juego del pub.
—El de la barba y el pelo recogido en un moño en la nuca, ese, es Ritz —le informo, manteniendo los ojos en su rostro, ya que si miramos ambas podríamos llamar su atención.
—Holaaa, papacito —suelta Savannah. A veces, dice palabras en español latino, como todo el mundo en Los Ángeles. Debido al tiempo que pasé en Barcelona, deduzco que Ritz le parece atractivo—. No entendía cómo Julia había sido tan tonta, pero empiezo a comprender su enajenación mental bastante mejor.
—Deja de mirarle —le ruego, tomándola de la muñeca.
—¿Cuál es tu plan exactamente? ¿Acercarte y robarle la cámara? —me pregunta con curiosidad.
Suelto una larga y desesperada exhalación. Ojalá fuera tan fácil.
—Esas fotos deben estar ya en su ordenador, Barbie —razona, alzando sus dedos al puntualizar—. O en una nube. Tendría más sentido que Parks contratara a un hacker.
—Julia cree que tiene copias impresas escondidas en su cuarto —le aclaro, para que entienda por qué ha recurrido a alguien como yo.
La joven frunce el ceño.
—Suena encantador —ironiza, echándole otro vistazo.
Me froto las sienes.
—No sé cómo voy a entrar en esa fraternidad.
Savannah pestañea e inclina el rostro hacia un lado como a veces hacen los perros. Se le está ocurriendo algo. La veo mirar de nuevo hacia Ritz y cuando sus ojos vuelven a mí tiene una sonrisa maliciosa.
—Hay una forma muy fácil de entrar en la habitación de un hombre —dice y alza ambas cejas.
Frunzo el ceño sin saber de qué está hablando. El problema no es forzar la cerradura de su cuarto, sino el servicio de seguridad de Hunter Rinehart, con sus guardaespaldas y cámaras de vigilancia.
Savannah observa mi confusión.
—Estás pensando en su cerradura, ¿verdad? —dice con los ojos entornados.
Me encojo de hombros un tanto confusa.
—¿Tú no?
Savannah suelta un bufido y pone los ojos en blanco.
—Eres digna hija de tu padre..., pero yo soy digna hija de mi madre —pone una mueca seductora al decir eso último—. Barbie, no me refiero a que te cueles en su dormitorio, sino a que te invite él —especifica sin paciencia. Para cosas como esas, me considerará un caso perdido.
Abro la boca, pero nada sale. Estoy confusa.
—No le conozco de nada, ¿Por qué iba a llevarme a su...
No termino la frase porque la veo alzar las cejas y entiendo al fin qué tiene en mente. Empiezo a reírme, no puedo evitarlo. Hasta me doblo de la risa.
—No hace falta que te acuestes con él —se defiende—. Puedes fingir que has bebido mucho y que necesitas dormir un rato. Te dejará quedarte con la perspectiva de tener sexo mañanero. Entonces, tú urdes tu magia mientras él duerme.
Me quedo muda durante un instante demasiado largo. Mi voz suena aguda cuando por fin logro hablar.
—Disculpa, ¿qué es lo que estás sugiriendo que haga exactamente?
Savannah echa la cabeza hacia atrás y mira el techo del pub antes de rodear el barril y ponerse a mi lado. Me toma de la mano.
—Solo tienes que seducirle para que te lleve a su cuarto él mismo —resume con el tono de quien dice una genialidad.
Ambas miramos hacia la mesa de billar.
Ken Ritz debe medir casi dos metros. Su cabello largo y castaño claro y su despeinada barba le dan un aspecto de motero peligroso que contrasta con la dulzura de sus ojos azules y su rostro joven. Sus hombros y su espalda tienen la anchura de un guerrero vikingo y sus bíceps parecen querer romper las mangas cortas y dobladas de su camisa. Lleva un tatuaje desde hombro hasta la mitad del brazo y pulseras de cuero en las muñecas. Todos sus movimientos denotan una cosa: peligro.
Ritz, tal y como había previsto, nota que hay dos miradas sobre él y alza los ojos hacia nosotras. Se me para el corazón y me giro tan rápido que tiro mi bebida.
—Ups, nos ha pillado —ríe Savannah, pero incluso ella parece sonrojada—. Por otro lado, también podrías tirártelo.
Con las mejillas aún ardiendo, le doy un sorbo a lo que queda de mi sidra y me contengo para no volver a mirar hacia la zona de juegos.
—Bromeas, ¿verdad? —murmuro. Por alguna razón me falta el aliento.
—No, considéralo un pago extra del trabajo —rebate ella y se muerde el labio, echando otro vistazo—. Si tuviera tus talentos, yo misma lo haría.
—Por favor, deja de mirarle —le ruego, paralizada como una estatua. A pesar de mí misma, no puedo evitar mis siguientes palabras—. ¿Aún nos mira?
Savannah pone una mueca decepcionada.
—Nah..., es de esos que está acostumbrado a la atención.
Por ridículo que sea, me siento decepcionada. Me toco mi larga coleta de cabello negro y liso asiático, más que nada porque aún estoy alterada. Su mirada ha sido como si me hicieran cosquillas en la distancia.
Me pregunto si a un hombre como él le gusta el pelo liso o prefiere el rizado de Savannah. A los moteros les van más las cabelleras salvajes y, si me baso en Julia Parks, las prefiere rubias.
Sacudo la cabeza. ¿Qué tonterías estoy pensando?
—¿Qué vas a hacer? —me pregunta Savannah tras chupar el azúcar rosado del borde de su cóctel.
Me muerdo el labio. No tengo ni idea.
—Hazme caso, tu única opción de entrar en ese cuarto es que te lleve el mismo dueño.
—Me pongo muy nerviosa cada vez que dices eso —confieso, rascándome la nuca. Solo he tenido un novio y era más un nerd que alguien con la pinta de Ritz. No puedo hacer lo que sugiere. No puedo plantarme delante del chico malo y seducirle para luego robarle. Y mira que robarle sería la parte fácil. Es tratar con él lo que me preocupa. Lo que sí puedo hacer es acordarme de su aspecto para cuando lea una de esas novelas históricas eróticas, donde la dama inocente es seducida por un pirata incorregible. Él sería perfecto para ese papel.
Savannah se encoge de un hombro.
—Siempre puedes decirle que no a Julia. Ya saldrán más cosas.
No por esa cantidad de dinero. En tres meses tengo el primer pago fraccionado del curso siguiente y apenas he reunido el veinte por ciento. Con el dinero de Julia, podría pagar el año completo y ya solo tendría que preocuparme de comer y pagar el alquiler.
Cuadrando los hombros, suspiro decidida.
—De acuerdo, voy a hacerlo.
El rostro de Savannah se enciende como un árbol de navidad y, antes de que vuelva a mirar a Ritz, la agarro por los mofletes.
—Vamos a hacerlo a mi manera.
Savannah asiente y pone una expresión angelical que nada tiene que ver con la realidad de su maquiavélica personalidad.
—¿Vas a acercarte a él?
Niego con la cabeza. Necesito emborracharme primero.
Durante la siguiente hora y media me bebo dos Desperados y dos chupitos de tequila. Entablamos conversación con dos estudiantes de Finanzas que nos explican lo último en robots financieros para que invierta dinero la gente que no tiene conocimientos de bolsa. Me apunto el nombre de varios en el teléfono, decidida a investigarlo más tarde. Cuanto antes aprenda otras formas de obtener liquidez que no me metan en líos, mejor.
Durante todo ese tiempo, en el que el alcohol ya está obrando su efecto en mí, he logrado mirar hacia Ritz solo en tres ocasiones y han sido miradas profesionales, para asegurarme de que seguía allí. Ni una sola vez él ha mirado hacia nosotras.
—Te doy mi número y así me preguntas siempre que quieras —me dice Paul, o al menos es así como creo que se llama. Le veo echar un vistazo a mi escote y sé que está interesado en algo más que ayudarme con mis finanzas, pero si hay algo que he aprendido de mi padre es que las conexiones con expertos en materias que no controlas son tan importantes como desarrollar tus propias habilidades.
Así que me apunto su teléfono y, cuando vuelvo a mirar por encima de mi hombro, Ritz ya no está junto a sus amigos.
Le doy un codazo a Savannah y sigue la dirección de mi mirada.
—Chicos, ha sido un placer conoceros —se despide, veloz como una flecha—. Nos vemos por el campus.
Nuestro campus es enorme, por lo que no es para nada seguro que volvamos a cruzar caminos, pero, después de una hora de charla, los interesados ya tienen que haber conseguido o proporcionado números de teléfono, como bien ha hecho Paul.
Cogemos nuestras chaquetas y salimos pitando del bar hacia el parking.
—A lo mejor solo ha ido al baño —digo tontamente al notar el aire de la noche. No se me había ocurrido esa posibilidad hasta ese momento.
Savannah me da un golpe en el hombro y tira de mí hacia la pared de la esquina del pub. Cuando me asomo veo a Ritz pasando la pierna por encima del asiento de una moto. Sabía que era un motorista, pero no tiene una de esas motos con pinta de hormiga transformer que me había imaginado, sino uno de esos scooters que usan los repartidores de pizzas.
—Vamos —declara Savannah, pero la sostengo contra la pared.
—¿Qué piensas hacer?
—Vamos a hablar con él y lo que surja —propone con tranquilidad.
—¿Estás loca? —susurro, empiezo a ser consciente de todo lo que he bebido. Y, aun así, la idea de hablar con Ritz me vuelve mantequilla. Ni pensar en tontear con él o seducirle. No tengo ni pajolera idea de cómo seducir a ningún hombre en general, mucho menos a uno con ese aspecto.
—Se ha ido —dice Savannah asomada a la esquina.
Frunzo el ceño porque no he escuchado el motor y me asomo para descubrir que la motocicleta aún está ahí, pero vacía.
—¿Ha vuelto a entrar?
Savannah tira de mí y esta vez le dejo hacerlo. Nos acercamos a la moto y miramos la puerta del bar.
—Ha debido olvidarse de algo —razona ella.
La tomo de la mano y tiro asustada ante la perspectiva de que nos descubra merodeando.
—Vámonos antes de que salga —le pido. Tendré que aplazar el loco plan para otra noche. La noche de nunca jamás va a poder ser.
—Ni hablar —dice ella y se suelta de mi mano—. Vas a esperarle aquí. Finge que esperas un taxi, le sacas conversación, tonteas y a ver qué pasa.
—¿Y me voy con él en la moto después de que ha bebido? —objeto, aferrándome desesperada a la idea de dejarlo para otra ocasión.
—Oh, vamos, el campus está al final de la avenida.
—Eso es lo que dicen todas las víctimas en los anuncios sobre accidentes de tráfico —le replico con tonillo sabiondo.
Savannah me toma por los hombros y me empuja hacia la moto hasta que doy con el culo en el asiento.
—Pues proponle dar un paseo hasta su casa. —Me planta un beso en la mejilla—. Saluda al hijo del presidente de mis partes —pide y se señala la zona de la entrepierna.
Río por culpa del alcohol y del nerviosismo.
—Te estaré espiando desde la esquina. —Camina de espaldas y me saluda con la mano antes de acelerar y ocultarse de la vista.
—Te odio —le grito, pero es inútil. Necesito ese trabajo y, si se diera el milagro de que Ritz se deje seducir por mí, sería dinero fácil.
Mi corazón da un salto y suelto una exclamación cuando oigo las puertas del bar abrirse de nuevo.
La buena noticia es que se trata de Ritz y la mala es que lleva el brazo por encima del hombro de ¡otra rubia! Es igual de alta que él y yo del tamaño de sus tacones.
La buena noticia es que no tendré que pasar por el mal trago de intentar seducir a Ritz esta noche, porque otra ya lo ha hecho por mí y la mala es que me ha visto junto a su moto.
Me quedo paralizada, viendo cómo se aproximan sin apartar la vista de mí. Quiero desintégrame en el aire. Quiero desaparecer como Harry Potter con su manto de invisibilidad, pero la realidad es otra.
Aparto mi cadera de su vehículo justo cuando los tengo enfrente.
Los ojos de Ritz están clavados en mí como dos arpones afilados. Tienen el color de las estrellas sobre nuestras cabezas y así de cerca es aún más atractivo. La joven que va con él es igual de despampanante.
Quiero decir algo, pero no recuerdo ninguna otra vez en la que un hombre me haya dejado tan inutilizada solo con su mirada.
—¿Querías algo? —me pregunta al fin, sus ojos viajando de mí a su moto. Es evidente que le estaba esperando.
Mi mente se centra en detalles tontos, como que tiene acento británico y en lo alto que es. Como un torreón o una montaña a la que alzar mis ojos con admiración.
Tras mi continuado silencio, frunce el ceño y eso me hace reaccionar. Meto la mano en mi bolsillo y saco un billete de cinco dólares.
—Se te ha caído esto antes —le digo, ofreciéndoselo. Él alza la mano, confuso, y le entrego el dinero para marcharme inmediatamente. Noto la mirada de ambos en mi espalda hasta que llego a la esquina donde se oculta Savannah. Por suerte, lo ha visto y no necesita explicaciones.
Emprendemos el camino de vuelta hacia mi apartamento y un instante después escuchamos el ruido de la moto. Cuando pasa por nosotras, con la chica agarrada a su cintura, hace sonar el claxon y doy un pequeño salto sobre mí misma. Lo miro alejarse hasta perderse entre calles flanqueadas por largas palmeras.
—Bueno, al menos ya te conoce —celebra Savannah y me siento tentada de estrangularla con mis propias manos. Pero la necesito viva si quiero arreglar el desastre de este primer encuentro. Y no me queda otra que hacerlo si quiero cumplir con lo que Julia Parks me ha encomendado.
Capítulo 2
Una semana más tarde, Savannah y yo regresamos a Murphy’s con una estrategia distinta. Para empezar, esta vez le he dedicado algo más de empeño a mi aspecto. Pelo suelto, maquillaje sutil y una falda vaquera para sacarle partido a la esbeltez de mis piernas. En la parte de arriba, llevo una sencilla camiseta blanca de algodón que me ha prestado Savannah, porque tiene una almeja dibujada y la palabra hello escrita encima. Según ella, el mensaje subliminal de la prenda es infalible.
Nos abrimos paso a codazos por el abarrotado pub, hasta alcanzar la barra. Estoy sorprendentemente tranquila, en parte, porque he tenido una semana para mentalizarme, y, en parte, porque el nuevo plan es mucho más pasivo que el anterior. Solo tengo que hacerme notar y esperar a que Ritz dé el primer paso, algo que concuerda mejor con mi personalidad y mi modus operandi a la hora de ligar. No es que yo tenga un modus operandi para ligar..., pero si lo tuviera sería ese: exhibir mi plumaje cual pavo real y dejar que el otro sexo haga todo el trabajo.
Savannah pide dos cervezas, demostrando que está perdiendo glamur a cada minuto que pasamos en Murphy’s, después se aúpa en un taburete para otear el personal en busca de mi objetivo.
—No está —se lamenta al bajarse, haciendo un puchero.
Contengo la risa ante su decepción, para mí es como si me hubieran quitado un peso de encima. De pronto vuelvo a respirar con normalidad y no como si una pantera estuviera a punto de atacarme.
No sé si es porque soy introvertida o porque me traumatizó ver a la policía irrumpir en mi casa una madrugada para llevarse a mi padre, pero hay gente con la que me cuesta ser yo misma. Por ejemplo, figuras autoritarias o ciertas personalidades ante las que me achico y me quedo sin elocuencia. Es algo que no puedo evitar y, por desgracia para mi misión, Ken Ritz es bastante intimidatorio. Esa es la razón por la que una parte de mi está aliviada con su ausencia.
—Me recuerdas a esa actriz... —dice un muchacho de rizos rojizos y gafas de pasta negra, chasqueando los dedos frente al rostro de Savannah. Sonrío ante su error garrafal. Savannah odia que la confundan con su madre y es la peor forma de flirtear con ella.
Como es de esperar, se da la vuelta hacia la barra para darle la espalda a su admirador, quien parpadea decepcionado ante la repentina visión de la nuca rizada.
Me apiado de él, no sé si porque parece buen chico o porque es la clase de hombre con la que me siento suelta. Cosa que últimamente aprecio más que nunca.
—Te voy a dar un consejo para la próxima vez: a las chicas nos gusta sentirnos especiales y no que nos comparen con otra. —Le doy dos palmaditas en la mejilla y me giro hacia la barra para colocarme junto a mi amiga. Nos sonreímos, pero se me borra la sonrisa cuando una mano grande y bronceada, con un anillo de plata en el dedo corazón, estampa un billete de cinco dólares en la superficie húmeda y pegajosa de la barra.
Contemplo el dinero como si fuera un escarabajo que se ha materializado frente a mí y, un instante después, Ritz apoya el codo a mi lado. Sus ojos azules se pasean por la multitud con tranquilidad.
—Ambos sabemos que ese dinero no es mío —dice.
—Ah, ¿no? —titubeo, completamente enajenada. Se suponía que iba a ser seductora. También se suponía que no iba ni a acordarse de mi cara, ni mucho menos de lo ocurrido—. Lo siento, pensé que sí.
Savannah me da un codazo y por la expresión de su rostro se está preguntado si de pronto me han hecho una lobotomía.
Ritz se separa de la barra, logrando que su estatura resulte aún más imponente. Esta noche lleva el pelo suelto y una camiseta de algodón verde militar con cuatro botones entre los pectorales, que bien podría ser la parte de arriba de un pijama, pero que en un hombre como él toma otro cariz. Me ocurre lo mismo que la primera noche: dejo de reaccionar de forma normal, para fijarme en cosas como que lleva las mangas remangadas hasta los codos y que el vello de sus antebrazos es más claro que el de su cabeza.
—¿Qué querías? —me pregunta, más serio y algo desconfiado.
Abro la boca para responder, pero nada sale. Sus ojos son más claros de lo que me pareció ver en la oscuridad de la noche. Su nariz es delicada, y no entiendo cómo alguien con un rostro tan dulce puede resultar tan...
—¿Tú qué crees que quiere? —oigo decir a Savannah por encima de mi hombro.
Ritz frunce el ceño y alza la vista hacia mi amiga. Algo en la expresión de esta debe servirle de aclaración porque lo veo casi poner los ojos en blanco. No llega a hacerlo, por supuesto, un tipo como él es demasiado duro para ese gesto. Se limita a soltar un bufido de incredulidad y a esquivarnos para perderse entre la gente.
El billete de cinco dólares sobre la barra está mojado de a saber qué mezcla de alcoholes, y aun así lo contemplo como si fuera un objeto especial.
—Vale, eso ha sido tu culpa, B —me regaña Savannah.
Me guardo el dinero en el bolsillo de la falda, voy a necesitar hasta el último centavo ahora que lo de Julia Parks está descartado.
—Ya saldrán más trabajos. —Me encojo de hombros como si nada, pero noto un peso en el pecho. No solo acabo de perder el mejor trabajo del año, sino que encima me ha servido para darme cuenta de mi torpeza con los hombres atractivos. Quiero irme a casa.
—¿Ya te has rendido? —inquiere ella con su voz de coach motivacional.
—Ha bufado, Savannah —le grito, dejando salir parte de mi frustración. Tomo una bocanada de aire para recomponerme. Odio sentirme al límite, como si estuviera pendiendo de una cuerda que comienza a romperse—. Le has dicho que estaba interesada en él y ha bufado. Game over.
Intento marcharme, pero Savannah me toma de la muñeca.
—Ha bufado por la situación, porque parecemos colegialas, no porque no le gustes. Antes de abrir yo la boca te estaba dedicando una mirada bastante intensa.
Pongo los ojos en blanco, porque yo sí soy muy de ese gesto. No me creo nada de lo que está diciendo y me niego a continuar humillándome de esa forma.
—Vámonos a casa, por favor —le ruego con expresión de súplica.
Savannah es fácil de enternecer, así que termina por ceder y asiente.
—De acuerdo, pero necesito hacer pis primero.
Nos cogemos de la mano para abrirnos paso hasta el pasillo que lleva a los servicios. Está hecho entero de madera y adornado con varios cuadros pequeños de fotos en blanco y negro. Me quedo allí a esperarla, echada contra la pared. La música y el vocerío llegan un tanto mitigados y la falta de ruido me permite escuchar mis pensamientos con mayor claridad. Me imagino mi conversación con Julia Parks cuando rechace el trabajo, pero eso me llena de ansiedad, por lo que paso a buscar alternativas de cómo conseguir las fotos. Además, me encantaba la idea de defender a una hermana mancillada por un cerdo sexista.
De pronto aparecen dos tipos en mi campo de visión. Uno de ellos se agacha frente a la máquina de tabaco porque se le han caído varias monedas, y el otro..., el otro es Ken Ritz.
Me quedo quieta como una estatua, mirándome los pies.
—Mierda, tío, ¿dónde está la otra moneda? —dice el arrodillado, con evidente embriaguez.
Ritz no le responde y eso me hace alzar los ojos. Tiene el antebrazo apoyado en el techo de la máquina y me contempla fijamente.
Mi corazón se acelera y trago saliva.
—¿De cuál fuma Bernard? —dice su amigo tras echar las monedas ya incorporado.
Ritz aprieta un botón y el hombre que va con él recoge la cajita que ha caído de la máquina y da dos pasos, pero se detiene un poco tambaleante al ver que su acompañante no se mueve. Sigue su mirada hasta mí.
—Ahora voy —se limita a decir Ritz, a modo de despedida, sin apartar sus ojos azules de mí. La expresión de su rostro no deja entrever cuáles son sus intenciones. ¿Reírse de mí por ser tan infantil? ¿Insistir en que le diga la verdad sobre por qué lo estaba esperando?
Alzo la barbilla hacia él, en una muda declaración de que estoy lista para escuchar lo que sea que quiera decirme.
—¿Es verdad lo que ha dicho tu representante? —le escucho preguntar y ahora se adivina un brillo curioso en sus ojos. Es el típico caso en el que la curiosidad mató al gato, porque es evidente que no sabe que tiene a una ladrona, con intenciones de hurgar entre sus cosas, parada frente a él. Muchos hombres subestiman a las mujeres, sobre todo cuando consideran que tenemos un aspecto inocente y frágil—. ¿Y bien? ¿Era eso lo que buscabas?
Me mojo los labios. De pronto vuelve a haber un halo de esperanza por lograr mi objetivo y Savannah me lo ha puesto fácil. Lo único que tengo que hacer es asentir y la pelota volverá a estar en su campo.
Hago el movimiento de cabeza y Ritz se despega de la pared hasta plantarse justo frente a mí. Por un loco momento pienso que va a besarme, pero no lo hace. Me mira con atención, como si quisiera sacar más información de la expresión de mi rostro.
—Dilo, entonces —su voz sale más baja, casi como un siseo.
Pestañeo confusa por su proximidad y por el olor de su perfume. ¿Aqua de Gio? No estoy segura, pero me gustaría saberlo.
—¿Decir qué? —logro preguntar.
—Di «quiero follar contigo» —su tono no es lascivo, más bien el tono con el que podría pedir una cerveza en la barra. Creo que solo quiere escandalizarme o ponerme a prueba.
Abro la boca, pero ni siquiera me puedo imaginar a mí misma diciendo algo así, y mucho menos completar la frase mientras le miro a la cara. Noto que un sudor frío me cubre la piel.
No obstante, no se burla de mi incapacidad para articular mis supuestos deseos en alto, sino que se aparta un poco y mira hacia el final del pasillo, sin duda, planeando su escape. Antes de irse, Ritz se inclina sobre mí y me susurra al oído:
—El sexo es como una asignatura, sino puedes recitar la teoría, olvídate de las prácticas.
Lo contemplo mientras se aleja. No estoy muy segura de qué asignatura es él, pero es evidente que he suspendido.
Capítulo 3
El sol del mediodía entra a raudales por las cristaleras del ala de profesores de la facultad de Diseño, dibujando rectángulos de luz en la pared contraria. Tiene un aspecto moderno y funcional, distinto al de mi facultad, ya que carece del encanto majestuoso del edificio colonial de Bellas Artes.
El corredor está desierto. No porque sea la hora del almuerzo, sino porque acaba de sonar la alarma de incendios para efectuar el simulacro que tenían programado para esa semana. Las facultades se van turnando para realizarlos y parece que la suerte por fin está de mi lado: es el turno de esta justo tres días antes del examen de Ingeniería Energética y Fluidomecánica que me han encargado robar. Por lo visto, la señora Hoffman es el hueso difícil de roer de Ingeniería de Diseño Industrial. Los profesores como ella son excelentes para mi negocio, ya que el grueso de mis ingresos proviene de conseguir las preguntas de los exámenes más aterradores.
El despacho de Hoffman está cerrado con llave, como era de esperar. Una cerradura corriente no es un verdadero reto para mí. En esta ocasión, introduzco hilo de lana en el bombín para desplazar los pernos y hacer saltar los pistones. Lo que me encanta de esta técnica es que es muy limpia y no deja señales de que la puerta haya sido manipulada. Sin necesidad de artilugios, me basta con el hilo y la llave maestra que mi padre me regaló en uno de mis cumpleaños. No es la clase de regalos que desea una chica, pero sí lo que recibí yo al cumplir los catorce.
Exhalo cuando la puerta cede sin dificultades y entro con la cabeza agachada, dejando que el ala de mi gorra oculte mi rostro de la cámara de seguridad que suele haber en los despachos de los profesores.
Voy directa a la caja fuerte que hay detrás del escritorio. Esta es la parte que me preocupa. Cada facultad se construyó o reformó en distintos periodos, por lo que los modelos pueden variar.
Abro mi mochila y saco el estuche de la ganzúa al ver que se trata de un modelo de llave. Lo bueno de que no sea de combinación con rueda o de código digital es que iré más rápido, descifrar la clave lleva un poco más de tiempo.
Por la hora que es, lo más probable es que al terminar el simulacro de incendios los profesores se vayan directamente a almorzar, pero siempre existe la posibilidad de que alguno regrese. El buen ladrón sabe que un simple segundo puede significar la diferencia entre salir airoso o ser atrapado, o al menos eso suele decir mi padre.
Saco las piezas de la ganzúa del estuche y comienzo a montarla. De pequeña me recordaba a una miniametralladora y me sentía como los personajes de las películas de acción al armarla.
Cuando la ganzúa está lista, la introduzco en la ranura de la llave y con la otra mano meto un gancho metálico para ayudarme de este. Me lleva medio minuto forzar la cerradura y cuando se abre meto las piezas sueltas del aparato en mi mochila. Ya los colocaré en el estuche más tarde cuando esté a salvo.
En el interior de la caja fuerte hay varios documentos y me lleva un instante revisarlos en busca del que necesito, colocándolos de tal forma que vuelvan a estar en el mismo orden y posición cuando termine. Cuando doy con el examen, le saco varias fotos con dos teléfonos distintos. Ninguno de ellos está registrado a mi nombre, como es evidente. Mi padre se encargó de dejarme varios pasaportes falsos que cuelan con facilidad en las tiendas de telefonía.
Una vez que está todo colocado como al principio, cierro la caja fuerte y me muevo veloz hacia la puerta. Mi corazón mantiene un ritmo reposado, facilitando que no cometa errores. Es increíble la templanza que tengo mientras realizo estos trabajos.
Me asomo por la rendija de la puerta y mi pulso se acelera al ver a dos profesores parados en el pasillo en medio de una conversación. Mierda.
Vuelvo a cerrar la puerta, despacio y con el pomo accionado para evitar la rozadura. Lo suelto con lentitud y me giro hacia la ventana. Escucho mis latidos en los oídos y es en momentos así en los que me doy cuenta de que no soy una profesional ni tengo rodaje haciendo trabajos reales.
Abro la ventana y me aúpo en el poyete para sentarme en este. Me alegro de haber examinado el exterior del edificio antes de entrar, cortesía de las lecciones que mi padre repetía hasta taladrarlas en mi memoria.
«Siempre estudia todas las posibles salidas antes de entrar».
La ventana de la profesora da a un tejado con poca pendiente. Mi plan B es deslizarme por la tubería del desagüe que hay en uno de los laterales del edificio. Me desplazo a cuatro patas, por las tejas, con la precisión y la calma de un gato, hasta llegar al borde. El canalón tiene restos de suciedad y hojas secas, que habrán llegado hasta allí con el viento invernal. Me asomo por este en busca de la bajada, pero me llevo la sorpresita de que, a esas horas, la cafetería de abajo tiene varias mesas colocadas en el exterior para los clientes.
Doble mierda.
No había terraza de noche cuando estudié la fachada, pues las mesas y sillas debían estar apiladas en el interior de la cafetería. Ahora, son casi las dos de la tarde y hay varios estudiantes sentados almorzando en lo que me había parecido un rincón tranquilo para descender.
Mis problemas no acaban ahí, qué va. Para mi consternación, uno de ellos es Ken Ritz. El mismo que me rechazó tres veces hará dos semanas en Murphy’s.
Lleva una camiseta blanca de algodón, unos vaqueros desgastados y el pelo recogido. Está repantingado en su silla mientras ríe con sus acompañantes. Uno de ellos, por si mis problemas fueran pocos, es Hunter Rinehart, el hijo del presidente.
Triple mierda.
Voy a tener que buscar otra forma de bajar que no sea la tubería, pero ¿cuál?
Mientras barajo posibilidades, cometo el error de mantener mis ojos fijos en Ritz. Me había olvidado de su habilidad para notar que alguien lo está observando y, antes de que me dé cuenta, alza la cabeza y clava sus ojos justo sobre mí.
Me echo hacia atrás hasta ocultarme de su vista.
Mil veces mierda. ¿Qué tipo de sexto sentido es ese? ¿Cómo ha podido darse cuenta de que lo observaba a tres metros de distancia?
Deshago el camino andado, pero, en lugar de entrar por la ventana de la señora Hoffman, salto su buhardilla para dirigirme a la fachada trasera. Por suerte, no hay nadie pasando por allí. Varios árboles a dos metros del edificio ocultan un poco ese lado del camino hacia la puerta principal.
La distancia al suelo no es mucha, pero no tengo ni idea de cómo hacer el descenso sin la ayuda de una tubería. Rebusco en mi mochila algo que me pueda servir de cuerda o polea, pero lo único que he metido es el libro hueco donde guardo mis herramientas de pillaje.
«Nunca lleves herramientas sospechosas a simple vista, Barbie. Que tengan que pillarte con las manos en la masa para poder relacionarte con la escena del crimen que ya has dejado atrás».
Estoy en eso cuando escucho un silbido. Me quedo paralizada y contengo el aliento con los músculos tensos. No estoy segura de dónde viene el sonido o si va siquiera dirigido a mí.
Un instante después, vuelve a sonar y ahora consigo localizarlo. Procede justo del lugar por el que planeo descender.
Me quedo quieta un momento, mirando hacia el cielo despejado sin saber qué hacer. Si fuera una heroína, Gandalf enviaría una de sus águilas gigantes para sacarme de allí en volandas, pero no lo soy. Soy una delincuente que roba exámenes y el karma se está vengando.
El silbido regresa con más insistencia y decido que, si se tratara de un guardia de seguridad o un profesor, no sería tan discreto. Me asomo lo justo y necesario para ver al pajarito silbante y me encuentro con Ken Ritz mirando hacia arriba con los brazos en jarras.
—Por fin —exclama al verme—. Quédate ahí arriba o te vas a partir una pierna. Voy a traer mi coche.
—¿Qué? —pregunto sin entender, pero él se marcha y dos minutos más tarde una camioneta roja se aparca junto a la fachada. Ritz baja sin apagar el motor y me hace un gesto de mano.
—Úsala de escalón —me indica sin necesidad, porque ya me estoy dando la vuelta para tumbarme sobre mis abdominales y bajar los pies al techo de la camioneta. Uso toda mi concentración y equilibrio, pero cuando al fin me dejo caer de cuclillas me resbalo en el esmalte de la carrocería y ruedo capó abajo hasta desplomarme en el suelo.
Mi hombro y
