Eres un artista

Sarah Urist Green

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN

Cuando era pequeña, estuve en una clase de arte impartida por Lonnie Holley en Birmingham, en el estado de Alabama, donde me crie. Por entonces se lo conocía como el Hombre de Arena, por el material parecido a la arenisca que inspiró sus primeras obras de arte, tallas de caras, figuras y formas. Holley era excepcional: simpático, inteligente, muy imaginativo y con las manos llenas de anillos, y hacía las cosas de una manera totalmente novedosa para mí. Lo mejor era que se tomaba en serio a los jóvenes.

Nos puso a todos delante de un bloque de arenisca y nos invitó a tallar algo. Conocíamos su trabajo y poco más, pero nos pusimos manos a la obra entusiasmados, dale que te pego con la gradina hasta estar contentos con el resultado. La idea no era que todos nos convirtiéramos en artistas como Holley ni que hiciéramos una escultura parecida a las suyas. Más bien se trataba de probar una forma de trabajar, para vislumbrar por un momento los materiales y las ideas que lo llevaron a hacer arte.

No he tallado en arenisca desde entonces, pero la experiencia se me quedó grabada. Gracias a Holley y a su curiosa forma de ver nuestro entorno amplié mi visión del mundo. Esta fue la primera de mis muchas interacciones con los artistas de mi vida, que me han enseñado que hay mil formas de percibir el mundo y de manipular las cosas físicas que nos rodean. A medida que hacía mis propias obras y me labraba una carrera como historiadora del arte y conservadora, iba guardando como oro en paño los momentos y las perspectivas que compartía con otros artistas.

Pero enseguida me di cuenta de que no todo el mundo lo veía igual. Me di cuenta de que el término «artista» se usaba con cierto desprecio. Las esculturas hechas con objetos encontrados como las que concebía Holley eran «basura». A la gente que intentaba vender cosas así la llamaban «estafadora». Con el arte minimalista o abstracto, siempre había alguien que soltaba: «Eso puedo hacerlo yo». Ese mundo lleno de gente y cosas que yo tanto apreciaba para otros era pretencioso. Pero sabía por qué pensaban así. Cuando empecé a ejercer de conservadora en un museo, ya conocía bien esa faceta del mundo artístico donde prima el dinero y que tan mala reputación le da al arte. Quería hacer lo que estuviera en mi mano para tender un puente sobre lo que parecía una brecha enorme entre el mundo del arte que conocía y el que la mayoría de la gente percibe cuando va a un museo o una galería. Redactar cartelas y organizar exposiciones en museos y galerías no era suficiente.

Quiero que todo el mundo sienta lo mismo que yo cuando estoy en una galería rodeada de obras cuyo proceso he visto en un estudio, hechas por un artista con el que he comido pierogi. No es que el arte no sea suficiente; la cuestión es que, después de haber intentado hacer cosas yo misma y de conocer a muchos artistas, no pienso en esos objetos como cosas sagradas de otro mundo. Las obras de arte quizás sean evocadoras y transformadoras, pero están hechas por personas. La gente que las hace no es en esencia distinta al resto de los seres humanos. Haber estado en contacto con artistas y con la creación me ha ayudado a sentirme identificada con el arte y a enriquecer muchísimo mis experiencias artísticas. A lo largo de mi vida laboral me he preguntado cómo podría transmitirle parte de eso a la gente que no tuvo la suerte de estar en una clase de arte para críos con Lonnie Holley.

Y así surgió la idea de estas tareas. En 2014 dejé el trabajo como conservadora para hacer una serie de vídeos llamada The Art Assignment, coproducida con PBS Digital Studios. Pasé de trabajar en el sótano de un museo a viajar por todo el país, visitando a artistas en distintas etapas de su carrera para pedirles que te encargaran una tarea. Muchas de las actividades de este libro salen de los vídeos, pero algunas son nuevas. La tarea de estos artistas está relacionada en cierto modo con su propia forma de trabajar: una actividad que ya han probado y les gusta; una idea en pleno proceso de exploración; una técnica que usan a diario, o algo que nunca han hecho pero siempre han querido hacer. Siguiendo su ejemplo, vas a tener que inventarte un amigo imaginario, colaborar con desconocidos y convertirte en otra persona (o al menos lo vas a intentar). Vas a fabricar un paisaje. Vas a hacer un alegato. Y vas a crear tu propio grupo de música.

Y en todos los casos, las tareas se han concebido pensando en ti. No hace falta saber dibujar bien, tensar un lienzo, ni obtener exactamente el mismo color del arroyo de una montaña. Este libro está pensado para artistas en cualquier etapa, desde artífices con experiencia hasta gente a la que le da pánico coger un lápiz. También para aquellos que pasan mucho tiempo en internet, creando y consumiendo una cantidad nada desdeñable de material delante de una pantalla. Hacer arte y a su vez formar parte activamente de la vida tecnológica no está reñido. Cuando te pongas manos a la obra, te animo a que uses las herramientas que tengas a tu disposición de una forma que te resulte natural, alternando tus propias manos con la tecnología para comunicar, enseñar y difundir tu trabajo.

Verás que muchas de las tareas se concibieron con la esperanza de que difundas y publiques tu obra tanto en el mundo real como en el virtual, tanto en el espacio físico como en internet y las redes sociales, haciendo de estas un lugar donde hacer arte, crear una comunidad y tener un sistema de apoyo, todo en uno. A lo largo del libro vas a ver algunos de los resultados de estas tareas que quizás te ayuden a poner en marcha tu propio proceso creativo y a fomentar las ganas de difundir tu trabajo. No obstante, si esto te incomoda, no pasa absolutamente nada. A veces el mejor público es uno mismo. Aunque, si quieres, te invito a enseñar tus resultados en la red social que más te plazca usando la etiqueta #EresUnArtista. A través de ella podré ver tu trabajo y tú podrás disfrutar de las obras de otra gente; también estarás ayudando a crear con tus propias manos un mundo artístico nuevo y más democrático.

A no ser que tú quieras o que te lo imponga un profesor, no hay plazos de entrega. (Si lo tienes, ¡cúmplelo! A veces no hay nada como un plazo para estar motivados). En cualquier caso, ten en cuenta que quizás pases por una fase de cierta incertidumbre desde que leas una tarea hasta que desarrolles el resultado. Al principio es posible que no estés muy inspirado, hasta que veas un reflejo chulísimo en la pantalla del móvil y aproveches para capturarlo (véase «Apagado»). O puede que te estés mudando y el hecho de decidir dónde poner tu estudio se convierta en una obra en sí mismo (véase «Idea un estudio»). O quizás vas de visita a casa de tu tía y te da por desempolvar su colección de libros de cocina antiguos (véase «Libros ordenados»). O tal vez tengas que entretener a un niño (véase «Entramado de papel») o encontrar una forma de quedar con un amigo que vive lejos (véase «Nos vemos a mitad de camino»).

Lo que quiero decir es que estas tareas pueden ser parte de tu rutina. La idea no es hacerlas en un mundo paralelo y protegido donde el tiempo, las responsabilidades y los presupuestos no existen. Te animo a que sigas las pautas, pero también a desviarte y a adaptarlas a tus gustos. Este libro da voz a mucha gente, pero tú tienes que encontrar la tuya. En él, artistas con muchísimo talento comparten sus ideas y enfoques contigo

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