Tú también puedes

Carlota Corredera

Fragmento

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Nada más nacer, mi pediatra avisó a mis padres: «La niña va a ser grandota». No se equivocaba. Cuando tenía tan solo ocho años, ese mismo pediatra decidió ponerme a dieta. Su intención no era, obviamente, que adelgazase como un adulto. Su objetivo principal era que no siguiese ganando peso con la prodigiosa facilidad con que lo hacía. Para que mis padres tomasen aún más conciencia del problema, les alertó de que con el desarrollo que ya tenía, mi primera menstruación podía estar más próxima de lo esperado. Para mi pediatra era muy preocupante que me hiciese mujer con kilos de más porque sabía que desde ese momento a mi cuerpo le costaría un mayor esfuerzo perderlos, además de que aumentaban las probabilidades de padecer obesidad de adulta.

Esa visita médica me pilló por sorpresa. Aunque ya era consciente de ser la niña más grande y alta de mi clase, y de que por eso siempre me sentaban en la última fila de pupitres, no entendía qué relación tenía mi tamaño con lo que comía o, mejor dicho, con lo que comía y que tanto me gustaba. Mis padres se enfrentaron a partir de entonces a una dura batalla que les resultaba familiar. Mi madre llevaba desde la adolescencia lidiando con los kilos de más. La lotería genética decidió que de los tres hijos de mis padres solo yo, la mayor, la única niña, heredase esa tendencia a engordar. De hecho, las diferencias en la alimentación con mis hermanos serían uno de los mayores obstáculos de mi nueva vida. Por ejemplo, mientras ellos desayunaban cada día leche con cacao en polvo y un montón de ricas galletas, a mí me tocaba un aburrido vaso de leche desnatada con cereales en polvo junto a unas insípidas tostadas de pan integral con quesito descremado. Vamos, más o menos lo mismo que mi abuela Maruja. Qué alegría tan inmensa nada más despertar.

Así me subía al autobús rumbo al colegio Alborada. El primero de los cuatro trayectos diarios que me esperaban. Al entrar en clase, el profesor tomaba nota de qué alumnos querían bocadillo para el recreo. Le pasaban la lista al bar de al lado de la escuela, y de allí traían a cada aula los bocatas encargados antes de salir al patio. Recuerdo perfectamente el olor a chorizo, a queso, a jamón y a pan blanco fresco que emanaba de aquellas cestas. Mmm... En lugar de bocadillo yo tomaba alguna pieza de fruta u otra tostada de pan integral. Planazo. Por si esto fuera poco, durante el recreo los alumnos de octavo vendían todo tipo de dulces y chuches para recaudar fondos para el viaje de fin de curso. A cambio de 25 pesetas podías engullir una buena pieza de repostería casera variada. Se me hacía la boca agua solo de pensarlo, mientras masticaba mi fruta de temporada. Lo cierto es que no fue nada fácil cambiar de hábitos a esa edad. Sobre todo siendo la única que comía manzanas en el recreo.

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Esta foto está tomada en mi habitación de la calle Zamora, en la que me crié junto a mis padres y hermanos. Quedaba poco para cumplir mi primer año y mi tamaño ya no pasaba inadvertido, en especial en las piernas que, como se puede apreciar, ya eran por entonces regordetas. Tengo cara de acabar de despertar de la siesta. Fui un bebé muy feliz, alegre y extrovertida y, a partir del año, también una niña tragona.

En casa me acostumbré poco a poco a lo hervido frente a lo frito, a la plancha frente a lo empanado. Un suplicio, también para mis padres, que no alcanzo a imaginar lo que sufrieron por tener que decirme tantas y tantas veces: «No, Carla, tú no puedes comer eso». Recuerdo perfectamente que cada vez que íbamos de visita a alguna casa, en cuanto nuestro anfitrión nos preguntaba si queríamos comer algo, mi madre se apresuraba a contestar por mí: «No, muchas gracias, la niña no quiere tomar nada» o «No, muchas gracias, la niña ya ha merendado». Maldito pediatra, debí de pensar en algún momento, pero en realidad no sentía enfado o frustración por no poder comer lo mismo que mis hermanos, mis primos, mis amigos o mis compañeros del colegio. El sentimiento era más bien de tristeza, infelicidad por tener que renunciar a lo que tanto me gustaba, pena por no poder disfrutar de esos sabores, porque desde luego la comida ya era, siendo una niña, mi gran debilidad, mi talón de Aquiles.

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Durante mucho tiempo me horrorizó esta foto, ya que la consideraba una oda a mis redondeces tan precoces. A mis dos abuelas les fascinaba y tenían varias de esa sesión de fotos enmarcadas en sus casas. Aquí tengo unos tres años y recuerdo perfectamente cómo me apretaban las cintas de las zapatillas del disfraz de bailarina que mi tía Julita me puso para aquel Carnaval. Mis piernas no dejaban lugar a dudas: mi futura complexión pintaba contundente

La dieta de mi abuela

Según fui creciendo, me di cuenta poco a poco de lo importante que era mi peso para mi familia. No solo para mis padres, también para mis abuelas, tíos y primos. Muchas conversaciones giraban en torno al tema. Si había subido, por qué había subido. Si había bajado, por qué había bajado. Lo curioso era que casi todas esas charlas acerca de mi peso y mis kilos se mantenían alrededor de copiosas comilonas o abundantes merendolas. Y allí estaba yo. Escuchando a mi familia y a mis tripas. Sirva de ejemplo una anécdota que retrata muy bien las circunstancias. Mi adorada abuela Maruja, la madre de mi madre, que falleció hace siete años —cuánto te echo de menos, abueliña—, cada vez que me veía me daba un buen repaso ocular. Si en ese momento estaba más gordita, mientras me servía una buena bandeja llena de pescado frito, de rapantes,[1] el que más me gustaba, con sus patatas fritas y su ensalada para compensar, me decía: «Hay que cuidarse, neniña, hay que vigilar el peso, hay que hacer bien la dieta, aunque cueste». Y yo le contestaba: «Abuela, esta comida no es muy de dieta». Y Maruja sentenciaba: «En mi casa no, haces dieta fuera». Poco que añadir. Bueno, sí. Que de postre me ofrecía un trozo de su mítico bizcocho o un helado, por si me había quedado con hambre.

Los días en casa de mi abuela transcurrían felices al margen de mi régimen. Aunque mis jornadas favoritas, las que estaban marcadas con letras de oro en el calendario, eran los cumpleaños. Todos me venían bien. Los de la familia, los de los vecinos, los de mis compañeros del colegio... Creo que todavía sería capaz de recordar la fecha de nacimiento de los treinta alumnos de mi clase, con los que conviví de 1980 a 1988. Sus aniversarios eran días de saltarse la dieta. A lo grande. De salado y de dulce. Todo acompañado por bebidas muy carbonatadas y muy azucaradas, de naranja y de limón. Maravilloso. Y de colofón, tarta, ¡con lo que a mí me gustaba! Orgásmico. La resaca de los cumpleaños era dura. Entrar en vereda de nuevo, después de saborear los pecados del azúcar y la grasa, era complicado. También para mis padres. ¿Cómo explicarle a una niña golosa que lo importante era la salud, que todo era por mi bien? Me pongo, ahora que soy madre, en su piel y me emociono. Puro dolor. Puro amor.

De mi peso no solo se hablaba en mi familia y entorno más cercano. Por alguna extraña razón que se me escapa, en nuestra sociedad existe una

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