La fuerza de la quietud

Bob Roth

Fragmento

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INTRODUCCIÓN

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Imagínense a alguien que enseña meditación, y lo más probable es que no me parezca mucho a esa persona. Visto de traje con frecuencia, por ejemplo, y mi lugar de trabajo está en Midtown Manhattan. No soy nada New Age. Me considero un escéptico nato, y estoy aún más obsesionado con la ciencia de lo que lo estoy con el béisbol, que ya es decir. No me interesan las creencias pseudocientíficas. Mis amistades cuentan siempre el mismo chiste sobre mí: «¿Cómo puede un vegetariano ser tan de carne con patatas?». Me gustan las cosas sencillas, prácticas, y rigurosa e irrefutablemente lógicas.

Y durante más de cuarenta y cinco años he trabajado a jornada completa en la enseñanza de la técnica de la meditación trascendental (MT). Dicha técnica procede de la tradición de meditación continua más antigua del mundo. Su práctica no va asociada a ninguna filosofía, a ningún cambio en el estilo de vida, ni a ninguna religión. Durante más de cinco mil años, la técnica de la MT ha ido pasando de maestro a alumno, de manera individual: nunca en grupos, nunca mediante un libro. Hunde sus raíces en la antigua nobleza guerrera, cuando actuar por miedo o ira conducía al desastre y la derrota. Hoy en día está destinada a todos los que buscamos mayor equilibrio en la vida, así como más creatividad, mejor salud, menos estrés..., y la felicidad.

A lo largo de esos miles de años, la técnica de la MT se ha concentrado en dos periodos de veinte minutos: uno por la mañana, preferiblemente antes del desayuno; y otro a última hora de la tarde, preferiblemente antes de cenar. Esta meditación se aprende con un profesor cualificado en sesiones particulares. Ese maestro da al alumno un mantra personal —una palabra o un sonido que no tiene ningún significado— y le enseña cómo concentrarse en él adecuadamente, lo cual quiere decir con facilidad, sin esfuerzo y en silencio. Le enseña también que no hay por qué evitar los pensamientos, ni observar la respiración, ni controlar las sensaciones del cuerpo, ni visualizar nada. Tampoco es necesario sentarse de una manera determinada. Uno puede sentarse cómodamente en una silla en casa, en el trabajo, en un tren o en un avión, en el banco de un parque...; en pocas palabras, donde se esté cómodo. La sesión matinal activa el cerebro y proporciona energía y resistencia para que las exigencias y los retos del día no nos estresen. Luego se vuelve a meditar, preferiblemente a última hora de la tarde, antes de cenar, para empezar la siguiente parte del día como nuevos. Dos veces al día, la MT nos permite resetearnos.

He enseñado a meditar a muchos miles de personas. Entre mis alumnos hay líderes de empresas de la lista Fortune 100 y cajeros de pequeñas tiendas familiares. Unos van a universidades privadas, y otros, a escuelas públicas. Pueden ser cristianos, judíos, budistas, musulmanes e hindúes, o no practicar ninguna religión. Abarcan un espectro muy amplio que va desde atletas profesionales a personas que viven en centros de acogida. Sea quien sea la persona que tengo enfrente, ya se trate de un alto ejecutivo de una de las instituciones financieras más importantes del mundo, de una madre trabajadora soltera con dos niños pequeños en casa o de un veterano de guerra que no ha dormido más de dos horas diarias durante meses, todos tienen la misma mirada en los ojos cuando vienen a verme para hablar de meditación. Necesitan un cambio en su vida.

Hubo un tiempo en que me vi en una situación similar, y quizá era más escéptico que ninguno de ellos. En 1969 yo era un universitario con una sensación persistente de que tenía que haber algo más que pudiera hacer para ser más feliz, más útil y estar más sano. Conocía a mucha gente que se suponía que había conseguido todo lo necesario para sentirse así, y sin embargo se la veía agobiada, llena de preocupaciones y muy a menudo infeliz. Un amigo en quien confiaba, y que había observado mi creciente nivel de estrés debido a la presión académica, me sugirió que podía gustarme la meditación trascendental. Me mostré reacio. No me interesaba. La palabra meditación ni siquiera formaba parte de mi vocabulario. Era (y soy) una persona muy activa, práctica, realista. Mis planes consistían en estudiar Derecho con el fin de presentarme a un cargo público y, en última instancia, llegar a senador. Quería contribuir a cambiar el mundo. (Sí, entonces pensábamos en esas cosas). Sentarme a «meditar» no encajaba en mi visión de la vida.

Pero dormía mal y me flaqueaba la memoria, y valoraba la opinión de mi amigo, así que decidí que al menos probaría la MT. A pesar de la reticencia y el escepticismo iniciales, la experiencia me pareció extraordinaria, significativa, auténtica. Era asombrosamente fácil de hacer, enormemente relajante y a la vez increíblemente vigorizante, como nada que hubiera experimentado antes. De alguna manera supe desde el principio que quería enseñárselo a los demás; y, en particular, quería enseñárselo a niños de escuelas de barrios pobres. Unos años después, en enero de 1972, interrumpí mis estudios durante un semestre y me matriculé en un curso de posgrado de cinco meses de duración para la formación de profesorado de MT que impartía Maharishi Mahesh Yogi, físico de formación y el profesor de meditación más destacado de esa generación. Durante el curso, Maharishi y un equipo de neurocientíficos, médicos y psicólogos analizaron los conocimientos antiguos y modernos de la ciencia de la consciencia, así como el impacto del estrés y los traumas en el cerebro y el sistema nervioso. Aprendimos los mecanismos únicos de la práctica de la MT y el papel de esta meditación en el desarrollo de la creatividad y la inteligencia, al parecer ilimitadas, que alberga la mente humana, así como su capacidad para abordar muchos de los espinosos males de la sociedad. Y lo que es más importante, Maharishi nos instruyó en la técnica, sencilla pero precisa, de cómo enseñar individualmente a cualquier persona a trascender —a acceder sin esfuerzo a la profunda calma que hay en el interior de todo ser humano— con un programa diseñado específicamente para esa persona.

Desde que empezó a enseñar MT en 1958, Maharishi se centró en la investigación y la comprensión de la ciencia de la meditación trascendental. Desafió a doctores de Harvard, de la UCLA y otras facultades de Medicina a que estudiaran los cambios neurofisiológicos durante y después de la técnica. Los resultados son meridianamente claros hoy. Desde entonces, más de cuatrocientos estudios científicos han demostrado los múltiples beneficios de la técnica de la MT en la mejora del funcionamiento cerebral y cognitivo, la salud cardiovascular y el bienestar emocional. Dichos estudios se han publicado en destacadas revistas científicas con procesos de evaluación externos, como la JAMA Internal Medicine, de la Asociación Médica Estadounidense, y Stroke e Hypertension, de la Asociación Estadounidense del Corazón, entre otras. (Evidentemente, es muy importante que esos trabajos de investigación se validen. El arbitraje médico supone que unos expertos evalúan la credibilidad del estudio, y garantizan que los profesionales clínicos que participan en ese estudio cumplen los protocolos de calidad establecidos). Los Institutos Nacionales de la Salud estadounidenses han proporcionado decenas de millones de dólares

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