La importancia de no hacer nada

Celeste Headlee

Fragmento

La importancia de no hacer nada

INTRODUCCIÓN

Se dirá que mientras que un poco de ocio es agradable, los hombres no sabrían cómo llenar sus días si sólo tuvieran cuatro horas de trabajo de las 24 que dura el día. En tanto que así es el mundo moderno, es una condena de nuestra civilización; no habría sido así en ningún periodo anterior. Antaño había una capacidad de alegría y juego que hasta cierto punto ha sido inhibida por el culto a la eficiencia. El hombre moderno piensa que todo debe ser hecho en aras de algo más, y nunca de sí mismo.

BERTRAND RUSSELL,
In Praise of Idleness, 1932

Respondemos los correos electrónicos del trabajo el domingo por la noche. Leemos artículos interminables que hablan sobre cómo lograr que nuestro cerebro sea más productivo. Recortamos nuestras fotos y usamos filtros antes de publicarlas en las redes sociales para obtener aprobación de los demás. Leemos sólo los dos primeros párrafos de los artículos que nos parecen interesantes porque no tenemos tiempo de leerlos completos. Trabajamos demasiado y estamos estresados en extremo, constantemente insatisfechos y buscando alcanzar un nivel que cada vez es más alto. Somos miembros del culto a la eficiencia y nos estamos matando con la productividad.

La cita al inicio de esta introducción fue escrita en 1932, poco después de la caída del mercado de valores de 1929 que provocó la Gran Depresión. La descripción que Russell hace del “culto a la eficiencia” es anterior a la Segunda Guerra Mundial, el surgimiento del rock, el movimiento de los derechos civiles y los albores del siglo XXI. Y todavía más importante: fue escrita antes de la creación de internet, los teléfonos inteligentes y las redes sociales.

En otras palabras, la tecnología no creó este culto: tan sólo se añadió al culto existente. Por generaciones nos hemos vuelto miserables al trabajar con frenesí. Nos hemos impulsado hacia el trabajo desde hace tanto tiempo que olvidamos hacia dónde vamos y perdimos la capacidad para la “alegría y el juego”.

El resultado: estamos solos, enfermos y con tendencias suicidas. Cada año surge una nueva encuesta que muestra que, en comparación con el año anterior, hay más personas aisladas y deprimidas. Es momento de dejar de ver cómo esta tendencia se mueve en la dirección errónea mientras nos hundimos en la desesperación. Es momento de descubrir lo que no está funcionando.

Toda mi vida he sido determinada. Esta palabra se ha usado para describirme desde que estaba en la primaria.

Decir que alguien es determinado no siempre es un cumplido, sobre todo cuando se usa para describir a una mujer. No es lo mismo que ambicioso y tiene un significado un poco distinto que agresivo. Con honestidad, pienso que determinada me va bastante bien. Yo veía todo progreso como algo inherentemente virtuoso y claramente bueno.

Incluso cuando era niña, en mi agenda hacía largas listas de cosas que hacer (tenía una agenda a la tierna edad de 12 años) y me aseguraba de terminar más tareas de las que me proponía para cada día. Cuando estaba a dieta me motivaba diciendo que pesaría menos mañana que hoy, aunque sólo fuera por unos pocos gramos. Si pasaba una tarde viendo películas de monstruos en la televisión me sentía culpable. Me aterrorizaba que alguien pudiera verme sentada ociosamente en el sillón y me dijera que era floja.

Mi determinación me ha ayudado a tener éxito en la vida. Me sostuvo a lo largo de mi maternidad como madre soltera, cuando sufrí despidos y cuando tuve lesiones físicas. Me he empu­jado a mí misma para lograr realizar increíbles cantidades de trabajo, tanto en el hogar como en mi carrera. Pero en cierto momento de mi vida la determinación se entrelazó inextricablemente con el temor: miedo a que todo mi trabajo y mi esfuerzo nunca fueran suficientes.

Al final tuve suerte. Para cuando llegué a mis 40 ya había logrado mucho de lo que quería, y entonces tuve tiempo para detenerme, tomar un respiro y reexaminar mi forma de vida. Aunque siempre había sido determinada, también había vivido exhausta, estresada y abrumada. Asumí que el agotamiento era un efecto secundario natural por ser una madre soltera con múltiples trabajos y sin el dinero suficiente para cubrir todos mis gastos. En el fondo, suponía que cuando alcanzara la estabilidad financiera mi estrés terminaría.

Esa suposición, al igual que muchas otras, estaba equivocada. Al final, mi momento largamente soñado llegó hace unos años: logré un nivel de estabilidad con el que debí sentirme más cómoda y liquidé todos mis préstamos universitarios (¡por fin!). De hecho, pagué todas mis deudas. Incluso tenía una cantidad respetable de ahorros y una cuenta para el retiro. Anhelaba tener noches de relajación y alivio. Esperaba sentir una mejoría en mi ánimo, una disminución del estrés que había sufrido durante dos décadas, pero ese alivio nunca llegó.

Mi agenda (todavía era una agenda escolar de papel) estaba repleta de tareas, al igual que antes de pagar todas mis deudas, si no es que más. Con un solo trabajo, mi carga de trabajo era igual pesada que cuando tenía cuatro. En las noches me sentía rendida y exhausta como siempre.

Me di cuenta de que mis circunstancias no eran las que me causaban estrés, sino mis hábitos. Aunque mi lista de deberes se acortó en la oficina, encontré nuevas tareas para llenar el espacio vacío y agendé más reuniones. En casa, decidí que por fin tenía tiempo para hacer mi propio pan y aprender español. En vez de cocinar las recetas infalibles de mi recetario, busqué en internet recetas de platillos nuevos y exóticos en las que tan sólo para comprar todos los ingredientes se necesitaba una hora. Accedí a colaborar en dos consejos consultivos y decidí empezar a escribir un blog. Y el viernes por la noche de cada semana me colapsaba en mi sillón y pensaba que antes veía a mis amigos para tomar algo, pero ya no tenía tiempo para eso. Tenía que plantearme preguntas duras.

¿Por qué? ¿Por qué hago esto? ¿Por qué hacemos esto?

A lo largo de los últimos años he buscado la respuesta. Leer el ensayo de más de 80 años de antigüedad de Bertrand Russell me dio un destello de lucidez. Me di cuenta de que rara vez hice cosas por querer hacerlas, sino que las hice para mejorar constantemente y ser productiva. A muchos nos ha atraído el culto a la eficiencia. Tenemos determinación, pero hace mucho perdimos de vista la meta de esa determinación. Juzgamos nuestros días por qué tan eficientes son, y no por lo gratificantes.

Buscamos el mejor método para hacer todo, desde tener reuniones hasta hacer ejercicio y organizar comidas con amigos, y nos seducen las “mejores y últimas herramientas” para mejorar nuestra vida. Somos como mecánicos que construyen un automóvil ensamblando las partes de primera línea, enfocados sólo en encontrar lo mejor de todo y sin pensar si las partes funcionan bien juntas.

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