Tú eres lo único que falta en tu vida. Libérate del ego a través del Eneagrama

Borja Vilaseca

Fragmento

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I

Mi relación de amor

con el Eneagrama

Sin afán de parecer otro fanático más, confieso que mi vida se divide en dos periodos: antes y después del «Eneagrama», siendo 2005 el año que marcaría este gran punto de inflexión. Tenía veinticuatro años cuando oí por primera vez esta palabreja. La hermana de un amigo mío me explicó entusiasmada que se trataba de una herramienta de autoconocimiento muy útil para liberarse del «ego». Dado que no sabía de qué me estaba hablando, me la quedé mirando con escepticismo. Y seguidamente me enseñó el libro En tu centro: el Eneagrama, de Maite Melendo, en cuya portada aparecía el dibujo de nueve puntas.

Lo primero que pensé fue que debía de tratarse de algo esotérico y sectario. Además, cualquier enseñanza que oliera a incienso la metía en el cajón de la autoayuda y la pseudociencia. Y no era para menos. Debido al modo en el que había interpretado y procesado una serie de acontecimientos traumáticos que sucedieron durante mi infancia, mi existencia se había convertido en un infierno emocional. Llevaba inmerso en mi particular noche oscura del alma desde los diecinueve años, llegando incluso a pensar seriamente en la posibilidad de suicidarme.

Sin embargo, debido a mi arrogancia me había negado a ir al psicólogo. Y debido a mi orgullo había decidido no tomar ningún antidepresivo. Estaba tan enfadado con el mundo de los adultos que no quería saber nada de ellos. Así es como opté por iniciar una búsqueda filosófica autodidacta para encontrar el sentido de mi sufrimiento. De la noche a la mañana rompí radicalmente con mi entorno social y me puse a engullir sesudos ensayos existencialistas como un poseso. Pero por más conocimiento que acumulara mi mente, mi corazón se ahogaba en un turbulento mar de emociones protagonizado por el vacío, la angustia, la ansiedad, la ira, la melancolía y la depresión...

A pesar del rechazo inicial que me generó ver el símbolo del Eneagrama, era tal mi desesperación que fui corriendo a una librería, la cual estaba a punto de cerrar. Y nada más llegar pregunté extenuado a uno de los dependientes: «¿La sección de autoayuda, por favor?». Reconozco que me dio muchísima vergüenza que me vieran merodeando por ahí. Por dentro me sentía perdido y fracasado. Si a día de hoy el autoconocimiento sigue estando estigmatizado por los prejuicios que tiene la inmensa mayoría, hace veinte años la situación era mucho peor.

Reconozco que al ir a pagar el libro le pedí a la cajera que por favor lo envolviera para regalo. Y sin poder mirarle a los ojos le mentí, diciéndole que era para el cumpleaños de un amigo muy hierbas... Esa misma noche comencé a leerlo con mucha atención y detenimiento. Y desde sus primeras páginas tuve la certeza de que por fin había encontrado algo que de verdad podía ayudarme a salir del agujero negro en el que yo mismo me había metido. De hecho, un escalofrío muy intenso recorrió todo mi cuerpo cuando leí acerca del eneatipo 1. Lo subrayé entero. Me sentí observado y desnudo emocionalmente. ¿Cómo podía describir tan acertadamente la raíz de mis problemas, conflictos y perturbaciones? No lo dudé ni un instante: al día siguiente me apunté al curso de fin de semana que aquella autora impartía en Madrid un par de meses más tarde.

Los tullidos de la sociedad

Nada más comenzar el seminario observé que era el más joven de los veinticinco alumnos que nos encontrábamos en aquella sala. La mayoría me doblaba la edad. Se notaba que estaban en plena crisis de los cuarenta: en el ambiente se respiraba cierto aroma a frustración, dolor y tristeza. Durante la ronda de presentaciones constaté que cada participante estaba más hecho polvo que el anterior. Por la forma en la que compartían sus respectivas historias de vida, enseguida verifiqué que nos habíamos juntado los tullidos emocionales de la sociedad.

Seguidamente, la profesora nos pidió que escribiéramos en una pegatina nuestro nombre y el número del eneatipo con el que más nos identificábamos. Luego nos invitó a que nos la pegáramos en el pecho de tal forma que el resto del grupo pudiera verla. Y eso hicimos todos, a excepción de uno de los participantes, que se sentaba justo delante de mí. Si bien había escrito dicha información, se había negado a ponerla a la vista de los demás. Fui el único que reparó en ello. Y la clase continuó como si nada.

Para que te hagas una idea de lo descentrado que estaba en aquella época, el hecho de que aquel hombre no se hubiera puesto la etiqueta empezó a causarme una cierta dosis de inquietud y malestar. Me pasé varios minutos perturbándome a mí mismo pensando en lo insolidario que aquel alumno estaba siendo para con el resto. Estaba tan identificado con el ego que me era imposible pensar en otra cosa.

Esta es la razón por la que levanté la mano con furia, interpelando con mi mirada llena de fuego a la profesora, quien se sintió algo forzada a interrumpir súbitamente su discurso para atenderme. Los demás compañeros se giraron hacia mí con cierta expectación, pues en aquel momento no venía a cuento hacer ninguna pregunta. Y con un tono lleno de en­fado le increpé a aquel hombre: «Sé que es el ego hablando a través de mí, pero ¿puedes por favor ponerte la pegatina para que todos podamos verla?». Asustado, no tardó ni un segundo en enganchársela. Y el silencio inundó por momentos toda la estancia. Fue entonces cuando tomé consciencia de que el más atormentado de la sala era yo...

Mi primer orgasmo emocional

Aquel taller de fin de semana significó el inicio de mi sanación y transformación. Y es que ningún libro puede causar tanto impacto como un curso presencial. Cuando la profesora explicó el eneatipo 1 experimenté mi primer «orgasmo emocional». Algo dentro de mí hizo clic y nada volvió a ser igual en mi vida. Me di cuenta de lo ignorante e inconsciente que era y de lo profundamente equivocado que estaba. Lo sentí como una dolorosísima pero necesaria bofetada en toda la cara.

Aquella noche apenas dormí un par de horas. Por primera vez vislumbraba una tímida y diminuta luz al final de mi túnel. Y en mi rostro bañado de lágrimas se dibujó una enorme sonrisa. Al terminar el curso me despedí cariñosamente de Maite Melendo, quien me escribió la siguiente dedicatoria: «Adelante, que llegarás, pero no te exijas tanto». Fue tal el impacto que me causó el Eneagrama, que durante los meses siguientes regalé aquel libro a más de cincuenta personas. Quería que todo el mundo se conociera a sí mismo a través de este mapa de la personalidad. Sentía que debían hacerlo. Por eso no dudaba en pegarle la chapa a cualquiera que se cruzara por mi camino.

A su vez el Eneagrama fue la llave con la que abrí una puerta desde dentro, la cual me condujo hacia la espiritualidad laica. Fue entonces cuando empecé a practicar yoga, meditar, res­pirar conscientemente, comer más sano y, en definitiva, a leer sobre filosofía oriental. Y mientras buscaba en internet más información sobre los nueve

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