La magia de la persuasión

Pamela Jean Zetina

Fragmento

Título

1

LA MAGA DE LA
PERSUASIÓN:
PA SERVIRLE A USTÉ

Yo no quería escribir este libro

En serio. Tampoco quería dar cursos ni conferencias. No quería ser especialista en comunicación asertiva ni persuasión. No quería dar asesoría en comunicación estratégica ni entrenar oradores. Es más, no quería ir como invitada a programas de televisión y radio como especialista en el tema. Suena cool, ¿verdad? Pero yo no quería…

Yo quería ser maga…

Desde los siete años era fan de David Copperfield, sin duda uno de los ilusionistas más talentosos que han existido. La primera vez que vi su show en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México decidí que quería ser como él cuando creciera: una versión femenina y región 4 del maestro del ilusionismo. Estaba decidida. Quería dedicarme a reproducir por doquier la cara de sorpresa y desconcierto de cada persona de la audiencia que había dejado a un lado, por un par de horas, todo razonamiento científico para entregarse a la magia. Tan sólo durante dos horas lo que subía no tenía que bajar, la materia se creaba y destruía en lugar de transformarse, dos cuerpos podían ocupar el mismo espacio al mismo tiempo y no existían las leyes de la gravedad. ¿Así o más maravilloso?

Hubieran visto la cara de mis papás cuando se los comuniqué con tanta formalidad, como si hubiera tomado la decisión más importante de mi vida… y en parte lo era.

Ellos pensaron lo que todo padre pensaría de una niña de siete años que comunica algo similar: “Ya se le pasará…”, pero como me vieron tan entusiasmada y decidida optaron por apoyarme y ayudarme a conseguir los mejores trucos de magia para que yo pudiera, por lo menos, entretenerme. Pasé horas encerrada en mi cuarto, sentada en la alfombra con Toto (una french poodle color negro que era mi fiel compañera) y un par de ratoncitos chinos que subían y bajaban por mi pierna, mientras yo me concentraba tratando de que mis pequeñas manitas hicieran lo imposible para lograr desarrollar la habilidad de la prestidigitación. (¡¿La presti… qué?! No comas ansias, ya te chismearé más adelante sobre cómo desarrollar esta habilidad para convertirte en un comunicador persuasivo.)

La maga precoz

¡Era imparable! Todos estaban atentos a mis shows de magia en cada comida familiar, y yo siempre en primera fila cuando algún mago famoso venía a México, hasta tuve la oportunidad de ir a ver a Copperfield y a Siegfried & Roy a Las Vegas. Y a los nueve años hice una gira para que el mundo conociera mis talentos… ejem… bueno, exageré un poquitín, pero es que ir al Ajusco —del ooootro lado de la ciudad— a hacer un show de magia en la fiesta de cumpleaños de mis primos chiquitos, frente a más de 40 niños de todas las edades… honestamente ya me parecía un evento internacional (si vives o has viajado a la Ciudad de México, puedes constatarlo).

Guardaba todos mis trucos, compuestos por cientos de piezas pequeñitas, en una maleta roja de Hello Kitty. Un día se perdió. Y yo… yo lloré y lloré y lloré, noche tras noche, caray, noche tras noche (igualito que Juan Gabriel). La verdad, me frustré. Volver a conseguirlos todos, después de haber invertido tanto tiempo y dinero en ellos, sería imposible. Entonces, ¿qué pasó con la entusiasmada maga precoz? Pues ante la frustración decidió que por el momento México tenía suficiente con el mago Frank y su conejo Blas. Ahí acabó mi carrera como maga. O al menos como el tipo de maga que pensaba en ese entonces que quería ser. Hoy me doy cuenta de que había malentendido el tipo de magia que estaba destinada a hacer.

Pero mi público conocedor —mi familia— seguía cautivo y expectante. No podía abandonarlos, dejarlos así, por Dios, ¿quién?, ¡¿quién los entretendría los sábados?! Para eso estaba yo.

Y por otro lado, tenía mucha energía y cero hermanos, así que mis papás decidieron meterme a clases de… pues de todo lo que se pudiera. Así que aprendí a tocar el piano, me convertí en bailarina de ballet clásico (actividad que realicé durante 12 años), en bailarina de jazz, en la bala veloz de un equipo de futbol, en poetisa y en una romántica escritora… de 10 años. Mi mamá quería que yo creciera como una mujercita culta y preparada, y eso, aunado a su propia pasión por el arte, la motivó a llevarme a todos los conciertos y obras de teatro que se pudiera. Eso me llevó a volverme loca por la música y a descubrir un nuevo tipo de magia que me tenía cautivada: la magia del espectáculo.

—Mamá, ¿sabes qué quiero hacer en la vida? Quiero descubrir la magia que ocurre detrás de las cortinas de la realidad.

Mi mamá escuchó la frase y se quedó estupefacta (dejaré este término dominguero por aquí para que te sorprendas con mi amplitud de vocabulario). Probablemente pensó: “Mi hija va a ser una gurú espiritual, es la elegida…”. Después descubrió que me refería literalmente a lo que ocurre detrás de los telones del teatro, de los auditorios, detrás de una película o programa de TV, detrás de los grandes espectáculos.

—Mamá, cuando sea grande quiero ser conductora (presentadora) y productora de TV, actriz de teatro musical y comediante.

(Es probable que a estas alturas estés pensando: “¿Y esto a mí qué?, si quisiera conocer tu biografía la buscaría en Wikipedia o en un documental de History Channel”. Bueno, pues, el problema es que esta historia aún no está ni en la red ni en ningún documental, y sí es MUY importante porque te ayudará a descubrir de dónde vienen muchos de los conceptos que voy a compartirte y te ayudará a comprender la relevancia que han tenido en cada faceta de mi vida y la que tendrán en cada faceta de la tuya. Así que relájate un ratito, imagínate que estás viendo una serie de Netflix, déjate llevar… los para qués quedarán resueltos cuando menos te des cuenta.)

Continuemos…

Nace una estrella

Siempre tuve cierto talento para las cámaras por una sencilla coincidencia: llegué a este mundo milagrosamente después de siete años de incansable insistencia de mis padres y, por ende, emocionados con su pequeño milagrito, decidieron documentar absolutamente TODO lo que hacía desde que nací, con cualquier tipo de aparato fotográfico y de video que tuvieran a la mano. Aunque no tengo hermanos, tengo muchos primos que desde chicos se divertían con mis ocurrencias, y desde entonces me convertí en directora y productora de mis talentosísimos consanguíneos para traer cada sábado o Navidad el show mágico-cómico-musical a la familia Zetina.

En donde había un escenario, una cámara o un micrófono, estaba yo. Como imán. Me sentía cómoda, estaba en mi hábitat natural. Al grado de que, a partir de los 10 años cuando hice mi primera comunión, me convertí en monaguillo para ayudar al padre todos los domingos en misa. Yo me sentía iluminada, casi poseída, cada vez que me hincaba junto al altar a tocar la campanita. Mis papás dicen que lo que me gustaba era el show

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