Libera tu magia

Elizabeth Gilbert

Fragmento

magia-6

 

TESOROS OCULTOS

Érase una vez un hombre llamado Jack Gilbert que no era pariente mío..., por desgracia para mí.

Jack Gilbert fue un gran poeta, pero si nunca has oído hablar de él, no te preocupes. No es culpa tuya. Nunca le preocupó demasiado ser conocido. Pero yo sí supe de su existencia y lo quise mucho desde una distancia respetuosa, así que déjame que te hable de él.

Jack Gilbert nació en Pittsburgh en 1925 y creció rodeado del humo, el ruido y las fábricas de esa ciudad. De joven trabajó en fábricas y acererías, pero muy pronto sintió la llamada de la poesía. Acudió a ella sin dudarlo. Se hizo poeta de la misma manera en que otros se hacen monjes: como una práctica devota, como un acto de amor y un compromiso de por vida con la búsqueda de la gracia y la trascendencia. Creo que esta es, probablemente, una excelente manera de convertirse en poeta. En realidad, de convertirse en cualquier cosa que conquiste tu corazón y te haga sentir vivo.

Jack podría haber sido famoso, pero no le interesaba. Tenía el talento y el carisma necesarios para la fama, pero no el interés. Su primer libro de poemas, publicado en 1962, obtuvo el prestigioso premio Yale Younger Poets y fue nominado al Pulitzer. Pero lo más importante es que conquistó a lectores y críticos por igual, una hazaña nada fácil para un poeta en el mundo moderno. Había algo en él que atraía a las personas y las cautivaba. Encima de un escenario era guapo, apasionado, sexi y brillante. Era un imán para las mujeres y un ídolo para los hombres. La revista Vogue le hizo un reportaje fotográfico con aspecto arrebatador y romántico. La gente estaba loca por él. Podría haber sido una estrella del rock.

En lugar de eso, desapareció. No quería que el alboroto lo distrajera. Años más tarde dijo que su fama le había resultado aburrida, no porque fuera algo inmoral o corruptor, sino simplemente porque era lo mismo todos los días. Buscaba algo más enriquecedor, más complejo, más variado. Así que lo dejó. Se fue a Europa y se quedó allí veinte años. Vivió una temporada en Italia y una temporada en Dinamarca, pero casi todo el tiempo lo pasó en una choza de pastor en lo alto de una montaña en Grecia. Desde allí contempló los misterios eternos, observó cómo cambiaba la luz y escribió sus poemas en privado. Vivió historias de amor, obstáculos, victorias. Era feliz. Se las arreglaba para ganar un sustento haciendo esto y lo otro. Necesitaba poco. Dejó que su nombre cayera en el olvido.

Pasadas dos décadas, Jack Gilbert reapareció y publicó un nuevo poemario. El mundo literario volvió a enamorarse de él. De nuevo, podría haberse hecho famoso. De nuevo, desapareció..., esta vez durante diez años. Este sería siempre su patrón: aislamiento seguido de la publicación de algo sublime seguida de más aislamiento. Era como una orquídea rara que florece cada muchos años. Nunca se promocionó a sí mismo ni siquiera mínimamente. (En una de las escasas entrevistas que concedió le preguntaron cómo creía que había afectado su distanciamiento del mundo editorial a su carrera literaria. Se rio y dijo: «Supongo que ha sido funesto»).

La única razón por la que sé quién fue Jack Gilbert es que, ya a edad avanzada, volvió a Estados Unidos y —por motivos que siempre ignoraré— aceptó un puesto de profesor interino en el departamento de escritura creativa de la Universidad de Tennessee, Knoxsville. Al año siguiente, 2005, resultó que yo tuve exactamente el mismo trabajo (puesto al que por el campus empezaron a llamar, en broma, «la cátedra Gilbert»). Encontré los libros de Jack Gilbert en mi despacho, el mismo que había sido suyo. Era casi como si la habitación conservara el calor de su presencia. Leí sus poemas y me conquistaron su grandeza y lo mucho que me recordaba su escritura a la de Whitman. («Tenemos que arriesgarnos al deleite», escribió. «Debemos obstinarnos en gozar en esta incineradora despiadada que es el mundo»).

Teníamos el mismo apellido, habíamos tenido el mismo puesto de trabajo, ocupado el mismo despacho, habíamos tenido muchos alumnos comunes y ahora me había enamorado de sus palabras. Como es natural, empecé a sentir una gran curiosidad por él. Empecé a preguntar por ahí: ¿Quién era Jack Gilbert?

Los alumnos me dijeron que era el hombre más extraordinario que habían conocido. Que no parecía de este mundo, dijeron. Que daba la impresión de vivir en un estado de perpetuo asombro y que los animaba a hacer lo mismo. No les enseñó tanto cómo escribir poesía, dijeron, sino por qué: por deleite. Por gozo obstinado. Les dijo que debían vivir sus vidas de la forma más creativa posible y resistirse así a la incineradora despiadada que es el mundo.

Pero sobre todo les pedía a sus alumnos que fueran valerosos. Sin valor, les enseñaba, nunca serían capaces de desarrollar sus habilidades al máximo. Sin valor no llegarían a conocer el mundo con la profundidad con que este ansía ser conocido. Sin valor sus vidas seguirían siendo pequeñas, mucho más pequeñas probablemente de lo que querían.

No llegué a conocer a Jack Gilbert, que ya no está con nosotros: murió en 2012. Podría haberme propuesto buscarlo y conocerlo mientras seguía vivo, pero lo cierto es que no quise. (La experiencia me ha enseñado a ser cauta a la hora de conocer a mis héroes en persona; puede ser muy decepcionante). En cualquier caso, me gustaba la manera en que vivía en mi imaginación como una presencia inmensa y poderosa, basada en sus poemas y en las historias que había oído sobre él. Así que decidí conocerlo solo de esa manera, a través de mi imaginación. Y ahí es donde continúa hoy: vivo en mi pensamiento, completamente interiorizado, casi como si lo hubiera soñado.

Pero nunca olvidaré lo que el verdadero Jack Gilbert le dijo a otra persona, alguien de carne y hueso, una tímida estudiante de la Universidad de Tennessee. Esta joven me contó que una tarde, después de su clase de poesía, Gilbert había hecho un aparte con ella. Alabó su trabajo y a continuación le preguntó qué quería hacer con el resto de su vida. Vacilante, la chica admitió que estaba pensando en ser escritora.

Gilbert sonrió a la chica con simpatía infinita y preguntó: «¿Tienes el valor? ¿Tienes el valor de sacar esa obra que llevas dentro? Los tesoros que están escondidos en tu interior confían en que digas que sí».

VIVIR CREATIVAMENTE. DEFINICIÓN

Esta es, en mi opinión, la cuestión central alrededor de la que está articulada toda existencia creativa: «¿Tienes el valor de sacar los tesoros escondidos en tu interior?».

Mira, yo no sé qué tienes tú escondido en tu interior. No tengo manera de saberlo. Es posible que ni tú mismo lo sepas, aunque sospecho que algún atisbo has tenido. No conozco tus habilidades, tus aspiraciones, tus anhelos, tus talentos ocultos. Pero sin duda albergas algo maravilloso en tu interior. Esto lo digo convencida porque, en mi opinión, todos somos portadores de tesoros enterrados. Creo que esta es una de las bromas más antiguas y generosas que le gasta el universo a los seres humanos, y lo hace tanto por su propia diversión como por la nuestra: el universo entierra joyas inesperadas dentro de todos nosotros y luego da un paso atrás y espera a ver si las encontramos.

La búsqueda para desenterrar esas joyas: eso es vivir creativamente.

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