Los caminos que nos unen

Diego Salas Quirante

Fragmento

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Los caminos que nos unen

Primera edición: 2021

ISBN: 9788418548994
ISBN eBook: 9788418665417

© del texto:

Diego Salas Quirante

© de la ilustración de cubierta:

Ignacio Nava Laiz

© del diseño de esta edición:

Penguin Random House Grupo Editorial
(Caligrama, 2021

www.caligramaeditorial.com

info@caligramaeditorial.com)

Impreso en España – Printed in Spain

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A mis hijos, Mario, Esther y César.

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Capitulo l
El ático

Entramos en el portal de la vieja vivienda, la fatigada maquinaria del molino de agua colindante nos recibía en un atronador abrazo, el ritmo atípico de sus estiradas poleas acompañaba el compacto sonido del agua.

A nuestra izquierda, unas desgastadas escaleras de madera nos esperaban, sus secos y desbarnizados peldaños crujían al tiempo que posábamos nuestros pies en ellos, posiblemente gemían entre ellos. Quique, que conocía bien esta vivienda, me comentaba que estos maderos se habían quejado toda la vida. A mí me vino a la memoria el último cuento que mi abuela me contó sobre vampiros en un decrépito castillo. Pero me mordí la lengua y seguí a mis compañeros de aventura, no habíamos llegado al primer rellano cuando algo pasó entre mis pies, sentí el roce del viento al mismo tiempo que mi mirada buscaba, ágil y ligera, el sujeto activo de aquella acción; sí, era una enorme rata, hasta ese mismo día yo no había visto un ejemplar tan enorme, aunque en esos años era bastante normal tener esos inquilinos en las viviendas, sobre todo, ratones. Alcé la mirada para seguir el chirrido que entre el sonoro ambiente se dejaba oír, una hermandad de enormes roedores, al menos seis, nos contemplaban desde el corredor del primer piso, sacaban sus bigotes entre los barrotes de la descolorida baranda de madera. No daba crédito, mis piernas temblaban, al mismo tiempo que mi corazón quedaba paralizado; quería salir corriendo, pero mi amigo Quique, que vivía en este edificio desde hacía unos cuantos años, me agarró del brazo.

—No te preocupes, no hacen nada —me comentó en voz alta y autoritaria, casi imperativa.

Así que continuamos subiendo las escaleras haciendo de tripas corazón. Nada hay en el mundo más repugnante que una rata, esta situación para mí no era nada agradable. Tomé los libros de matemáticas y lengua que todavía llevaba tras salir del instituto y los coloqué en mis manos, en posición de ataque, avancé con los dientes apretados entre sí, la boca abierta, con los labios tensos, para dar la imagen de fortaleza y rabia. Las ratas retrocedían, se entrecruzaban, chirriaban y saltaban, no es una imagen que pueda olvidar fácilmente.

Llegamos a la tercera y última planta, nos apoyamos sobre el barandal para observar lo andado, echamos un vistazo de corrida a todos y cada uno de los peldaños, al igual que a los rellanos que quedaban a nuestro alcance, todo parecía vacío. Esta última planta albergaba dos pisos boardilla, uno a cada lado de la escalera, entre medias de las puertas, dos ventanas con marcos de madera, ambas estaban entreabiertas, se podía observar el moho en la umbría del tejado al que tenían acceso. Un gato negro, reposado al cubierto del alero, nos observaba con sus atentos ojos claros.

Ha llegado el momento.

Mis amigos Quique, Alberto y yo, Santi, habíamos decidido hacer una investigación en la casa del Sr. Mateo, viajante de ropa de hogar, o eso es lo que siempre decía al mostrar su tarjeta de visita, pero en realidad nadie podía asegurarlo. Quique, vecino de este señor, había detectado que los gatos habían sacado trapos al tejado desde la vivienda. Nos despertó una tremenda curiosidad, sobre todo, la posibilidad de indagar entre sus misteriosas pertenencias; era todo un enigma el contenido del interior de sus viajeras maletas. En realidad, hasta su propia sombra transmitía misterio.

—¿Por qué los gatos entran y salen tan fácil de su vivienda?, ¿y por qué roban los telares sin que nadie ponga remedio? —preguntaba Alberto al mismo tiempo que Quique y yo nos mirábamos pícaramente.

—¡Está decidido! Entraremos por la ventana de la azotea, por donde entran los gatos, ahí tenemos nuestro acceso —contestó Quique con tanta inmediatez y decisión que no dio lugar a posibles réplicas.

El plan y la estrategia que seguir los habíamos consensuado el día anterior en pocos minutos. Era fácil, Quique sabía que este señor pasaba largas temporadas sin asomar por casa, yendo de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, acarreando los muestrarios de todos los productos que intentaba vender. Al parecer, el negocio le había bajado notablemente, o eso transmitían sus viejos y gastados trajes. Teníamos muchas probabilidades de entrar en su vivienda sin su presencia.

—Mañana al salir de clase tenemos tiempo suficiente, antes de que la noche nos quiera dejar a oscuras —comenté. Los tres estuvimos de acuerdo, nada nos podía detener. Y así nos vimos en esta situación que estamos recordando.

Quique, el más atrevido y conocedor del inmueble, agarrado a la base de la ventana, dio un salto, puso su rodilla derecha junto a sus manos, en un visto y no visto estaba agachado ofreciendo su mano derecha para ayudarnos a subir. Alberto la agarró fuerte y subió de un solo salto, el uno por el otro me dejaron subir solo, no me costó demasiado, en un instante estábamos los tres sobre el corvo y húmedo tejado; la inseguridad me hizo tambalear, dando un paso atrás sin control, coloqué en mala posición mi dura bota la Cadena, rompiendo una teja, mi cuerpo perdió totalmente el equilibrio, cayendo en posaderas sobre el frío tejado. Las cuatro manos de mis compañeros estaban agarrándome inmediatamente, tras incorporarme de un salto escuchaba en un solo grito mi nombre: «¡Santi!». Mis dos amigos rompieron en risas, sus carcajadas convirtieron mi susto en una sorprendente risotada.

—Gracias, gracias —son las únicas palabras que pude emitir, aunque realmente no sé si solté un taco previamente.

Una panorámica preciosa; desde ese punto tan alto se pod

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