Mar de discordias

Carlos Rebel

Fragmento

mar_de_discordia_v1.3-4

Capítulo I
Fedora

Grandes Lagos

Lucas acababa de abandonar el internado religioso en el que había estado cinco años recluido. No soportaba la férrea disciplina y las mentiras religiosas y políticas con las que querían convertir al a los alumnos en dóciles creyentes sin pensamiento propio. La sede del citado centro estaba enclavada en Santa Cruz, capital provincial de ciento cuarenta mil habitantes. La pobreza y las escasas perspectivas de prosperar eran evidentes en cada rincón. Se vivía básicamente de la agricultura, de algunas pequeñas industrias y de una refinería de petróleos construida por los norteamericanos en los años veinte. Todo estaba controlado por un régimen caciquil, lacayo y vigilante del poder central, del cual, la opinión popular decía en voz baja, que aún seguían teniendo derecho de pernada.

La dureza del colegio le había marcado de manera significativa. Durante la etapa de alumno, se forjó un carácter inconformista y rebelde que ya le venía de pequeño. Tuvo que soportar misa de diario en estricto ayuno para poder comulgar, y por si no era suficiente la dosis de adoctrinamiento, los domingos y festivos tenía una a las ocho de la mañana, otra a las once, llamada misa solemne y por la tarde nos obsequiaban con la bendición, una especie de acción de gracias que se hacía también en la capilla del centro y que duraba medía hora. Existía un control exhaustivo sobre las actividades del alumnado, especialmente en materia religiosa. Los díscolos entre los que se encontraba Lucas, eran sometidos a un riguroso control sobre el tiempo que llevaban sin confesar y comulgar, siendo advertidos con castigos ejemplares si prolongaban demasiado la ausencia de la administración de los sacramentos. Estos castigos consistían en estar horas de rodillas y con los brazos en cruz, soportando varios libros en las palmas de ambas manos. Otro de los arrestos preferidos, consistía en poner al castigado detrás del telón o pantalla en la hora de la sesión de cine, que solía proyectarse los domingos por la noche en el patio principal. Era de los favoritos de los curas porque tenía un ligero toque de sadismo. Ellos sabían perfectamente que la proyección dominical era el acto lúdico preferido de los internos.

A lo largo del periodo de internamiento, fue testigo en la capilla del centro de cómo durante la celebración de la primera misa, muchos compañeros suyos caían desplomados por hambre o hipoglucemia. La escasa cantidad y calidad del menú diario del alumnado, pasaba factura a los niños más débiles, especialmente aquellos que nunca tenían visita de familiares que les ayudara a mitigar un poco el hambre con el paquete semanal de comida que les llevaban al resto del alumnado que si eran objetos de visita. Aprovechaban la hora del recreo para pasar y detenerse unos segundos delante del comedor de los curas para recrearse la vista y el olfato con las mesas de mantel blanco, vajilla de cristal y cubertería plateada, al mismo tiempo que aspiraban una mezcla de de aromas con sabor imaginario a manjares inalcanzables que salían de su interior. Hecho que contrastaba con la cubertería, renegrida por el tiempo y el rancio olor que despedía el comedor de los alumnos. Aunque poco tiempo después, por una gestión caritativa del gobernador civil del momento, se cambió por una de acero inoxidable y platos y vasos de cristal.

La imposición de estrictas normas, tanto religiosas como de orden interno, saturó la capacidad de aguante de Lucas, abocándole a tomar la decisión de darse de baja del centro por cuenta propia, es decir, fugándose. Una mañana y después de buscarle el descuido al portero del centro, quién controlaba con rigor policial las entradas y salidas de alumnos, se fugó con una bolsa de tela, especie de pequeño petate donde guardaba sus pocas pertenencias. Se llevó con él también, una serie de contradicciones que anidó en toda esa etapa de internado con respecto a la religión y a la conducta del ser humano frente a la sociedad y frente a sí mismo.

Vivía con su abuela y su madre en un barrio de la parte alta de la ciudad. Su padre había emigrado a Brasil a mitad de la década de los cincuenta y su madre trabajaba en una fábrica de papel. A mediados del año sesenta y seis, apareció de improviso en su casa con todas sus pertenencias, comunicándole a la familia que se había ido del colegio. Ambas mujeres se miraron confusas sin tener muy claro cómo debían de reaccionar. Tiraron de abanico y comenzaron a implorar al cielo para sobreponerse a la noticia. A continuación, le llovieron los reproches y amenazas, basadas en un porvenir obscuro que esperaría por no terminar de estudiar, o en las dificultades que tendría para conseguir trabajo. Pero en pocas semanas las aguas volvieron a su cauce y el trato y la relación se normalizaron.

De inmediato, su familia le instó a que tenía que ponerse a trabajar para cubrir sus gastos personales, y para ello, no tardaron en encontrarle un puesto en una fábrica de hielo cercana a su domicilio. Se trataba de ir con un repartidor que tenía un pequeño camión para entregar en domicilios particulares, bares, colmados y ventas de comestibles, unas enormes barras de hielo de unos veinte kilos, con las que enfriaban las neveras y sus productos, ya que las últimas técnicas de frío, o los tradicionales frigoríficos, en aquél entonces no estaban al alcance de todo el mundo. Su jefe muy astuto, solo repartía las medias barras en domicilios que le garantizaban la propina, mientras que a Lucas le tocaba llevar barras enteras a bares y pequeños negocios. Cuando lo hacía en la zona de las prostitutas, se sentía incómodo porque se dirigían él, invitándolo a entrar en sus casas, o bien, preguntándole directamente si era virgen. Era consciente de que en ese trabajo no iba a pasar de la semana. Le dijo al conductor del camión que el lunes siguiente no lo esperara, ya que había decidido no ir más a trabajar. Este no se lo tomó bien y amenazó con no pagarle los días trabajados, a lo que Lucas le contestó que se los regalaba. Cuando le comentó a su madre la decisión que había tomado, ésta se enfadó muchísimo porque la iba a dejar en mal lugar frente a la persona que había contactado y que le había conseguido el trabajo. Era muy frecuente en esa época oír la frase: «A ver si me colocas al muchacho que lo tengo en casa sin hacer nada». Esto suponía para el joven contratado, una hipoteca que permitía al patrón abusar de las condiciones laborales, impidiendo que el «colocado» pudiese defender sus derechos frente a la empresa a causa del compromiso contraído por su familia.

Varios meses después, a través de su tía, le dieron un puesto de aprendiz en una fábrica de papel. Las condiciones mejoraron notablemente. Le hicieron un contrato con salario de miseria, pero mucho mejor que el anterior, asignándole un horario que le permitía disponer de tiempo libre suficiente para gestionar sus planes de futuro.

Frecuentaba la zona baja de la ciudad, especialmente la que rodeaba el puerto de Santa Cruz de. Allí conoció a varios jóvenes con los que coincidía casi a diario, forjando un fuerte vínculo, ya que compartían objetivos e ilusiones comunes. Practicaban boxeo en un pequeño gimnasio que había en su calle. Llegó a federarse y hacer una primera pelea de la que dejó una buena impresión. Un conocido crítico de boxeo, decía

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