El buque fantasma (Archivos NUMA 12)

Clive Cussler

Fragmento

cap-1

PRÓLOGO: LA DESAPARICIÓN

Durban, Sudáfrica, 25 de julio de 1909

Viajaban hacia el vacío, o por lo menos eso le parecía al inspector jefe Robert Swan del Departamento de Policía de Durban.

En una noche sin luna, bajo un cielo oscuro como la tinta china, Swan iba de copiloto en la cabina de un camión que avanzaba con estruendo por un polvoriento camino rural al norte de Durban. Los faros del gran Packard arrojaban haces de luz amarilla que entre parpadeos y saltos hacían poco por alumbrar el camino que tenían por delante. Al escudriñar la oscuridad, Swan nunca llegaba a distinguir más de cuarenta metros de la calzada llena de surcos.

—¿Cuánto falta para esa granja? —preguntó, volviéndose hacia un hombre delgado y fibroso llamado Morris, que estaba encajonado entre él y el conductor.

Morris echó un vistazo al reloj, se inclinó hacia el lado del volante y miró el cuentakilómetros. Tras un cálculo mental, consultó el mapa que sostenía.

—Ya tiene que faltar poco, inspector. Diez minutos o menos, diría yo.

El inspector jefe asintió y se agarró al marco de la puerta mientras proseguía la accidentada travesía. El Packard, un Tres Toneladas recién llegado de Estados Unidos, era uno de los primeros automóviles propiedad del Departamento de Policía de Durban. Había salido del barco con la cabina y el parabrisas ya personalizados. Unos trabajadores del recién constituido parque móvil, en un alarde de iniciativa, habían construido un armazón para cubrir el remolque plano y habían tendido encima una lona, aunque nadie había hecho nada para que resultara el vehículo más cómodo.

Mientras el camión daba tumbos y sacudidas sobre los baches y rodadas del camino de carros, Swan decidió que hubiese preferido ir a caballo. Pero lo que perdía en comodidad la gran máquina, lo compensaba en capacidad de carga. Además de Swan, Morris y el conductor, en la parte trasera viajaban ocho policías.

Swan se asomó por la ventanilla y volvió la cabeza para mirar hacia atrás. Les seguían cuatro pares de faros. Tres coches y otro Packard. En total, Swan llevaba consigo a casi un cuarto del cuerpo de policía de Durban.

—¿Está seguro de que necesitamos a tantos hombres? —le preguntó Morris.

A lo mejor se había pasado un poco, pensó Swan. Pero claro, los delincuentes a los que buscaban —un grupo bautizado por la prensa como la Banda del Río Klaar— también eran un grupo numeroso. Los rumores hablaban de entre treinta y cuarenta personas, según a quién se creyera.

Aunque habían empezado como salteadores de caminos del montón, asaltando al prójimo y extorsionando a quienes intentaban ganarse la vida haciendo negocios honrados en el inhóspito veld, en los últimos seis meses se habían vuelto más taimados y violentos. Reducían a cenizas las granjas de quienes se negaban a pagar por su protección; mineros y viajeros desaparecían sin dejar rastro. La verdad salió a la luz cuando capturaron a varios miembros de la banda intentando atracar un banco. Los llevaron a Durban para interrogarles, pero fueron rescatados tras un atrevido ataque que dejó tres policías muertos y otros cuatro heridos.

Era una línea que Swan no pensaba permitirles cruzar.

—No me interesa una pelea justa —explicó—. ¿Tengo que recordarle lo que pasó hace dos días?

Morris sacudió la cabeza, y Swan dio unos golpecitos con los nudillos en la pared que separaba la cabina de la parte de atrás del camión. Se abrió un panel corredero y apareció la cara de un tipo fornido, que llenó casi por entero el ventanuco.

—¿Están listos los hombres? —preguntó Swan.

—Estamos listos, inspector.

—Bien —convino Swan—. Recuerden, esta noche no habrá prisioneros.

El hombre asintió para indicar que lo entendía, pero la frase hizo que Morris le mirase de reojo.

—¿Tiene algún problema? —le espetó Swan.

—No, señor —contestó Morris, devolviendo la atención a su mapa—. Es solo que… ya casi hemos llegado. Es al otro lado de esa colina.

Swan volvió a mirar hacia delante y respiró hondo, para prepararse. Casi al momento le llegó un olorcillo a humo. Tenía un aroma característico, como de hoguera.

El Packard remontó la colina al cabo de unos instantes, y la noche negra como el carbón quedó partida en dos por un incendio naranja desatado en mitad del campo que tenían debajo. La granja ardía de parte a parte, pasto de unas llamaradas que se arremolinaban en torno a ella y se elevaban hacia el firmamento.

—Joder —exclamó Swan.

Los vehículos descendieron del altozano a toda velocidad y se dispersaron. Los hombres salieron en tropel y tomaron posiciones alrededor de la casa.

Nadie les atacó. Nadie disparó.

Morris se acercó al edificio con un destacamento. Se aproximaron con el viento a la espalda y entraron raudos en la última sección del granero, que no había prendido. Rescataron varios caballos, pero los únicos bandoleros que encontraron ya estaban muertos. Varios de ellos estaban medio quemados, pero a otros sencillamente los habían matado a tiros.

No había ninguna esperanza de apagar el incendio. La madera antigua y la pintura al aceite chisporroteaban y ardían como la gasolina. Irradiaban tanto calor que los hombres de Swan pronto se vieron obligados a retroceder para no abrasarse.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Swan a su lugarteniente.

—Parece que se han matado entre ellos —dijo Morris.

Swan recapacitó sobre aquello. Antes de las detenciones en Durban, circulaban rumores que sugerían que la banda se estaba descomponiendo.

—¿Cuántos muertos?

—Hemos encontrado cinco. Algunos de los chicos creen que han visto dos más, dentro, pero no han podido llegar hasta ellos.

En ese momento sonaron unos disparos.

Swan y Morris se lanzaron detrás del Packard para protegerse. Después de ponerse a cubierto, varios de los agentes empezaron a responder al fuego, disparando unas cuantas veces contra el incendio.

El tiroteo continuó, con un compás extraño, entrecortado, aunque Swan no vio muestras de que ninguna bala impactara cerca de él.

—¡Alto el fuego! —gritó—. Y seguid a cubierto.

—Pero si nos están disparando —protestó uno de los hombres.

Swan sacudió la cabeza mientras continuaba el pim pam de los disparos.

—Solo es la munición, que se dispara sola por culpa del fuego.

La orden corrió a gritos de boca en boca. A pesar de sus propias instrucciones, Swan se levantó y se asomó por encima de la capota del camión.

Para entonces las llamas ya habían engullido la granja entera. Las vigas que aguantaban parecían la osamenta de un gigante en lo alto de una especie de pira funeraria nórdica. El fuego se ensortijaba a su alrededor y las atravesaba ardiendo con una extraña intensidad, blanco y naranja brillante con algún que otro destello de verde y azul. Parecía que el mismísimo infierno se hubiera levantado para consumir desde dentro a la banda y su escondrijo.

Mientras Swan observaba, se produjo una explosión enorme en el interior de la estructura que la hizo volar en pedazos. La onda expansiva tiró al suelo a Swan, que cayó de espaldas cuan largo era mientras fragmentos de cascotes repiqueteaban contra los costados del

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