El fútbol es mi rebeldía

Macarena Sánchez

Fragmento

l deporte siempre fue una parte importante en mi vida. Cuando era chica –y en realidad también durante la adolescencia– era hiperactiva, no podía quedarme un segundo quieta. Durante mis años de escuela, hice hockey, tenis, natación, básquet, atletismo, sóftbol, vóley, cestobol… ¡Probé casi todo! Lo que más me gustaba era el fútbol, pero nunca pude patear una pelota en la primaria a la que iba. Jugaba en los recreos, con una piedra o una tapita, pero jamás pude practicarlo en las clases de Educación Física porque era un deporte reservado para los varones. 

Tengo dos recuerdos muy claros de mis contactos iniciales con el fútbol. En el primero, estoy jugando en una plaza, a la vuelta del edificio donde vivimos con mi familia. No hay cancha, pero sí mucho espacio verde y en el medio las vías del tren, que son bastante molestas para jugar, aunque eso no nos importa demasiado. Uno de los arcos está armado con unos postes de fierro oxidado; el otro, lo improvisamos usando un palo borracho y un buzo o una remera. Ahí nos encontramos después del colegio con mi mejor amigo, que se llama Iván pero le decimos Cucu, y los otros chicos: Franco, Nano y Maxi. Soy la única nena, aunque a veces se prenden mi hermana Emilia o mi amiga Julieta. Ellas son medio pataduras. Yo no. Yo juego bien. Soy flaquita y veloz: saco ventaja, hago muchos goles. Cuando hacemos “pan y queso” para armar los equipos, a mí siempre me eligen primero. Nos quedamos jugando a la pelota hasta que baja el sol o hasta que mamá o papá nos vienen a buscar al grito de “¿cómo van a estar afuera toda la tarde?” o “¿ya hicieron la tarea?”.

El segundo recuerdo es en una cancha de verdad. Estoy sentada del lado de afuera, con la pelota en las manos, mirando a mi papá y su grupo de amigos que juegan un picadito, como todos los sábados. Los que estamos mirando somos dos: Cucu y yo. De pronto, el partido se detiene y los jugadores invitan a mi amigo a sumarse. Él entra a la cancha, yo sigo sentada mirando. Un rato después me pongo de pie, pero no para entrar a jugar sino porque me están picando las hormigas... 

Esos dos recuerdos resumen bastante bien lo que significaba hace no mucho tiempo ser una nena y querer jugar al fútbol. Por un lado, no tener un lugar para practicar, porque no había fútbol femenino en los clubes. Y por otro, que tampoco nos dejaran jugar con varones, como si a los 5, 7 o 10 años hubiera una gran diferencia física y como si esa diferencia fuese un motivo para que dos personas no pudieran practicar el mismo deporte.

Cuando era chica, lo único que quería hacer era jugar con una pelota, divertirme, estar con amigos y amigas, pasar el tiempo, competir, hacer goles, tirarme al piso, embarrarme y ensuciarme. Y lo hacía. Mis amigos varones no se preguntaban por qué yo estaba ahí, entre ellos. Me había ganado mi lugar igual que cualquier chico: jugando. Pero cuando volvía a casa y pasaba junto al grupo de pibes más grandes, ya adolescentes, que se juntaban en la puerta, escuchaba sus risas y sus comentarios. Eso me hacía sentir rara, diferente: yo no era una nena como las demás.

Pero ¿cómo se supone que debía ser? Desde muy chiquitas nos decían que había un montón de cosas que no podíamos hacer. Y una de ellas era jugar al fútbol. Siempre por los mismos motivos: miedo a que “la nena se lastime”, porque nos veían frágiles, incapaces de sobreponernos a un golpe o una caída; o por el rechazo a que hiciéramos algo que era considerado “de varón”. Si te gustaban las cosas que eran vistas como exclusivas de los varones te decían “machona” o “marimacho”. A mí me veían así, no solo porque jugaba a la pelota. También por mi forma de vestir. Me encantaban unos pantalones anchos, de rapera, que tenían un cierre a la altura de la rodilla para convertirlos en bermudas y las remeras amplias. No usaba vestidos, ni polleras, ni ropa color rosa.

Para mis cumpleaños, Navidad o Reyes me regalaban pelotas. No solo de fútbol, también de básquet, vóley o del deporte que fuera. Muchas pelotas. Las amaba. En las cenas de Nochebuena se juntaba toda la familia. Nosotros hacíamos lo que hacen todos los chicos y las chicas del mundo en todas las épocas: tratar de adivinar qué era y para quién cada uno de los regalos que se amontonaban debajo del arbolito. El mío era fácil porque se veía la forma: una pelota envuelta en papel brillante como un caramelo. También recibía autos y lanchas. Eso era lo que me gustaba. La única muñeca que recuerdo fue una Barbie sirena que le apretabas un botoncito en el pecho y decía algo. Mi abuela nos regaló una a cada hermana. Me duró intacta por años, porque no jugaba nunca con ella.

Lo mío eran claramente los deportes. Me dabas una pelota, un palo o lo que fuera y yo me sentía poderosa. Era buena en todos. Mientras jugaba desaparecían la inquietud y la inseguridad que me provocaba no ser como los demás esperaban que fuera y me sentía fuerte, cómoda, confiaba en mí.

Mi mamá y mi papá no intentaron cambiarme. Podía elegir mi ropa, mis juegos y mis amistades; respetaban mis elecciones, al igual que las de mis hermanas. Pero otros adultos, y también chicos y chicas, jóvenes y adolescentes, esperaban que yo fuera diferente. Sentía su mirada sobre mí, las expectativas acerca de lo que una nena debía ser. Me sentía un bicho raro.

Una vez, en una fiesta, quise complacerlos. Estaban los abuelos, los tíos, los primos. Por primera vez, me puse la ropa que los demás esperaban que usara: un conjunto naranja de pollera y musculosa, con volados. Ante la novedad, todos se mostraban contentos y querían sacarme fotos. Pero no me sentía bien: estaba incómoda. No era yo. Cuando bajé a la vereda, los pibes que siempre se reían de mí también se rieron esa vez. Seguramente se me notaba el esfuerzo por, al menos, parecer lo que todos querían que fuera.

¿TAN DIFÍCIL ERA QUE EL MUNDO ME ACEPTARA TAL COMO YO QUERÍA SER?

Las chicas que jugábamos al fútbol vivíamos una fuerte estigmatización.

ESTIGMATIZAR ES SEÑALAR NEGATIVAMENTE A UNA PERSONA POR SUS RASGOS, COMPORTAMIENTOS O ELECCIONES.

Pero paremos la pelota y pensemos más allá del fútbol.

¿Qué actitudes te hacen ser nena o nene?

¿Qué te hace ser “marimacho” o “machona”?

¿Por qué en la escuela siguen diferenciándonos para hacer deportes?

¿Jugar al fútbol te hace ser más nene? ¿Jugar a las muñecas te hace ser más nena?

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