Un torpe en un terremoto

Javier Rodríguez Marcos

Fragmento

1

La eternidad dura dos minutos

(Un niño en un terremoto)

Antes que el árbol

el pájaro adivina

el terremoto.

ANDREU VIDAL

El fin del mundo coincide a veces con el fin del verano. El 27 de febrero de 2010, Los Jaivas, un grupo de folclore-protesta-rock-sinfónico muy activo durante la dictadura de Pinochet, terminaron de tocar a las tres de la madrugada en el Estadio Atlético de Concepción. Era el colofón más épico posible para la Fiesta de Chile, uno de los tantos actos puestos en marcha para celebrar el bicentenario de la independencia de las repúblicas latinoamericanas. Era sábado. Se acababa el verano. El lunes empezaba el nuevo curso.

Carolina Roa y Enrique Águila venían del concierto y se acababan de meter en la cama cuando la casa de madera comenzó a agitarse como una batidora. Cogieron a sus cuatro hijos a oscuras (la luz tardaría seis días en volver), los calzaron para que no se cortaran con los vidrios rotos que alfombraban la casa y, sorteando los muebles caídos que les cerraban el paso, salieron a la calle. Desde allí se veía el campus de la universidad, la Facultad de Química estaba en llamas. Los depósitos de nitrógeno de los laboratorios habían comenzado a arder.

Al instante apareció Fernando, «Feño», hermano de Carolina, que había hecho de canguro esa noche. «La casa parecía un barco en alta mar —recuerda todavía Feño—. Bajé como pude de la cama, que tiene ruedas, ¡era para verlo!, y pude reunirme con Enrique, Carolina y los cabros, que habían salido altiro. La luna estaba linda. Tras el estruendo de los muebles cayendo hubo mucho silencio. Me parecía extraño. La gente no gritaba.» Ni siquiera los niños. Nicolás, el mayor, de diez años, llevaba la cuenta para ver si el movimiento sísmico superaba los veinte segundos. Era su modo, dice, de averiguar si era temblor o terremoto. En realidad fueron 8,8 grados en la escala de Richter. Con un pico de noventa segundos, el proceso total del movimiento sísmico se prolongó durante dos minutos, tal vez el más largo de la historia. Una marca que añadir a los 9,5 grados que convirtieron en el seísmo más potente jamás registrado al que había arrasado la ciudad cincuenta años antes.

Se metieron todos en el coche a esperar que terminaran las réplicas y a que por fin, si la vida seguía, amaneciera. El día sabe hacer su trabajo. «De noche un terremoto es el caos.» La electricidad se había ido, no había agua, el neumático que sirve de columpio a los chicos se balanceaba en el árbol. En el suelo de la casa, los vasos rotos se mezclaban con la guía Turistel, la pandereta de la niña pequeña y un libro cuyo título parecía un sarcasmo: Los 1001 discos que hay que escuchar antes de morir.

Amanecía. Carolina volvió a entrar. Se puso a ordenarlo todo. La manía de la limpieza. En uno de los embarazos llegó a chupar la esponja empapada en jabón de fregar. Cuando llegaron los primeros vecinos la casa estaba lista como cada mañana, como si no hubiera pasado nada. Fueron a dar una vuelta por la universidad, a tan sólo dos pasos. El edificio de Química era un tizón gigante de acero y vidrios rotos, el reloj de la torre que preside el campus —el campanil, le dicen— se había parado a las 3.29 de la madrugada, la hora del terremoto. La hora de los relojes, porque, a pesar de la influencia de los campanarios, los sismógrafos señalaron las 3.34.

Durante días, la gente en Concepción, en Chile entero, recordó qué hacía en ese minuto, un minuto que duró ciento veinte segundos. «Salté de la cama, agarré la trompeta y corrí hacia la puerta. No podía salir.» Es Juan Carlos, diseñador y músico en una big band. Se acababa de mudar a un apartamento en el piso noveno de un edificio nuevo. Había invertido los ahorros que le quedaban en aquella cama king size. La puerta era de seguridad, doble seguridad, triple tal vez, no sabe. No pudo abrirla. Salió al balcón. Sus vecinos, atrapados también, habían hecho otro tanto. Todos se preguntaban lo mismo: ¿sería seguro aquel edificio? Era nuevo, pero ¿era también seguro? Nuevo intento en la puerta. Nada. Pasos en la escalera. Un vecino recorre el inmueble descoyuntando con un mazo cada cerradura. Salen. Algunos se dirigen al parque Ecuador, a cien metros, a campo abierto. Es un lugar seguro. Hay banderolas que anuncian el concierto de Los Jaivas. En dos días parecerán tan anacrónicas como el reloj parado de la universidad.

Pasado el susto, vuelven a buscar ropa, dinero, sus papeles. Por última vez antes de que la policía acordone la calle por el peligro de derrumbamiento. Mucha gente se salta la prohibición: lo tienen todo ahí dentro. Peor que la policía son las continuas réplicas. Algunas sobrepasan los siete grados. Los edificios dañados se inclinan más con cada sacudida. Cuando los técnicos venidos de Santiago decreten que hay que echar abajo el inmueble —nuevo, año y medio, los ahorros invertidos en aquella cama, fue tan difícil subirla hasta el noveno piso, king size—, la inmobiliaria ofrecerá tres soluciones: dinero, instalarse en un barrio de las afueras construido por ellos o instalarse en otra torre del centro. ¿Quién piensa en eso ahora? ¿Otra torre? ¿Otra cama? ¿Quién se fía de las inmobiliarias?

Al parque van llegando noticias. Dos de los cuatro puentes que cruzan los dos kilómetros de cauce del Bío Bío están inutilizados, entre ellos el Llacolén. También está tocado el Juan Pablo II, el más ancho de Chile. Lo bautizaron así cuando vino el Papa. Tres coches cayeron al río. Siete muertos, dicen. Nada funciona. Sólo la radio a pilas. Lo peor está cerca de la estación. El edificio Alto Río —nuevo, seis meses máximo, quince pisos de altura— ha caído como un árbol. Lleno de gente, dicen. A la casa de Enrique y Carolina también van llegando noticias. Su cocina funciona con bombonas de gas y pueden hacer pan. Los vecinos acuden allí para calentar agua para los biberones o para echar el rato contando qué hacía cada uno a la hora del terremoto.

A veces las noticias las trae Feño mezcladas con sus chistes. «¿Por qué el hijo de Superman es el niño que mejor se porta en la escuela? Porque es supermansito.» En Chile todo es súper. Feño tiene chistes blancos, como el de Superman, pero también rijosos y políticamente incorrectos. Puede que los suyos no sean los mejores del Cono Sur, pero si alguien tiene derecho a contarlos es él. Desde que el terremoto puso el país boca abajo se pasa catorce horas diarias recorriendo las comunas del Gran Concepción —un millón de habitantes— para llevar alimentos y medicinas a familias aisladas en sus casas. O en lo que queda de ellas.

Él mismo ha empezado a tomar Alprazolam, un fármaco, dice, «para contener la emoción» ante lo que se encuentra cada día. Se lo suministra Marcela Rodríguez, una psiquiatra «muy guapa» —«por dentro y por fuera», se apresura a matizar— que trabaja como voluntaria en radio Bío Bío. Desde el principio y ante el colapso de las comunicaciones, la emisora se convirtió en centro de distribución de medicinas para enfermos crónicos. De mañana, su sede de la calle O'Higgins

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