Los increíbles

Óscar Caro (FIDEC)

Fragmento

PRÓLOGO

Todo esto es un error. O, mejor, una casualidad. Una bonita y pertinente casualidad.

Óscar Caro, el papá de Luis David, lo llamaría una “obra de Dios”. Y cómo no va a ser creyente Óscar, cómo no va a endosarle a Dios la belleza de su suerte, si hace poco más de dieciséis años, cuando su hijo de seis meses sufrió una cadena de infartos cerebrales que lo tuvieron a segundos de la muerte, pensó lo que pensaría cualquier papá sensato: “De esta no me salvo, de esta no se salva, de esta no nos salvamos”.

Pero no me quiero adelantar a la valiente historia de Luis David y su papá, que usted leerá con detalle en las siguientes páginas y que, si tiene el mismo efecto que tuvo en mí la primera vez que la oí, le va a producir calambre estomacal, le va a aguar el ojo y lo va a obligar a preguntarse: “¿De dónde saca fuerza este man para hacer lo que hace?”, “¿sería yo capaz de hacer lo mismo si estuviera en su pellejo?”, “¿será que los milagros sí existen?”.

Lo que pasa es que acá, por lo menos ahora, no estamos hablando de milagros: estamos hablando de un error. O, mejor, de una casualidad. Una absurda e incomprensible casualidad.

Era viernes, si la memoria no me engaña, y la memoria suele engañarme. Viernes a las 2:22 de la mañana. La hora sí la recuerdo —cómo no— con una lucidez que no me caracteriza. Cristina dormía a mi lado con profundidad de ultratumba; aprovechaba los escasos minutos de descanso que le daba nuestro segundo hijo, Aureliano, entre tetazo y tetazo. Yo acababa de servirle como ayudante de lactancia —pasar el trapito para limpiarle la agriera, sacarle los gases con golpecitos de bongosero en la espalda, cambiarle un pañal y otro y otro— y sobrevivía al insomnio como me imagino que sobrevive un millennial promedio: chismoseando en Facebook quién se ennovió —en mi caso, y acorde a mi edad, quién se separó—, esculcando en Instagram memes de baja factura —ojalá políticamente incorrectos— y comparándome en Strava, la red social de los atletas, con otros ciclistas y corredores mediocres, como este servidor.

Pero volvamos a la paternidad: ese, el de asistente de lactancia, es el trabajo más feliz que he tenido en mi vida. Más allá de las trasnochadas y el meconio, más allá del insomnio y la pérdida de tiempo en el frígido mundo virtual de las redes, es el momento en el que el amor de padre se manifiesta con mayor intensidad y frecuencia, al menos para mí. Cuando nació Benjamín, mi primer hijo, berrié más que él durante sus dos primeras semanas de vida: lloraba cuando lo miraba y veía en él un reflejo de mí, una extensión de mi propia existencia, una razón; lloraba cuando me despedía de él para irme… ¡al baño!; lloraba de angustia cuando él lloraba; lloraba de tranquilidad cuando él paraba de llorar. Toda esta lora sobre lloriqueo para que entienda la siempre cursi sensiblería que puede tener un papá cuando su hijo recién nacido pasa las primeras horas en la Tierra echado en un moisés al lado de su cama.

Pues estaba en ese momento de sublimidad paternal y de ocio nocturno —tal vez llorando, aunque ya con el segundo crío las lágrimas no brotaron tan fáciles ni tan recurrentes—, cuando me llegó una notificación al celular: Team Caro Wagner quiere seguirte en Strava. Al principio la ignoré: “¿Qué carajos es el Team Caro Wagner?”, “¿y a mí, un atleta aficionado de mediopelo, por qué putas me quiere seguir un equipo de atletas?, esa vaina seguro es promocional y me van a tratar de vender ropa deportiva o algo así”. Pero el insomnio esa madrugada fue tan largo e incómodo que, una vez repasada cada red social con meticulosidad de cirujano, terminé espiando también al Team Caro Wagner, y lo que me encontré me quitó el aliento —se me fue todo el aire, en serio, no es una expresión nomás ni un simple y antipático lugar común—.

¡Qué error el que acababa de cometer Óscar! O, mejor, ¡qué casualidad tan hijueputa!

Lo que vino después fue una noche en vela, entre turnos de gases, reemplazo de pañales y repaso de las fotos del Team Caro Wagner: Óscar, empapado en sudor mientras engancha su bicicleta a la silla de ruedas de un Luis David medio dormido; Óscar, con cara de parto, mientras corona un puerto de montaña con un amanecer bíblico de fondo; Luis David, descojonado de la risa y con los brazos al aire, en la meta de una carrera atlética de 21 kilómetros a la que su papá, a juzgar por su gesto de Jesús-en-cruz, llegó con el último aliento; Luis David, sentado plácido en un bote inflable, atado a un hombrecito —Óscar, por supuesto—, al que solo se le ven la cabeza y un brazo que entra al agua e intenta servir de palanca en un mar picado.

Creo que no había amanecido cuando le escribí a Óscar por el chat de Strava. Y él me respondió de inmediato con su número de teléfono pues, como todos los días, se había parado a las 4:00 de la mañana para nadar.

La charla de esa mañana fue larga y tendida. Y cómo no, si yo soy un periodista intenso, preguntón y hasta cansón, y Óscar es un papá orgulloso —y también intenso— al que le gusta compartir sus cuentos de la vida real hasta con un periodista extraño.

Me explicó cómo es empujar una silla de ruedas adaptada para correr durante más de tres horas. Intercambiamos quejas sobre la imposibilidad de dormir más de tres horas, yo por ser papá de un recién nacido y él por ser papá de un niño con parálisis cerebral y además un atleta de alto rendimiento. Narró, casi como un William Vinasco CH. del triatlón, la mañana que casi se ahoga en plena competencia. Le conté de una crónica que había hecho hacía poco con un surfista de doce años que no tiene piernas. Me explicó la forma en que acomoda en el carro, como jugando Tetris, todo lo que llevan a una competencia: el bote, la bici, las maletas, las sillas de ruedas. Le dije, intentando disimular que estaba a punto de llorar —otra vez—, que lo admiraba. Me dijo que él admiraba mi trabajo, pero no le creí. Y me repitió, con voz firme pero tierna, que su hijo era espectacular, cosa que sí le creí.

El error o casualidad —el milagro, la obra de Dios, diría mi amigo Óscar— la capté al final de la conversación, con la última pregunta: “Óscar, perdón, antes de que colguemos, ¿por qué pidió seguirme en Strava?”. “¿Yo? —respondió con el afán de quien tiene que irse—. Yo no te he pedido en Strava, si yo ni te conozco”.

El caso es que quedamos en hacer una crónica para Los Informantes, el programa de televisión para el cual trabajo, y, con la ayuda de mis compañeros Nicolás Herrera y Andrés Sanín, nos imaginamos un título que todavía me suena inmenso, como ellos: “Los Increíbles”. Grabamos durante tres días. Y una vez terminamos y nos despedimos con un abrazo firme y sincero, Óscar me tiró la siguiente frase: “Yo quiero escribir un libro, ¿me ayudas?”. Yo le dije que sí mientras me montaba al carro que me llevaría al aeropuerto, más por salir del paso que porque pensara en hacer un libro c

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