José Luis Sampedro. Un renacentista en el siglo XX

Andrés Sorel

Fragmento

cap-2

1

El año 37

1937. Fascismos en Europa. Guerra en España. Irracionalidad, violencia, muerte. Otra vez el pensamiento, la civilización, asolados por el ansia de poder, los nacionalismos, la destrucción de la palabra y el diálogo, de la razón y la ética.

Un joven de veinte años de edad, se llama José Luis Sampedro, se encuentra en Santoña. Es alto, delgado, culto, de ascendencia burguesa.

Sampedro nació el 1 de febrero de 1917 en Barcelona. El mar y los ríos van a abrirse al desarrollo de su vida. El mar, ante sus ojos, carece de límites. Por eso, al final de su existencia, cuando vaya ya a fijarse en nuestra memoria, se situará solo, ante él, buscando con su pensamiento su propia historia, humana y creativa. Los ríos conforman su propio crecer al conocimiento, al desarrollo imaginativo, a la búsqueda de la realidad existencial, a su actividad literaria, económica y social, al encuentro del amor, la compañía, el placer, el arte, la palabra. Los ríos, desde sus primeras aguas brotadas a su cauce, buscan salida, expandirse; conforme aumentan su caudal van desarrollando pueblos, ciudades, culturas, civilizaciones. Desde Babilonia hasta París. Hasta que desembocan en el mar, que es su morir. Y para el ser humano, crecer en sus primeros años es crecer en la libertad. Y más al recibir de su entorno historias y caricias que impidan su despeñadero. El mayor bagaje de Sampedro para el futuro: aprender de sus padres, encontrar compañeros, incluso el más prístino y puro amor. Vivía desde sus primeros años en un entorno que podríamos definir de las tres culturas: en las religiones, los idiomas, en las costumbres, las razas. Tánger. Nunca olvidará la mezcla de seres humanos y los hábitos peculiares de sus gentes, que hablan de la diversidad y el respeto a las diferencias. Abría sus sentidos a las palabras, a los cultos y fiestas que iba observando, a la manera de vivir de los habitantes que le rodeaban, en su propia casa, en las calles, en cuanto más allá de sus ventanas divisaba. Como si fuese, contará ya al límite de su existencia, un bosque encantado en el que imperaba, frente a lo que conocería unos años después, la tolerancia, el antidogmatismo, la diversidad. Seres humanos diferentes, palabras respetuosas. Y pronto, desde los cuatro años, el gran conocimiento: la lectura. Era su padre quien le elegiría los libros que irían formando su pensamiento, desarrollando su imaginación. Memoria que le agradecería muchos años después en el despertar a lo que nos hace auténticamente humanos. Por eso escribe sobre este tiempo de su historia:

Tánger [...], fue el manantial ideal para el arranque del río; el mejor semillero donde sembrar mi vida. Esa ciudad me enseñó para siempre que la Verdad es un árbol de muchas verdades, e inspiró a mi instinto mi primera lección vital: la lectura.

 

Su primer recuerdo fue, sin haber cumplido cuatro años, escarbar con un pequeño palito la tierra en un patio cerrado por una alta empalizada, donde vivía, mientras el musulmán barbudo que le cuida contempla y permite ese juego. Era el día en que iba a realizar el ingreso para el próximo curso en el Colegio del Sagrado Corazón de los padres franciscanos de Tánger. Vivía en un primer piso de la Cuesta de la Playa y le gustaba instalarse en el cuarto oscuro de su casa, por la alfombra de Fez y los almohadones de cuero en los que retozaba.

Callejeaba pronto, desde pequeño. Burros y camellos. Africanos de distinta fisonomía, turbantes, bigotes, charlando, derrumbados ante la mesa de los cafés sin dejar de observar a los viandantes o los escasos automóviles que circulaban por las calles, caminando perezosamente, parados en largas conversaciones en los estrechos comercios unicelulares, llenando plazas y mercadillos: todo atraía su mirada. En casa, su madre leía afanosamente. También escribía con frecuencia. Su padre atendía pacientes o se encerraba en su despacho con sus libros e instrumentos médicos. Él devoraba los cuentos de Calleja. A veces escuchaba a su padre tocar la guitarra, improvisando clásicas composiciones. Le educaba su oído en la música. Y cuando contaba seis años de edad se instaló en el piso tercero una pianista vienesa, a la que el padre de Sampedro, que la atendía médicamente, convenció para que su hijo pudiera subir a su habitación a escuchar sus interpretaciones. Tenía una hija, algo mayor que José Luis, Odette, y él se sintió encantado de su compañía y se impresionó y se sintió atraído por sus ojos, de un claro azul. Fue su primer amor, sin saber qué era la profundidad del amor. La primera vez que encontró su mano posada en otra mano. El primer calor que recorrió su pierna al encontrarse junto a una pierna distinta a la suya.

Pero un día trasladaron al padre de Odette a Atenas. El niño ha de despedirse de ella. Son sus primeras lágrimas de un dolor distinto al físico, mientras con sus manos oprime el tomo de cuentos ingleses que ella le ha dejado con su recuerdo.

Ya su padre se ha comprado un automóvil moderno. Avanza la época de los felices, sin grandes guerras, años veinte. En la playa, bordeada por dunas, José Luis cuenta con nuevos amigos, y uno de ellos, mayor que él, le ha prestado libros de Emilio Salgari, de corsarios y piratas. En una barcaza, que parece abandonada, juegan como si estuvieran en el Caribe luchando contra quienes buscan apresarlos o destruirlos. Son tiempos privilegiados, ante el infinito mar, en los que recupera la felicidad mientras el recuerdo de Odette se va debilitando ante los nuevos juegos y descubrimientos.

Cuando escribe al final de su vida lo que será Sala de espera, realizado con Olga Lucas, se retrotrae a su infancia, y en ella a Tánger, donde vivió la libertad ajena a los dogmas, una ciudad que definía como femenina, transpirando feminidad y dice:

En aquella Tánger de 1920, en fin, inició su curso el río que soy, como un arroyuelo poco turbulento serpenteando por el espacio doméstico en cuanto pudo gatear, primero, y luego tenerse sobre sus pies.

 

Le acompaña y cuida Absalam:

El moro era un personaje formidable para mi admiración infantil: de edad madura, alto, con membrudas pantorrillas mostradas desnudas por los zaragüelles que vestía y unos magníficos bigotazos de puntas salientes a los lados.

 

Era una persona que, por haber peregrinado a La Meca, se mostraba con dignidad y señoría. Aparte de atenderle a él y a su hermano, trabajaba arreglando los desperfectos de la casa y haciendo los recados. Además garantizaba el orden público por ser soldado del Tabor español de Regulares, que, junto con franceses y regulares, hacían de policías, aunque ahora, colocado por el padre, le habían relevado del servicio.

Y cuando conoce a Odette y queda desde el primer momento prendado de ella, considera que su río se ha aquietado, remansado, y en vez de llegado al final iniciaba el principio para avanzar por las luces del mundo que hasta entonces había ignorado. Era el orden cósmico lo que había comenzado a envolverle, aunque entonces no fuera capaz de analizarlo.

Su padre decide trasladarlo al Colegio del Sagrado Corazón de Zaragoza, de los jesuitas, con una hermana suya, para que mejore sus estudios. Y como es verano, le lleva a la casa de su familia, en un pueblo soriano, Cihuela. Toman el tren a Madrid desde Cádiz, y cuando llega no tarda en descubrir un mundo

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