Alaska y otras historias de la movida

Rafael Cervera Torres

Fragmento

Introducción

Hace poco, hurgando en mi archivo de recortes de prensa, llegué a la conclusión de que la idea de escribir un libro sobre Alaska es algo que me persigue desde hace años. Entre las docenas de documentos de diferentes épocas encontré un manuscrito de unas veinte páginas que escribí a los dieciocho años, por encargo de una editorial para una proyectada nueva colección de «libros de música», en la que, al parecer, los responsables tenían un hueco para Alaska y los Pegamoides, que en aquel verano del 82 estaban en pleno apogeo.

La colección quedó sólo en proyecto, al igual que aquellos folios míos escritos con más pasión juvenil que rigor. Eso sí, recuerdo que al menos, con la excusa de escribirlos, tuve acceso a un grupo de gente que había despertado toda mi curiosidad y fascinación de adolescente. Para un chico de Valencia que soñaba con ver de cerca algún día a Lou Reed, que hacía de las declaraciones de Warhol su particular catecismo, que adoraba el poder hipnótico de Bowie y pensaba que el estallido multicolor de los B-52’s era las puertas abiertas al paraíso, el encuentro con la tribu pegamoide fue como ingresar en un club donde sólo admitían a gente como uno. Cantaban en mi idioma, compartíamos gustos y opiniones y nos rodeaba la misma realidad: la España del cambio y la transición. Ellos hacían y decían cosas impresionantes, eran rebeldes, sus letras destilaban un humor sutil, y al contemplar sus fotos parecía como si una portada del New Musical Express hubiese cobrado vida. Con los Pegamoides no sólo aparqué mis prejuicios acerca del rock hecho en España y cantado en castellano, encontré a un grupo con el que podía identificarme. Para alguien que había descubierto la música pop en plena revolución del punk, Alaska y los Pegamoides eran un sueño hecho realidad.

En cierto modo, Alaska era —y es hoy— un montón de cosas que a mí me hubiese gustado ser. Ahora, veinte años después, sigo teniendo la misma sensación respecto a ellos, aunque de otro modo. Tanto Alaska como Nacho Canut representan muchos sentimientos, actitudes, formas de ver la vida y la gente con las que me identifico plenamente. Y sus canciones, al igual que las de Lou Reed, Bowie, Siouxsie, Nirvana, Primal Scream y Pet Shop Boys, forman ya parte del pequeño gran cóctel que me define cultural y emocionalmente como individuo. De alguna manera, están en mi metabolismo.

Así pues, hacer este libro era casi obligatorio. De hecho, la excusa de escribir aquellos primeros folios sobre Alaska me dio oportunidad de conocerles y entrevistarles en varias ocasiones. Por entonces yo editaba el fanzine Estricnina, y en los tres números que aparecieron entre 1982 y 1983 nunca faltó información sobre Pegamoides, Dinarama, Parálisis Permanente, Alaska y Ana Curra. También tuve la suerte de compartir tiempo y palabras, en aquellos días en los que el mundo parecía que iba a estallar de ansiedad, con Pedro Almodóvar, Paloma Chamorro, Gabinete Caligari, Radio Futura, Derribos Arias y Bernardo Bonezzi, personajes todos que de una manera u otra han influido en mi formación y de los que guardo decenas de casetes con entrevistas y algunas risas.

Tuve la oportunidad de convertir mi pasión en mi profesión y gracias a eso nunca he dejado de mantener contacto con Alaska y Nacho. Los vi actuar en varias ocasiones en 1982 y estuve presente en sus últimos conciertos en la Escuela de Caminos de Madrid. Vi ensayar a Dinarama cuando Alaska aún no formaba parte del grupo. Y para darle continuidad a esta tradición de biógrafo no difundido de Alaska, acepté el encargo que Paloma Chamorro me hizo en aquella época de escribir el guión de un documental sobre la saga Alaska-Berlanga-Canut, que debió realizarse para el especial que el programa de TVE La Edad de Oro dedicó a Dinarama cuando apareció su álbum Deseo carnal. Aquel documental nunca llegó a rodarse, pero Paloma tuvo el detalle de invitarme a participar en el citado programa. Posteriormente he seguido en contacto con ellos, entrevistándoles para diversos medios. En definitiva, he estado siempre lo suficientemente cerca del clan como para atreverme a relatar esta historia y contar con su colaboración para hacerlo.

El libro no pretende ser exhaustivo. Ni demasiado entrometido. La historia bien podría haberse extendido hasta el presente, pero creí mucho más interesante centrarme en la primera parte de la trayectoria de Alaska y describir ese círculo vital que comienza cuando una niña de diez años abandona su país y se traslada a otro del que nada conoce y que en principio le es hostil; contar cómo, con el tiempo, se convierte en una estrella valiéndose de los mismos elementos diferenciadores que la convertían en una adolescente rara. Ese proceso, que se enriquece con una serie de personajes afines que entran y salen de su vida intermitentemente, delimitaba de forma perfecta un período, una historia que coincide con momentos clave en la política, la sociedad y la cultura españolas, aquellos que propiciaron la llamada movida, días de libertad y agitación que, ahora que corren tiempos de apoltronamiento y amnesia, es interesante revisar.

Abarcar a todos los personajes principales o secundarios que participaron en esta historia hubiera resultado demasiado confuso y, seguramente, innecesario. Por eso preferí centrar la historia en los personajes determinantes en el plano narrativo. Tal vez se decepcionen quienes busquen además datos específicos sobre grabaciones, maquetas o conciertos. Éste no es un libro sobre una cantante o unos músicos, aunque sus protagonistas lo sean. Es la historia de un tiempo sorprendente y de una gente que nunca ha dejado de crecer, cambiar, buscar su lugar; es una historia sobre el deseo, la inocencia, la ambición, la soledad y la pérdida.

Y yo necesitaba contarla; quizá porque en buena medida, y como es seguro que les sucederá a muchos de mi generación, también forma parte de mi historia.

P.D.: Cuando este libro ya estaba a punto de entrar en máquinas, me cae como un mazazo la muerte de Carlos Berlanga. Para él, allá donde esté —con Truman Capote quitando y poniendo glamour a los ricos y famosos; con Salvador Dalí discutiendo sobre el verdadero secreto de la inmortalidad; con Andy Warhol cotilleando durante toda la eternidad—, también están dedicadas estas páginas sobre un tiempo vivido que, sin su brillante aportación no habría sido igual.

1

Del color al blanco y negro

Lo pr

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados