No vine para quedarme

César Vidal

Fragmento

A manera de prólogo

Hace no menos de treinta años, la vecina de arriba bajó al piso donde vivía con mis padres para un asunto que, si llegué a saber entonces, no consigo recordar ahora. Sí me acuerdo a la perfección de que la mujer se trajo consigo a sus dos hijas —entre las dos, seguramente, no sumaban los diez años—, posiblemente por el deseo de evitar que les pasara algo en su ausencia. Sin ocuparnos mucho de la visita, mi padre y yo comenzamos una partida de dominó. Sacamos las fichas de la caja, las mezclamos y procedimos a servirnos. Luego, por riguroso turno, comenzamos a jugar. Apenas habíamos colocado media docena de fichas sobre la mesa cuando, levantando la mirada, me percaté de que las dos niñas nos miraban con cara de asombro. Por más que se esforzaban, no entendían nada de lo que nos traíamos entre manos. Finalmente, la pequeña dijo sin mucha convicción:

—Están haciendo una torre…

Que se equivocaba era innegable, pero aquel error tuvo que serle más aceptable que la posibilidad de no poder explicarse lo que se desenvolvía ante sus ojos.

A lo largo de los años, en docenas de ocasiones, me he topado con infinidad de personas que no comprendían realmente lo que sucedía ante ellos y acababan llegando a la conclusión de que tan sólo estaban «haciendo una torre» porque la sensación de ignorancia propia debía resultar mucho peor. Este libro pretende explicar algunos de los mecanismos del dominó de la vida —la propia y la de otros—, a sabiendas de que a no pocos les desagradará encontrarse con el hecho de que no hay una torre sino juegos mucho más complejos que se desarrollan ante nuestra mirada sin que la mayoría los comprenda.

A lo largo de mi existencia, no especialmente dilatada, he visto desaparecer una dictadura que muchos consideraron semiinmortal y que algunos siguen reivindicando; he contemplado la caída de otra dictadura mucho más poderosa que a punto estuvo de conquistar el mundo y que se desplomó por su propia inoperancia y por la traición de uno de los suyos; he asistido al ir y venir de presidentes y jefes de Gobierno con una rapidez que ahora me parece casi sobrecogedora; he constatado que la gente desaparece de este mundo independientemente de su bondad o de su maldad; me he convencido de que lo más inesperado le puede suceder a cualquiera y que no está en mano de ningún ser humano evitarlo y, por encima de todo, he llegado a la conclusión de que no hay que temer a los que sólo pueden matar el cuerpo sino a Aquel que puede perder cuerpo y alma en la Guehenna. Precisamente por ello —y por más razones todavía— sólo relato la verdad.

Todo lo que se narra en estas páginas se corresponde fielmente con la realidad de lo que sucedió hace más o menos tiempo. Sin embargo, esa correspondencia debe entenderse con tres matices. El primero es que algunos nombres de personas que intervienen en la acción se han omitido de manera consciente y voluntaria para evitar que otras determinadas puedan sentirse avergonzadas, verse perjudicadas o encontrarse descubiertas por lo que aparece en estas páginas. No siempre he podido aplicar esa regla, entre otras razones, porque el anonimato hubiera acabado convirtiéndose en protagonista fundamental del presente texto, pero en la medida de lo posible, he intentado ahorrar esos malos ratos a terceros.

El segundo matiz es interpretativo. Los hechos desnudos, tal y como sucedieron, son los que aparecen relatados y no revisten la menor tacha de falsedad. Con todo, la manera en que hayan de ser comprendidos es cuestión aparte. Personalmente, estoy convencido de que la interpretación que doy de ellos es la más adecuada —cuando no es así lo consigno de manera específica— pero acepto que puedo haberme equivocado. Estas memorias no pretenden —como las de tantos otros— mostrar que su autor no se equivoca. Por el contrario, en ellas queda de manifiesto que los yerros cometidos a lo largo de mi vida no han sido ni pocos ni ligeros y que a lo más a lo que aspiro es a haber aprendido de ellos. Por ejemplo, al descubrir que no todo lo que parece que es levantar una torre se corresponde ni lejanamente con esa conclusión.

Finalmente, como dice la letra de la canción Tómbola, en el curso de mi vida, yo he jugado todo mi cariño a algún número. A decir verdad, lo he hecho con todo convencimiento y con toda pasión más de una vez. Sin embargo, en contra de lo que le sucedía a la protagonista de la popular tonada, no he tenido mucha suerte. Con todo, no me ha parecido de buen gusto comentar esas partes de mi vida —sin duda, muy importantes— porque cuando se ha compartido con alguien el deseo de futuro lo menos que se debe hacer es mantenerse discreto con el pasado y contribuir todo lo posible a la paz del presente.

Una última indicación sobre la mejor manera de leer estas memorias. No recomiendo yo —aunque allá cada cual— una lectura lineal desde mi infancia hasta el día de hoy. Por el contrario, me atrevo a recomendar al lector que eche un vistazo al índice y vaya escogiendo de entrada los capítulos que le parezcan más atractivos. En el orden que le parezca y por las razones que sean: la infancia, las sectas, el franquismo, la obra literaria, la época de COPE, la salida de EsRadio… Una vez que los haya leído y satisfecho su curiosidad sobre cuestiones concretas, puede ir recalando en otros lugares. Pero no hace falta decir que el libro ya es suyo y puede abordarlo como le parezca.

No tengo más que añadir. Sólo me queda invitar al amable lector a que se sumerja en la lectura de estas memorias, que tienen un sentido en la medida en que permiten comprender no pocas cosas que hemos vivido, que vivimos y que, más que previsiblemente, llegaremos a vivir. Si en el empeño de lograr ese cometido arrojan alguna luz, se dará por más que satisfecho su autor.

Miami, julio de 2013

De cómo al nacer y al vivir los primeros años ya supe que no me iba a quedar aquí

Si alguna vez se me presentara la duda de que no he venido —no hemos venido— a esta vida para quedarme bastaría para disiparla el recordar cómo nací, porque yo, el que ahora escribe estas líneas, llegué muerto a este mundo.

Las circunstancias de mi alumbramiento me han sido referidas por mi madre multitud de veces aunque debo decir también que, en cierta ocasión y sin entrar en más detalles, ya habiendo llegado a edad adulta, experimenté yo las mismas y sentí la angustia de un niño que se esfuerza por salir del claustro materno y no puede, y percibe cómo se le escapa la vida y muere antes de nacer. Pero no nos dispersemos.

La razón de tan peculiar circunstancia derivó de mi posición dentro del vientre de mi madre. En lugar de intentar sacar la cabeza al mundo como intenta el común de los

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