Cosas bonitas

Hunter Biden

Fragmento

Prólogo. «¿Dónde está Hunter?»

Prólogo

«¿Dónde está Hunter?»

Cuando, en noviembre de 2019, empecé a escribir este libro desde la calma relativa de mi despacho, me hallaba en medio de una tormenta política cuyas consecuencias alterarían el rumbo de la historia.

El presidente de Estados Unidos me calumniaba casi a diario desde el jardín sur de la Casa Blanca. Invocaba mi nombre en los mítines para arengar a sus bases. «¿Dónde está Hunter?» sustituyó a «¡Enciérrala!» como su lema publicitario predilecto. Si querías, incluso podías comprar una camiseta de ¿DÓNDE ESTÁ HUNTER? directamente en su página de campaña: veinticinco dólares, tallas de la S a la 3XL.

Poco después de que esa llamada a las armas se convirtiera en parte de su repertorio habitual, aparecieron simpatizantes con gorras rojas de MAGA[1] a la entrada de la casa que tenía alquilada en Los Ángeles con mi mujer, Melissa, en aquel momento embarazada de cinco meses. Gritaban con megáfonos y blandían carteles en los que yo aparecía como el protagonista de los libros ¿Dónde está Wally? Las gorras de color rojo sangre y los fotógrafos nos seguían en coche. Para ahuyentarlos, nosotros y algunos vecinos llamamos a la policía. Sin embargo, las amenazas —entre ellas un mensaje anónimo enviado a mi hija cuando estaba en la escuela para advertirle que sabían dónde vivía— nos obligaron a buscar un lugar más seguro. Melissa estaba aterrada, por ella, por nosotros y por nuestro bebé.

Me convertí en la encarnación del temor de Donald Trump a no ser reelegido. Este difundió teorías conspiratorias ya desmentidas sobre mi trabajo en Ucrania y China, a pesar de que sus hijos se habían embolsado varios millones en China y Rusia y de que su director de campaña estaba en la cárcel por blanquear millones de dólares desde Ucrania. Hizo todo esto mientras su política exterior en la sombra, encabezada por su abogado personal, Rudy Giuliani, se desarrollaba a la vista de todos.

Era una táctica bastante predecible, salida directamente del manual de estrategia de Roy Cohn, su mentor en las malas artes y gran mago del macartismo. Yo esperaba que el presidente ahondara mucho antes en lo personal para sacar provecho de los demonios y adicciones con los que he batallado durante años. Al principio, cuando menos, dejó esa táctica en manos de sus secuaces. Una mañana, mientras trabajaba en el libro, vi en la televisión a Matt Gaetz, un congresista de Florida y esbirro de Trump, leyendo un extracto de una revista que detallaba mi adicción y citando el informe del Comité de la Cámara de Representantes sobre el Poder Judicial relativo a la normativa sobre procesos de destitución.

—No quiero menospreciar los problemas de nadie con el consumo de drogas... —dijo Gaetz, sonriendo ante las cámaras mientras menospreciaba mis problemas con el consumo de drogas—. Repito, no estoy... juzgando las dificultades por las que pasa nadie en su vida personal —insistió mientras juzgaba mi vida personal.

Estamos hablando de una persona que fue arrestada por conducir el BMW de su papá bajo los efectos del alcohol y que más tarde logró que se retiraran los cargos misteriosamente. Lo que haga falta para mantener viva la narrativa de la telerrealidad.

Tampoco es que nada de eso importe en un clima político orwelliano en el que todo está patas arriba. Trump pensaba que si podía destruirme a mí, y por extensión a mi padre, lograría acabar con cualquier candidato decente de ambos partidos a la vez que desviaba la atención de su conducta corrupta.

¿Dónde está Hunter?

Aquí estoy. Me he enfrentado a cosas peores y he sobrevivido. He conocido los extremos del éxito y la ruina. Teniendo en cuenta que mi madre y mi hermana pequeña murieron en un accidente de tráfico cuando yo tenía dos años, que mi padre sufrió un aneurisma cerebral y una embolia que pusieron su vida en peligro cuando no había cumplido aún los cincuenta y que mi hermano falleció demasiado joven de un horrible cáncer cerebral, provengo de una familia forjada por la tragedia y unida por un amor extraordinario e inquebrantable.

No me voy a ningún sitio. No soy un souvenir ni una atracción secundaria de un momento de la historia, que es como intentan pintarme los caricaturescos ataques. No soy Billy Carter ni Roger Clinton, que Dios los bendiga. No soy Eric Trump ni Donald Trump Jr. Yo he trabajado para personas que no eran mi padre, he ascendido y caído solo. Este libro lo dejará bien claro.

Para que quede constancia:

Soy un padre de cincuenta y un años que ayudó a criar a tres hermosas niñas, dos de las cuales están en la universidad y una se licenció el año pasado en Derecho, y ahora tengo un niño de un año. Estoy graduado por la facultad de Derecho de Yale y por Georgetown, donde también he trabajado como docente en el máster de la Escuela de Relaciones Internacionales.

He sido directivo de una de las instituciones financieras más importantes del país (desde entonces adquirida por Bank of America), he fundado multinacionales y he sido asesor de Boies Schiller Flexner, que representa a muchas de las organizaciones más grandes y sofisticadas del mundo.

He formado parte del consejo de administración de Amtrak (nombrado por el presidente republicano George W. Bush) y he presidido la junta directiva del Programa Mundial de Alimentos (PMA) en Estados Unidos, una organización sin ánimo de lucro que participa en la misión más importante del planeta en la lucha contra el hambre. En mi condición de voluntario del PMA, he viajado a campos de refugiados y zonas devastadas por desastres naturales en diferentes lugares del mundo: Siria, Kenia y Filipinas. He estado con familias traumatizadas en casas hechas con contenedores de aluminio y después he informado a miembros del Congreso, o directamente a jefes de Estado, sobre la mejor manera de ofrecer una ayuda rápida para salvar vidas.

Antes de eso representé a universidades jesuitas. Contribuí a obtener financiación para clínicas dentales móviles en Detroit, una ciudad carente de servicios sanitarios, para programas de formación extraescolar en barrios de Filadelfia con pocos recursos y para un centro de salud mental destinado a veteranos necesitados y discapacitados de Cincinnati.

Adonde quiero llegar es a que he desempeñado trabajos serios para personas serias. No cabe duda de que mi apellido me ha abierto puertas, pero mis cualificaciones y logros hablan por sí solos. Era imposible que esos logros no se solaparan en ocasiones con las esferas de influencia de mi padre durante sus dos legislaturas como vicepresidente. Sin embargo, lo que sí juzgué erróneamente fue la idea de que Trump llegaría a presidente y, una vez en el cargo, actuaría con impunidad y sed de venganza para conseguir réditos políticos.

Eso es responsabilidad mía. Eso es responsabilidad de todo

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