Tabaré inédito

Gabriel Pereyra

Fragmento

PRÓLOGO

“¿Y, va a hacer algo con aquellas charlas?”

Entre julio y octubre de 2011, cuando el gobierno frenteamplista de José Mujica estaba en su segundo año de mandato, mantuve una decena de encuentros con el doctor Tabaré Vázquez en su residencia del Prado. La idea original era dejar plasmadas esas conversaciones en un libro que, en base a su testimonio, diera cuenta de cómo y por qué se habían gestado algunas políticas durante su primer mandato (2005-2010). También pretendía dejar para la posteridad reflexiones sobre algunos temas de fondo. El libro, al menos bajo esas coordenadas, se frustró cuando Vázquez decidió presentarse nuevamente como candidato presidencial: la publicación iba a parecer una especie de propaganda de su candidatura. Quedamos entonces en que, terminado su segundo mandato, para el caso de que ganase, retomaríamos las conversaciones.

La vida siguió su andar y la idea del libro fue cambiando; en un momento tuve la aceptación de Vázquez y también del expresidente Julio María Sanguinetti para publicar una serie de conversaciones entre ellos, pero antes de que la idea cuadrara el líder frenteamplista enfermó de cáncer.

Con el tiempo, en alguno de nuestros encuentros, Vázquez me dijo que aquellas conversaciones de 2011 le habían venido bien para refrescar ideas y reflexionar sobre otras.

Por años estuve en la lista negra de periodistas que la izquierda calificaba de “eje del mal”. Yo era secretario de redacción de El Observador, y aunque Vázquez llevaba tres años en el gobierno, con el diario no habíamos logrado entablar una relación de confianza que nos permitiera acceder a información directa del Poder Ejecutivo.

Ma planteé como una misión que Vázquez me recibiera. Yo estaba convencido de que era lo único que necesitaba para iniciar una relación que, eso sí, nunca imaginé que tendría la carga de confianza, respeto y hasta cariño que luego tuvo.

Una mañana, leyendo la prensa en la redacción de El Observador, vi que en una charla sobre el cáncer, Vázquez había instado a los comunicadores a jugar un papel en la difusión de las medidas preventivas de esta enfermedad.

Sin demora, envié un mail a la secretaria personal de Vázquez, Nancy Rey (una dama eficiente que jugó un papel importante en que la relación con Vázquez tuviera una fluida comunicación, trasladándole siempre las preguntas que yo quería hacerle). En el mail, que le pedí se lo entregara al presidente, le decía a Vázquez que tomaba el guante que él había lanzado. Que El Observador, que por entonces tenía una edición de sábado más “arrevistada”, podía dedicarle una nota central a las medidas de prevención, estadísticas, políticas sobre el cáncer, pero que tenía que estar acompañada por una entrevista a un oncólogo. Y qué mejor que el oncólogo más famoso del país, o sea, él.

Dos días después, estaba en el mismo escritorio del diario desde donde abría la jornada, la redacción estaba semidesierta y Elsa, la entonces telefonista del diario, me llama y me dice que estaba Tabaré Vázquez en línea.

El Roma [Claudio Romanoff], pensé. Me quiere hacer entrar.

Pedí que me pasara la llamada. Del otro lado apareció la inconfundible voz de Vázquez: “¿Cómo le va, señor Pereyra?”

Luego de una breve conversación, aceptó el desafío y me fijó una fecha.

Posteriormente, algunos de sus colaboradores me dijeron que si bien Vázquez conocía y respetaba mi trabajo, esa nota lo tuvo muy en alerta, era una especie de prueba a la que me sometía porque el compromiso era hablar solo del cáncer.

Terminada la entrevista, seguimos hablando de temas nacionales. Vázquez esperó luego para ver si yo mantendría en reserva esos asuntos, tal como habíamos acordado.

El sábado salió una nota titulada “Una consulta con el presidente”.

Algunos de sus allegados me dijeron que ese día Vázquez, entusiasmado con el resultado, volanteó la nota por todos lados. Y a partir de entonces repetía que yo le merecía confianza.

Unas semanas después, mientras Antonio me cortaba el poco pelo que tengo, recibí una llamada de Vázquez que respondía a una pregunta que le había mandado sobre el tema del momento: ¿iba a ir a una reelección?

En aquella conversación, Vázquez dio por cerrada tal posibilidad y me dijo que me lo contaba a mí porque nadie se lo había preguntado.

Creo que él y yo sabíamos que me premiaba con lo que al día siguiente fue una primicia que dejó vetustos a todos los medios que salieron con hipótesis sobre su reelección. Creo que fue un reconocimiento por haber cumplido con mi palabra. Desde allí, para más de uno, pasé a ser algo así como “el periodista del presidente”. Algo parecido, pero con menos intensidad, me había pasado durante el segundo gobierno de Julio Sanguinetti (1995-2000), ya que el dirigente colorado entabló conmigo una relación profesional y personal lindante también con el afecto, y soy consciente de que por momentos recibía un trato un tanto preferencial entre quienes cubrían por entonces el Edificio Libertad.

Mi ciclo del programa En la Mira, que lleva más de una década por VTV, se inició con una larga entrevista en la que marqué lo que sería el tono de nuestros futuros encuentros frente a cámaras: preguntaba incluso con cierta descontractura para un presidente que hacía de la formalidad una religión.

Más de un colega se quejó públicamente de las reiteradas notas que me daba Vázquez y, la verdad, lejos de hacerme mella yo quería que, fuera quien fuera el presidente, solo hablara conmigo. Los ladridos siempre me tuvieron sin cuidado.

Uno de los recuerdos más chocantes que tengo en mi relación con Vázquez fue la llamada que me hizo a instancias de su hermano Jorge, en la que me largué a llorar y él me decía “Gabriel, son cosas de la vida, no afloje aunque el frío queme”.

Tras su temprana muerte, yo había descartado publicar aquellas charlas. Pero en varias ocasiones, con una media sonrisa, Vázquez me había preguntado: “¿Y, va a hacer algo con aquellas charlas?”, o “¿le parece que sirven para publicar algo?”. Entonces le di una respuesta ambigua. Luego, entre el editor de Random House, Julián Ubiría, y mi amigo y socio en la colección Espejo en la que se edita este libro, Alejandro Ferreiro, me convencieron de que valía la pena hacer algo.

Este libro contiene pasajes de aquellas conversaciones y también es un homenaje a uno de los dos uruguayos que fueron electos dos veces presidentes por voto popular directo. Un hombre a veces hermético, que cuando uno sorteaba esa coraza, aparecía el pibe de La Teja que vivió esos años en la pobreza. Un hombre que se hizo de abajo, que más allá de sus logros y fracasos, asumió su vida con seriedad y, como me dijo, ya enfermo, en la última entrevista que le hice para En la Mira, quería que lo recordaran como un hombre honesto.

Y así lo recuerdo.

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