El nivel alcanzado

Ignacio Echevarría

Fragmento

cap

PRÓLOGO

El nivel inalcanzable

... pues tras la crítica se arrastra una resplandeciente cola de alegría, ingenio, admiración de sí mismo, orgullo, enseñanza, propósitos de enmienda. El dios de la alegría creó las cosas malas y mediocres por la misma razón por la que creó las cosas buenas.

FRIEDRICH NIETZSCHE

En el año 2005, tras su abrupta y polémica salida de El País, Ignacio Echevarría reunió una amplia selección de las reseñas que había escrito durante más de una década en el suplemento Babelia, ciñéndose tan sólo a la literatura española. La antología, titulada Trayecto, suponía una reconsideración acerca de lo que había sido su labor de enjuiciamiento crítico con respecto a la narrativa que había dado su país prácticamente a lo largo de toda la democracia, una tarea ardua, ingrata y en muchos aspectos solitaria que, si bien no había respondido inicialmente a un planteamiento programático y estratégico, había terminado por constituir una lectura coherente y ambiciosa, construida además con una autoridad que Echevarría se había ido procurando a pulso y que al final había sido desacreditada por el mismo periódico que la había hecho posible.

Aquel episodio de desautorización animó a Ignacio Echevarría a ordenar y articular su ideario crítico en el prólogo a Trayecto, un libro que venía así a cerrar una carrera como reseñista combativo y en primera línea de fuego que había comenzado en 1990. Leídas ahora, casi veinte años después de que fueran escritas, sus reflexiones ayudan a entender mejor la profunda transformación que, en esta nueva era digital, está sufriendo lo que Jürgen Habermas llamó «esfera pública» y en la que la crítica periodística ha jugado un papel importante desde el siglo XVIII. De hecho, si bien se mira, la operación de desagravio que el grupo Prisa puso en marcha para tratar de descalificar la dura crítica que Echevarría había escrito sobre El hijo del acordeonista de Bernardo Atxaga, con la que terminaba la selección de Trayecto, puede interpretarse como el primer síntoma de una claudicación frente a lo que hoy en día ya es el imperio de la opinión demótica. La «esfera pública» del siglo XXI se está organizando en función del poder cada vez más férreo —y al mismo tiempo ilusorio— de las redes sociales, cuya opinión presuntamente libre y múltiple dicta ya, a menudo, las líneas editoriales de los grandes periódicos y, para lo que nos interesa, desactiva y descarta la compleja idea de autoridad que Echevarría defendía en el prólogo a su libro. Conviene citarlo por extenso:

Dicho de mejor manera: el crítico reseñista se construye su propia autoridad. Y la construye en dos niveles simultáneos. El primero resulta un poco embarazoso de describir, pero se puede intentar formulándolo en los siguientes términos: la capacidad de tener razón. Escribo esto y suena tan desafiante que me apresuro a informar de la fuente que me lo dicta. Es Robert Musil, quien a propósito de Alfred Kerr, el crítico alemán, afirmaba en 1928: «El gran talento para la crítica es un don tan raro que no se puede analizar sin extenderse enormemente. Pero, con algunas reservas, se puede resumir en esta fórmula: ¡la capacidad de tener razón!». Pues eso. A lo que cabría añadir, para templar un poco los ánimos, que esa capacidad vendría determinada en alto grado por la cultura del reseñista y su sentido para tasar, con sensibilidad adiestrada, el valor de sus lecturas.

En cuanto al latiguillo ese de «en mi opinión»... A riesgo de terminar por confundir a propios y extraños, me limitaré a afirmar aquí que la crítica no es opinión. Como tampoco es, propiamente, información. Una y otra cosa —opinión e información— constituyen los pilares del periodismo, frente al cual —ya se ha dicho aquí bastante— el reseñismo es un género híbrido, que vuelve siempre la mirada hacia el claudicante principio de autoridad. Lo hace porque, en cierta forma, el reseñista no deja, pese a todo, de pensar que sirve a una autoridad que se expresa a través de él. Esa autoridad es la que se desprende de los textos que él admira; y que admira, seguramente —y no es la menor de las paradojas—, por cómo en su momento acertaron a sustraerse ellos mismos a la autoridad (o a la hegemonía, si se prefiere) del poder político establecido, de las relaciones sociales, de la tradición literaria, del lenguaje mismo. Aunque no es esta paradoja que acabo de formular la que me interesa ahora, sino otra, menos evidente, que he empezado a perseguir antes: la de que la crítica no es opinión. O sí lo es, pero en ese caso es opinión en rebeldía frente a sí misma, pues no se reconoce en el yo que la sustenta, sino que apela a una instancia que en cierto modo lo supera y lo trasciende, una instancia —pongamos que se llama Literatura, con mayúscula— a la que pretende arrancar su problemática autoridad.[1]

Dejando de lado que, en un mundo donde todo es ya información y opinión personal, aunque no exactamente subjetiva, la crítica ya es en sí misma inoperante, no se le debía de escapar a Echevarría que en esos párrafos se esconde una complejidad infinita y muy difícil de acotar, la misma que ahora, tantos años después, los textos reunidos en El nivel alcanzado ponen de manifiesto. El crítico, viene a decir Echevarría, transciende la mera opinión para articular su criterio a partir de una ilusión de impersonalidad surgida de una instancia a la que —y aquí viene el problema— no tiene más remedio que elevarse sin que al mismo tiempo pueda fijarla definitivamente, de ahí que la llame, de forma provisional, «Literatura», con una mayúscula que no puede ser más que irónica.

¿Y qué es, cabe preguntarse, esa Literatura? En la cita anterior, Echevarría apela a la «cultura del reseñista» y a «los textos que él admira» para justificar la «autoridad que habla a través de él». En otro momento del prólogo a Trayecto, Echevarría también comentaba al respecto lo siguiente:

A la hora de seleccionar entre las más de cuatrocientas reseñas publicadas por mí en estos quince años, he empezado por descartar, pues, casi una cuarta parte del total, dedicadas a autores en lenguas extranjeras. De éstos me he solido ocupar siguiendo el capricho de mis intereses o de mi gusto personal, con preferencia por autores que se pueden considerar ya clásicos o que van camino de serlo (desde Thomas Mann a J.M. Coetzee, para entendernos). Las reseñas de autores y libros extranjeros (tanto más si no son contemporáneos) se inscriben, por lo general, en coordenadas tan distintas de las que rigen para las reseñas de libros y autores españoles que casi podría decirse que, en cuanto discurso crítico, unas y otras actúan en dos niveles diferentes. En cada uno de estos dos niveles, la vibración polémica y la facultad ordenadora del reseñista determinan de raíz, y muy diversamente, toda la gama de sus recursos retóricos y la escala misma de sus juicios. De ahí la inoportunidad de mezclarlos o de confundirlos.[2]

En Trayecto, como luego en Desvíos (2007) —la antología de sus reseñas dedicadas a la literatura latinoamericana—, Echevarría había mostrado la dimensión más urgente y desafiante de su oficio, convencido de que el crítico de periódicos cumple su verdadero cometido juzgando a los autores que escriben en su tiempo y en su propia lengua.[3] Com

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