Querido Scott, querida Zelda

Francis Scott Fitzgerald
Zelda Fitzgerald

Fragmento

PREFACIO

La relación más importante que conocieron tanto F. Scott como Zelda Sayre Fitzgerald fue la que mantuvieron el uno con el otro; fue el catalizador y el tema principal de la mayor parte de su ficción. Las cartas que intercambiaron nos cuentan la historia de esta relación central en las propias palabras de sus protagonistas; aquellas que se han publicado en ediciones anteriores de la correspondencia de Scott y en los Collected Writings de Zelda no han aparecido nunca reunidas en un único volumen. Existen además numerosas cartas inéditas en la Biblioteca de la Universidad de Princeton, las cuales también merecen formar parte de la colección. El noviazgo y el matrimonio de los Fitzgerald se han convertido en un capítulo fascinante e imborrable de nuestra historia literaria. Las cartas nuevas, insertadas cronológicamente entre las que ya se habían recopilado, nos permiten tener una visión más imparcial de su relación de la que ha sido posible hasta ahora.

La descripción más detallada y precisa de la relación de los Fitzgerald sigue siendo el popular texto de Nancy Milford Zelda: A Biography (1970). Milford fue la primera que exploró las muchas cartas que Zelda escribió a Scott, y también la primera que trató de establecer algún orden entre ellas. En el prólogo de Zelda Milford recuerda que ella y su marido se leían las cartas en voz alta el uno al otro «como si acabaran de llegar, sin saber en qué período de sus vidas se habían escrito o qué diría la siguiente. Estaban caóticamente mezcladas y sin fecha, en la mayoría de los casos sin siquiera sobres que ayudaran a fecharlas… De forma algo inocente… me había metido en algo que no podría ni querría abandonar durante seis años…» (XIII). Buena parte de la biografía de Milford se basa en estas cartas, que aparecen citadas con frecuencia; sin embargo, en el contexto de una biografía apenas se podía introducir una pequeña muestra, y solo en una forma muy fragmentaria. Ahora, por primera vez, podemos leer por nosotros mismos esas intrigantes cartas de Zelda a Scott.

Han pasado más de treinta años desde la aparición de la biografía de Milford, y como sociedad hemos aprendido mucho (aunque todavía no lo suficiente) sobre la naturaleza de las enfermedades mentales (como la que padeció Zelda) y el alcoholismo (como el que padeció Scott). Sin embargo, este conocimiento no se ha visto reflejado en lo que se ha escrito sobre los Fitzgerald. La tendencia general ha sido tratar sus vidas y sus enfermedades desde el sensacionalismo.

Las vidas de Scott y Zelda fueron indudablemente dramáticas y trágicas, y en consecuencia muy fáciles de distorsionar. Tal vez el mito más sensacionalista de todos sea la persistente idea de que Scott, celoso de la creatividad de su esposa, reprimió su talento y la llevó a la locura. La visión del matrimonio de los Fitzgerald que propone Koula Svokos Hartnett en Zelda Fitzgerald and the Failure of the American Dream for Women (1991) es lamentablemente representativa de este mito: «Como apéndice suyo, [Zelda] iba a convertirse en la víctima de su afán autodestructivo [de Scott]. Al negarle el derecho a ser ella misma… al impedirle que usara su propio material… al reprenderla por intentar crear una vida propia, le causó una progresiva degradación y finalmente la muerte emocional» (187). Una afirmación como esta desafía tanto al sentido común como a las nociones más básicas de lo que es una enfermedad mental, a pesar de lo cual ha ganado cierta aceptación general. Para comprobar que esta idea persiste efectivamente solo hace falta echar una mirada a la biografía más reciente de los Fitzgerald, publicada en 2001 y supuestamente definitiva, en la que Kendall Taylor declara:

[Zelda] había dedicado su vida a proporcionar material a un marido escritor a quien todavía hoy se considera uno de los más grandes de Estados Unidos y que sin embargo, como hombre y como marido, era insidiosamente controlador. Cuando por fin trató de crearse una vida propia, separada de su matrimonio, era demasiado tarde. Le quedaban escasos recursos. La única salida posible era a través de la locura, a la que su familia tenía tendencia. Al escribir el epigrama «A veces la locura es sabiduría»1 estaba revelando el paradigma de su vida (Sometimes Madness is Wisdom, 372-373).

La insinuación de que la enfermedad mental podía servir como vía de escape («[l]a única salida posible») recuerda el siguiente pasaje de Zelda, en el que Milford propone la misma idea en relación con la primera crisis de Zelda, en 1930:

Por delante tenían [Scott y Zelda] la lenta agonía de volver a encajar las piezas de sus vidas… A ella le diagnosticaron… esquizofrenia, no una simple neurosis o histeria. Era como si, una vez que Zelda se había derrumbado, no le quedara más escapatoria que entrar en una espiral hacia la locura… Escribir la historia de su crisis es dar testimonio de su indefensión y su terror, y al mismo tiempo volver a explorar los lazos que unían inextricablemente a los Fitzgerald (161).

A pesar de esta vaga insinuación, la biografía de Milford sigue siendo el estudio más completo y fiable realizado hasta la fecha sobre la relación de los Fitzgerald vista desde el lado de Zelda, mucho más cuidadoso y preciso que el de Taylor, que está plagado de errores en cuanto a los hechos y de afirmaciones inaceptables.

Tal vez la nueva biografía de Taylor no sea tan importante en sí misma, pero sí constituye el primer estudio de fondo basado en un punto de vista que ha guiado la crítica contemporánea durante los últimos treinta años. El matrimonio de los Fitzgerald fue caótico, pero no es más razonable decir que Scott volvió loca a su mujer que pretender que fue Zelda quien empujó a su marido a la bebida. Aunque Zelda y Scott se casaron jóvenes, su predisposición a la enfermedad mental y al alcoholismo, respectivamente, ya estaba presente. Tales rasgos eran aparentes ya en el comportamiento impulsivo que caracterizó su noviazgo y que de hecho alimentó su atracción recíproca desde el principio. Por más excitante que sea leer historias sobre caídas en la locura y derivas alcohólicas, aportan poco a nuestra comprensión y apreciación de estos dos seres humanos conflictivos y llenos de talento que han captado y mantenido durante todos estos años nuestra atención como lectores.

Más alarmante aún resulta la pretensión de Taylor de que su argumento viene avalado por las cartas de Zelda y que su biografía presenta el punto de vista de la propia Zelda sobre su matrimonio:

En ningún lugar se hace tan evidente la realidad de la situación matrimonial de los Fitzgerald como en las cartas soberbiamente elaboradas que Zelda envió a Scott, que se cuentan por miles. Buena parte de mi libro se basa en ellas, ya que nos dan la mejor perspectiva sobre el carácter de Zelda (XIV).

Esta afirmación resulta alarmante porque es errónea. La cifra total de las cartas que Zelda escribió a Scott y que se conservan en Princeton se acerca más a quinientas que a varios miles, y aunque estamos de acuerdo en que son soberbias, lo cierto es que no son «elaboradas»; Zelda escribía deprisa, de forma espontánea, impresionista. Querido Scott, querida Zelda presenta prácticamente todas las c

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