Cinco inviernos

Olga Merino

Fragmento

libro-2

Rusia no se puede entender con la mente,

no se puede medir con el rasero común,

ella es especial,

en Rusia solo se puede creer.

FIÓDOR TIÚTCHEV

El tiempo, que confunde tantas cosas,

posee también la virtud de ordenar otras,

de devolverlas al lugar que merecen.

CRISTINA FERNÁNDEZ CUBAS

También mueren los lugares donde fuimos felices.

JULIO RAMÓN RIBEYRO

Viajar y perder países, perderlos todos

viajando en los trenes iluminados del mundo

nocturno, ser extranjero siempre.

ENRIQUE VILA-MATAS

Esto no es un acta notarial de mi vida.

Ni un testimonio exhaustivo.

Ya he dicho alguna vez que no pasa de un tráiler.

IÑAKI URIARTE

libro-3

 

Estreno libreta, un cuaderno escolar pautado que compré en Jerusalén, en la Puerta de Damasco, hace tres meses, en junio, cuando me mandaron a cubrir las elecciones que ganó Isaac Rabin. A vueltas con el cuento «Las dos hermanas», sentada a una de las mesas del Café de la Ópera, en la Rambla. Más que escribir, veo pasar gente. Café con leche de hospicio —han echado fría la leche.

Acabo de comunicar a Sorolla y a Luis Molla mi disponibilidad para marcharme de corresponsal a América Latina, a México, donde ya tienen chiringuito, o allí donde consideren que merece la pena abrirlo: Buenos Aires, La Habana, Bogotá, El Salvador… A ver qué dicen. La vida es un continuo arrojar dados al aire. ¿Te imaginas que sale? ¿Y si me extravío por el camino? No quiero echar por la borda lo poco que he conseguido a base de esfuerzo, de estudiar como un macaco, de aguantar mucho, de años sin vacaciones, de hacer horas por un tubo, de vender pantalones en una tienda marcando el bajo con alfileres… Con el primer cliente me equivoqué; le puse al hombre un dobladillo tobillero, como para ir a pescar ranas.

La otra noche cené con A. ¿Qué nos ha pasado? ¿Quién ha tenido la culpa? En ningún momento salió de su boca «vivamos juntos», ni la pregunta «¿quieres vivir conmigo?». Tal vez habría sido un fracaso el experimento. Ya no sé a quién de los dos correspondía dar el penúltimo tirón de la cuerda.

He llorado tanto.

Leo una entrevista de Ignacio Vidal-Folch al general Wojciech Jaruzelski, el último presidente de la Polonia comunista. Vástago de la nobleza, fue deportado con sus padres a Siberia, a la taiga, a cuarenta grados bajo cero, donde tuvo que soportar un trabajo muy duro en el bosque que no especifica. Talar, supongo; o hacer carbón; o arrancar mineral. Estuvo a punto de perder la vista por culpa del reflejo del sol sobre la nieve, y el problema aún se agravó por su pasión lectora, pues devoraba libros de regreso al barracón, bajo la llama débil de un quinqué. En invierno la luz baja muy pronto en esas latitudes. Allí conoció bien la gran literatura rusa —Tolstói, Chéjov, Gógol, Dostoievski— y, a través de ella, al hombre ruso, sus intenciones, su manera de pensar. Sus esquinas.

Ahora, casi treinta años después, me pregunto si no fue premonitoria la lectura de aquella entrevista en La Vanguardia que tanto me impresionó, como si los vaivenes de la vida estuviesen decididos de antemano por una geometría secreta del azar. Jaruzelski, el mandamás intimidante tras las gafas de lentes oscuras, el que impuso la ley marcial en Polonia, fallecido en mayo de 2014, enamorado de la literatura rusa. Cuando pegué el recorte en la libreta, que hoy amarillea, aún ignoraba la cantidad de nieve y la fascinación lectora que me aguardaban. Ceguera por deslumbramiento.

Otra idea peregrina para un cuento, «El inquilino». Un tipo aferrado a una maleta llega a una dirección en Londres, en el barrio de Mile End. Lleva las señas anotadas en un papel. Comprueba que se trata del semisótano de una vivienda victoriana. Tan pronto como abre la puerta —le cuesta hacer el juego con la llave— se tira sobre la cama con los pantalones y los calcetines húmedos de lluvia. Le duele la quijada. Dormita. Se despierta tiritando. Rebusca en los cajones de la cocina y encuentra un sobre de sopa de champiñones instantánea. Pone el kettle y la radio, que habla de la huelga de los mineros. Mientras el agua se calienta, abre la maleta que ha posado cuidadosamente sobre la mesa. De inmediato, sabe que tiene que huir. ¿Por qué? ¿Por lo que aparece dentro? ¿Porque alguien ha vislumbrado el contenido desde la ventana que da a ras de calle?

Atmósfera, solo maldita atmósfera.

La corresponsalía de Moscú se queda vacante, y me la ofrecen. Así, a bocajarro. Tengo una semana para pensármelo, dicen. ¡Pero si acabo de alquilarme un piso! No hace ni un año que regresé de Londres y ya me estoy liando la manta a la cabeza otra vez. ¿No era esto lo que querías? América Latina, mi sueño, es un espejismo sin el tirón informativo de Rusia. Presiento que este tren no volverá a pasar por mi apeadero. Si finalmente acepto la propuesta, me iría pasadas las navidades y habiendo renunciado a la plantilla. Sin seguridad social, como externa a la empresa. Mi salario lo cobraré en España, sin pagas extra ni un bonus por los domingos trabajados. Un sueldo fijo, escriba las piezas que escriba; pueden pedirme cuantas quieran. Ese es el pacto.

Algunos no dan un duro por mí. No creen que aguante.

Desde la centralita de la sección de Internacional, telefoneo a Berna G. Harbour a Moscú. Me gusta su voz, me da confianza. Me aconseja que, aparte de leotardos para ponerme debajo del pantalón, no me olvide de echar en el equipaje tres cosas: papel de váter, antibiótico (Clamoxyl, Augmentine) y jeringuillas desechables. Ella les corta los pies. A los leotardos.

Despedidas encadenadas; familia, amigos, mis dos Nurias… Almuerzo melancólico con A. en La Milonga. La mirada cómplice y las historias tangueras del señor Roca. A. me regala dos libros para que me los lleve en el equipaje: El doctor Jivago (escrito así), de Borís Pasternak, en una edición de 1967, y Rehén de la eternidad, el libro de memorias de su amante, el gran amor de Pasternak, Olga Ivínskaya, con una dedicatoria de su puño y letra. También me regala una brújula, como Denys Finch Hatton a Karen Blixen en Memorias de África. «Denys me había dado una brújula, para seguir el rumbo, dijo, pero más tarde comprendí que navegábamos con rumbos distintos. Quizás él sabía, aunque yo no, que la tierra fue creada redonda para que no podamos ver el final del camino».

He venido a caer al barrio de la Universidad, a unos trece kilómetros de la Plaza Roja; no está mal para las distancias de la ciudad, con un diámetro de cien kilómetros. El piso tendrá unos cincuenta metros cuadrados, empapeladas las paredes con motivos florales, como los que adornaban mi casa, la de mis padres, en los años setenta. Los muebles son del casero. Los electrodomésticos, míos; se los he comprado a Berna: una nevera argelina, un televisor checoslovaco y una la

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