Vida y tiempo de Manuel Azaña (1880-1940)

Santos Juliá

Fragmento

intro

Presentación

La primera vez que oí hablar en serio de Manuel Azaña fue a don Ramón Carande, en alguno de nuestros largos paseos por calles y plazas de Sevilla, hacia mediados de los años sesenta, cuando todavía era costumbre conversar mientras se caminaba. Me decía don Ramón que nosotros, los jóvenes, debíamos conocer a don Manuel Azaña y leer sus obras. Como otra de las incitaciones a la lectura que de don Ramón había yo recibido, Max Weber y su magna obra Economía y sociedad, resultó un verdadero descubrimiento, me animé a comprar en una librería que el mismo don Ramón me recomendó, situada en la calle de Mateos Gago, en la acera de la derecha conforme se sube desde la plaza de la Virgen de los Reyes, la edición recién aparecida de los cuatros volúmenes de Obras completas que el profesor Juan Marichal había preparado para la editorial Oasis de México y que se vendía de tapadillo, a finales de los sesenta o comienzos de los setenta, por el precio de seis mil pesetas.

La lectura de Azaña despertó mi interés por nuestra reciente historia, tan recusada por una generación que había recibido desde escuelas, púlpitos y tribunas el gran relato de la cruzada de una España verdadera contra otra España que no lo era, sino Anti-España. La pregunta que de inmediato suscitaban los discursos y diarios de aquel escritor y político por entonces realmente desconocido, podría resumirse en una simple cuestión: ¿cómo fue posible que en la España de los años treinta, de la República y de la Guerra Civil, alguien dijera esas cosas y las dijera así? Tenía razón don Ramón: merecía la pena leer a Azaña porque un pasado del que nos cortó abruptamente la guerra de nuestros padres, se convertía, al descubrir su palabra, en un tiempo digno de ser descifrado, un pasado en el que era preciso hurgar porque en él podían encerrarse algunas de las claves para una cabal comprensión de la miseria que nos había tocado en el presente.

De ese primer encuentro y de mi primera inmersión en los años treinta ya pude comprobar que la meritoria empresa de Juan Marichal no era todo lo completa que su título sugería. Por ejemplo, faltaban los discursos electorales. En realidad, faltaban todos los discursos que Manuel Azaña no había incorporado en vida a los volúmenes editados por él mismo. Luego, cuando comenzaron a organizarse coloquios y exposiciones y se emprendieron las primeras investigaciones sobre los partidos políticos en la República, fueron apareciendo más piezas, algunas de ellas fundamentales, como El problema español o Apelación a la República, que se daban por perdidas. Por entonces, y después de varios trabajos sobre la izquierda socialista y el Frente Popular en los años treinta, mi interés se centró en el estudio del conflicto social y la lucha de clases en Madrid, quedando siempre Manuel Azaña como a la espera de una ocasión propicia para volver sobre su persona y su acción política.

La ocasión llegó cuando, por la cercanía del cincuenta aniversario de su muerte, Javier Pradera me sugirió la posibilidad de escribir una biografía política para Alianza Editorial. El problema para afrontar ese trabajo consistía en que, habiendo aparecido los papeles de Azaña incautados en Pyla-sur-Mer, el gobierno presidido por Felipe González había decidido entregar a su viuda, doña Dolores de Rivas Cherif, la totalidad del archivo, que salió de España para quedar depositado en lugar hoy todavía ignoto e inaccesible. Se decía que allí había nuevos diarios del tiempo de la guerra y que se estaba preparando una edición que saldría pronto a la calle. Una visita a la directora del Archivo Histórico Nacional interesándome por otro rumor que también corría, que antes de ser entregados a su viuda, los papeles de Azaña habían sido microfilmados, no dio resultado.

Decidí entonces escribir la biografía política, cortando la historia el día en que Azaña fue elegido presidente de la República, el 10 de mayo de 1936, a la espera de las novedades que pudieran producirse en torno a los misteriosos papeles. Fue, claro está, el primer error de aquel libro. Del segundo sólo yo fui responsable: haber creído a Manuel Azaña cuando, en tiempos de la República, repite una y otra vez que llegó al poder sin un pasado político, como si hubiera vivido todo el tiempo encogido hasta que por fin llegó la hora de su estiramiento. Inducido a error por el mismo Azaña, presté una atención muy superficial a los años de su juventud, de su trabajo en el Ateneo, de su militancia en el Partido Reformista, y de su actuación durante la dictadura. Algo intenté indagar en su carrera como funcionario pero, víctima en este caso de un engaño, lo dejé estar.

Por una cosa o por otra, el resultado fue que aquella biografía quedó manca de la guerra y del destierro, coja de juventud e hinchada sobremanera de República: de sus 500 páginas, 450 se dedicaban al periodo que va de enero de 1930 a mayo de 1936, seis años de la vida de Azaña, quedando los cincuenta anteriores mal comprimidos en 50 páginas y los cuatro finales pendientes para otra ocasión. La ocasión llegó con la presencia en la dirección del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y en la Subdirección de Publicaciones de los profesores José Álvarez Junco y Javier Moreno Luzón, que acogieron con entusiasmo y eficacia el proyecto de editar unas obras de Azaña más completas de las que en su día pudo recopilar el profesor Marichal. Para eso, no bastaba incorporar lo publicado por Azaña y no incluido en aquella edición, que no era poco; sino que era preciso acceder además al contenido del microfilm, que verdaderamente existía aunque nadie hubiera tenido todavía ocasión de consultarlo.

Solventados los problemas de autorizaciones y derechos, mi sorpresa fue mayúscula al comprobar que los documentos microfilmados eran muchísimo más numerosos y de mayor interés de lo que se podía deducir por las noticias y comentarios publicados en su día por los expertos que tuvieron la ocasión de echar un vistazo a los papeles resucitados del armario de la Dirección General de Seguridad antes de que volviera a tragárselos la tierra. Con ellos, más todo lo que había ido recopilando de la prensa diaria y de las revistas, la edición proyectada dejaba de ser un complemento a la aparecida en 1966-1968. Era, en realidad, una nueva edición, que por una parte permitía poner en valor los periodos de la vida de Azaña apenas tocados en biografías anteriores; y, por otra, narrar desde una base documental mucho más sólida la vida entera del personaje, prestando una especial atención a su familia, a su infancia y juventud, a sus amistades, sus aficiones y gustos, al empleo de su tiempo, su trabajo, sus lecturas, los ámbitos de sociabilidad en los que se movía, los debates en los que participaba. Había que desechar la imagen, cansinamente repetida hasta hoy, del solitario, desconocido, frustrado, rencoroso, oscuro funcionario, y comenzar por el principio, a ver qué salía.

Y esto es lo que he intentado con esta Vida y tiempo de Manuel Azaña, amablemente empujado por María Cifuentes y Juan González, desde la editorial Taurus, para acompañar una nueva salida a la calle de la misma edición de 2007. Una c

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