Grace Kelly

Donald Spoto

Fragmento

Introducción

Introducción

Durante nuestro último encuentro, pregunté a Grace Kelly Grimaldi si tenía previsto escribir su autobiografía o autorizar a algún escritor para que trazara la historia de su vida. «¡Me gusta pensar que todavía soy demasiado joven para eso!», me dijo entre risas. Y sin el menor atisbo premonitorio añadió: «Donald, lo mejor sería que esperaras a que hubieran transcurrido veinticinco años de mi muerte para contarlo todo». He cumplido su petición: Grace nos dejó en septiembre de 1982, y yo empecé a trabajar en este libro a comienzos de 2007.

Desde nuestra primera reunión la tarde del 22 de septiembre de 1975, durante varios años pasé muchas horas en compañía de tan notable mujer. Enseguida me brindó su amistad, que se fue haciendo más profunda con el paso del tiempo. Cuando nos conocimos en su hogar de París, estaba preparando el traslado de su apartamento en la avenue Foch a otra residencia no lejos de allí. Había cajas de embalaje por todas partes y el personal de la mudanza trabajaba con silenciosa eficiencia. Mis grabaciones de esa tarde indican que solo hubo tres breves interrupciones en nuestra larga conversación.

La primera ocurrió cuando un anciano criado, el único que vi en la casa ese día, quiso saber si podía ofrecerme algo y Grace me preguntó si me apetecía un té con galletas. La segunda se produjo un poco después, cuando Grace se disculpó y se levantó para abrir la puerta de cristal de la terraza y dejar entrar a su gato, que estaba impaciente por olfatear al desconocido visitante. Más tarde la hija menor de Grace, la princesa Estefanía, que entonces contaba diez años, salió de su habitación y dijo: «Mamá, no encuentro mi suéter amarillo». Su madre le indicó que mirara en el lugar mas lógico, los cajones de la cómoda. Estefanía regresó al cabo de unos minutos, incapaz de dar con su querida prenda. Grace se disculpó, fue a ayudar a Estefanía y reapareció tras haber resuelto rápidamente el problema.

Ningún criado se había hecho cargo del asunto ni se ocupó de la niña durante mi visita. «Espero que no le molesten estas breves interrupciones —me dijo Grace más tarde—. No nos gusta dejar a los niños en manos de niñeras o cuidadoras. Preferimos ayudarlos personalmente. Sabemos qué hay que decirles cuando tienen que hacer algo por sí solos. No siempre tienen a alguien detrás que se lo hace todo, se lo aseguro.»

Mi visita de ese día formaba parte importante de las labores de documentación para mi primer libro, El arte de Alfred Hitchcock, el primer trabajo en el que analizaba todas las películas del maestro. Sabía que Grace raramente concedía entrevistas, de modo que no albergaba grandes esperanzas cuando escribí a su secretario del palacio de Mónaco desde mi casa de Nueva York. Hasta 1975, en mi currículo como escritor solo constaban unos cuantos artículos en revistas y un ensayo; por lo tanto, creía que no tenía muchas posibilidades de entrevistar a la princesa, que se veía constantemente asediada por peticiones de esa índole.

Sin embargo, dos semanas después recibí la respuesta de su secretario, Paul Choisit, quien me preguntaba si me gustaría hablar con su alteza serenísima en su casa de París ese mes de septiembre. ¡Y tanto que me gustaría! Así pues, partí para encontrarme con Grace poco después de haber pasado dos semanas en compañía de Alfred Hitchcock, quien aquel verano de 1975 rodaba la que sería su última película: La trama. Cuando le comenté que tenía una cita para entrevistar a Grace, me dijo con una sonrisa irónica: «Seguro que será interesante».

Mi primera conversación con Grace esa tarde de septiembre giró principalmente en torno a las tres películas que había interpretado a las órdenes de Hitchcock entre julio de 1953 y agosto de 1954. Sus recuerdos eran vívidos y divertidos y estaban llenos de anécdotas reveladoras. Tanto ese día como en ocasiones posteriores me habló también de otros directores, sobre todo Fred Zinnemann y John Ford, básicamente para comparar sus métodos y estilos con los de Hitchcock. Eran indudables el respeto y el cariño que sentía hacia este, y el profundo conocimiento que tenía de él como cineasta y como hombre. Más adelante me contó su vida y algunos hechos que me pidió no revelara «mientras yo esté en este mundo». Le di mi palabra.

En ese primer encuentro me impresionó su falta de afectación y de toda actitud regia. Llevaba un sencillo traje de chaqueta azul marino y, según recuerdo, muy pocas joyas. No se daba aires, era divertida e irónica, poseía una memoria extraordinaria y me contó unas cuantas anécdotas jugosas de Hollywood. Era una mujer realista y nada altanera, y se mostró tan interesada por mi vida como yo por la suya. Me sentí muy a gusto en su compañía. Nos pasamos la tarde sentados en un cómodo sofá, disfrutando del té y de unas deliciosas galletas, hasta que oscureció.

Cuando me disponía a marcharme, tuve una gran sorpresa.

Estábamos a punto de concluir la entrevista cuando Grace me preguntó si alguien iba a escribir un prólogo para mi obra. Le contesté que, dado que El arte de Alfred Hitchcock era mi primer libro, no había pensado en prefacios ni introducciones de nadie, y que tenía suerte de haber encontrado una pequeña editorial que quisiera publicarlo. «No dejan de pedirme que patrocine toda clase de productos —añadió—, comente libros o diga algo sobre alguna película. Me resulta imposible por diversas razones; sin embargo, en su caso haré una excepción. ¿Le gustaría que escribiera el prólogo? Si lo desea, mándeme el manuscrito cuando esté acabado.»

En diciembre le envié la versión definitiva de El arte de Alfred Hitchcock, y el 16 de enero de 1976 un correo diplomático se presentó en mi apartamento de Nueva York con el prólogo de Grace y una amabilísima carta de esta: «Le adjunto el prólogo y las galeradas, con cuya lectura he disfrutado mucho. Sin duda será un magnífico libro sobre Alfred Hitchcock».

La obra se publicó en agosto de ese año con la introducción de Grace. Treinta y tres años más tarde sigue reeditándose, han aparecido numerosas traducciones y el prólogo de Grace continúa honrando mi debut como escritor. Su acto de generosidad constituyó un importante complemento e hizo que se fijaran en el libro personas que, de otra manera, no le habrían prestado atención. Y sí, también me dio permiso para aprovechar su nombre y sus palabras a la hora de promocionar la obra.

En el verano de 1976 Grace me invitó al palacio de Mónaco, donde le hice obsequio del segundo ejemplar del libro. El primero, claro está, había ido a parar a manos de Hitchcock. Era un día tórrido y húmedo, y ella había vuelto de su casa de campo especialmente para la reunión. Fui conducido a las dependencias reales, donde Grace, ataviada con un vestido de gasa naranja, intentaba abrocharse una pulsera. «Oh, Donald —me dijo con una sonrisa al verme, y me tendió la muñeca—, ¿te importaría ayudarme?»

«¿Qué

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