Yo siempre creí que los diplomáticos eran unos mamones

Inocencio F. Arias

Fragmento

c1

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Caerse del caballo

Si esto es café, tráigame, por favor, un poco de té, y si es té, tráigame un café.

ABRAHAM LINCOLN

Yo siempre creí que los diplomáticos eran unos mamones.

Claramente mamones. De verdad. Mariposones atildados flotando de cóctel en cóctel. Gente afectada, bien planchada, que sólo bebía té, whisky de doce años —el Johnny Walker normal era una horterada—, ginebra de nombre extraño o un jerez amontillado muy raro, de una bodega diminuta pero fabulosa que embotellaba para ellos unas cajas especiales que hacían las delicias de las baronesas británicas y de otros forasteros de prosapia; personas que intercalaban displicentemente palabras en inglés o francés en el curso de cualquier conversación, aunque se tratase de cómo castraban a los cerdos en Asturias o cómo Di Stéfano remataba con el tacón; en una fingida complicidad contigo («très primitif» o «¡quite amazing!» proferían con espanto), mientras tú no tenías ni idea de lo que estaba marmullando y te apetecía decirle: «Has soltado cuatro o cinco palabras extranjeras en tres minutos y no sé si eres, o si es usted —en los cincuenta el “usted” aún existía— un fantasma o un mamón integral».

No lo decías, pero salías corriendo. Me pasó en Murcia cuando iba yo por tercero de Derecho. Alguien nos presentó a un diplomático relativamente joven que parecía un pincel y que portaba chaleco en el tórrido junio murciano. Iba total para el verano de la tierra del Segura. Dio una charla no sé dónde, ¿en el Casino de Trapería?, en la que dejó caer los inevitables galicismos —en aquella época el francés era el idioma de la «Carrera»—, pontificó que De Gaulle era un personaje insufrible pero que las francesas tenían mucho «charme» (encanto) y que Juliette Greco era «divina», aparentemente fría pero sensual, «muy francesa, en definitiva», subrayaba. Todo esto sazonado con pinceladas que intentaban mostrar su cercanía a los personajes que nombraba, y, en el caso de la Greco o de la novelista Françoise Sagan, que pienso también mencionó, incluso su intimidad.

Yo saqué la impresión de que a De Gaulle a lo sumo lo había visto en la tele, que empezaba a extenderse en Europa, o en una recepción el 14 de Julio en la que habría unas setecientas personas y en la que él quizá había estado a unos treinta metros del «insufrible». Y que en lo tocante a la cantante y a la novelista, había, a mucho tirar, entrado en la tienda en la que había leído que la Greco y la Sagan compraban sus sujetadores y pedido ver y tocar uno —entre los diplomáticos también hay fetichistas— para tener ensoñaciones voluptuosas y poder inspirarse para su charla en Murcia o Logroño. Su fijación podía estar precozmente justificada: recordemos que a principios de 2016 Givenchy manifestaba que su colección de ropa interior de la temporada se inspiraba en las religiones mundiales y H. Ackerman encontraba igual motivo en la falta de humanidad en el mundo (sic).

Fuera falso o remotamente cierto —no podemos descartar que también supiera dónde compraba su ropa interior Brigitte Bardot—, los diplomáticos estamos al tanto de los meandros políticos y económicos de los países en los que estamos acreditados y la Bardot, después de todo, era una fuente de divisas para el país vecino —y que nuestro hombre, para enriquecer su acervo cultural, hubiese realizado una estudiada y audaz incursión soñadora en esa «boutique» (¡ostras, ya he pecado yo con un galicismo!; cuarenta y cuatro años de carrera no pasan en balde) para contemplar de cerca aquellos sujetadores de la rubia bomba francesa que elevaban el pecho lo justo, ¡quién sabe!—; la cuestión es que yo colegí que el disertante era un fantasma y nunca me cruzó por la cabeza intentar entrar en su profesión.

Yo, por tradición familiar y por la obsesión de mi enérgica madre, que, cuando terminé el bachiller en los jesuitas, me quitó de un plumazo de la cabeza cualquier frívola veleidad de hacer periodismo, iba, no sabemos si con éxito final, para notario. Lo que había sido mi padre y adonde se encaminaba mi hermano Mariano. A éste le había impedido hacerse cura («primero termina Derecho, después hablamos, y ahí ya…»). En aquella época, una madre de carácter, viuda por más señas, era inapelable en sus decisiones. La relación de fuerzas paternofiliales ha cambiado.

Aproximándose el fin de recorrido universitario, mis intenciones no habían mudado. Mi remota percepción de los diplomáticos seguía inalterable. Cuando alguno de mi curso apuntó la posibilidad de preparar la oposición a esa profesión, alguien comentó convincentemente en el Club Universitario murciano que lo tendría crudo: no entraría, fundamentalmente por no ser hijo de papá; había que saber separar el dedo meñique con naturalidad de la taza en que sorbías pausadamente tu té inglés; te suspendían si pronunciabas los idiomas con acento de Murcia; en el examen oral, en el llamado tema libre, te podían pedir arteramente que expusieras las maldades y bondades del comunismo (esto en la época de Franco tenía forzosamente que tener trampa) o defendieras los pros y los contras de cambiar de parejas si en un guateque sofisticado algún progre proponía que lo llevarais a cabo esa noche tú y su mujer con él y la tuya; que tu mesa de comedor tenía que ser rectangular y medir un mínimo de 2,45 metros; que había que ir a muchos cócteles con zapatos impecables aunque te apretasen; que, cuando te casaras, el Generalísimo debía darte la autorización; que toda tu vida tendrías jefe, al que llamarías de usted…

El pobre debió de quedar anonadado. Personalmente, el tema me resbaló, yo estaba en otros rollos cavilando sobre un inminente examen de Civil, tema importante por ser una buena base para Notarías, y reafirmando mi convicción de que esa profesión era lo que siempre había pensado, una frivolidad. Los escollos suscitados me parecieron un disparate y consideré inicialmente raro que lo del cambio de parejas resultase dificultoso para un alevín de diplomático. Yo, surgiendo esa propuesta en un guateque, pensé que salvaría la situación pidiendo que tocasen una cosa lenta, siempre he sido un patoso en las piezas modernas; me caí del burro: no era nada de bailar, cuando alguien del grupo contó que lo había visto en una película francesa y que allí las parejas intercambiadas se comportaban, o fingían hacerlo, con naturalidad, al meterse en dormitorios diferentes. Deduje, entonces, que se trataba de un ejercicio propuesto por un depravado miembro del Tribunal o una trampa saducea ideada por un franquista para calibrar la moralidad del futuro defensor de nuestro acendrado catolicismo.

Me extrañó que no le mencionasen que había que saber mucho de relaciones internacionales. Era un tema que me picaba la curiosidad desde que a los diez años leía en la prensa, el Ideal de Granada o el ABC que recibía mi padre, las vicisitudes de la guerra de Corea en la que el falaz Mao Tse Tung ayudaba en su invasión al rojerío norcoreano frente a los buenos del Sur y al intrépido americano MacArthur al que el ABC y la prensa del Movimiento ponían por las nubes. Había cosas que con diez o doce años no enten

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