Quizás vivir sea esto

Jorge Egocheaga Rodríguez

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Primavera de 2014. Khebang, Nepal

El pueblo es tranquilo y ordenado, en medio de huertos y exuberantes campos. Las casas están decoradas con flores en los balcones. En el centro hay un campo de tierra con una red de voleibol y balones de fútbol. La escuela está al lado y, a través de las ventanas abiertas, escuchamos a los niños repetir cantando la lección.

Nos detenemos a pasar una noche en una pequeña cabaña que sirve también como refugio. El marido está en un pequeño cuarto que es a la vez habitación para toda la familia; la esposa, en la cocina. Ella tiene el pelo largo y negro, recogido, enmarcando un rostro de rasgos armoniosos. Su cuerpo, de formas suaves, está envuelto en un vestido tradicional de color brillante, adornado con joyas.

Ambos nos dan la bienvenida con cortesía y discreción. Mientras nos damos un deseado baño en la fuente pública, ella pone una alfombra en el suelo para que podamos sentarnos a descansar. Esperan a los porteadores y a nuestros cocineros.

Somos cuatro: tú, Martín, Romano y yo.

La cara de la mujer está iluminada por una sonrisa tan dulce como un abrazo. En su mirada brilla una belleza destinada a no desvanecerse, espejo del alma de una feminidad milenaria. De vez en cuando nos ofrece algún regalo: una taza de té (dut-chà, té con leche nepalí), un plato de arroz frito.

Es una madre que se ocupa de que todos estemos alimentados.

En la pequeña granja, una mujer y su hija trillan la cebada. Separan los frijoles de la paja para recogerlos en bolsas; un trabajo duro y meticuloso, para no desperdiciar nada, realizado con una economía del gesto repleta de gracia y armonía. Las estuve mirando encantada, hasta que ataron los sacos y barrieron el corral.

Como todas las tardes que pasamos en los campamentos, tú te preparas para abrir la clínica ambulante destinada a aldeanos y porteadores. Debajo del cobertizo que hay detrás de la casa, soy testigo de las visitas que recibes.

Un porteador necesita una inyección, pero, aterrorizado como está, su cuerpo es tan duro como una pieza de madera. Sus compañeros, reunidos alrededor, estallan en carcajadas.

Un hombre se acerca con un niño pálido en los brazos. Le das las medicinas. Ni una tableta más de las necesarias —me explicas— porque de lo contrario se las tomaría todas juntas, como si fueran dulces.

Un bebé tiene grandes eccemas infectados en la espalda. Antes del tratamiento le das a su abuela un pedazo de jabón para que lo lave y lo seque bien. Fue suficiente.

Te pregunto si estos niños tienen defensas superiores a las nuestras. «En parte sí —respondes—, pero si algo se complica un poco, simplemente mueren.»

Recuerdo el correo electrónico que nos escribiste en marzo interesándote por el estado de salud de Romano. Dijiste que estabas trabajando en África, pero pronto llegarías a casa e irías directamente a Nepal. Martín y tú queríais volver al Kanchenjunga. Deseabais una pequeña, muy pequeña expedición, «pero sería bueno —agregaste— compartir con vosotros esta nueva experiencia». Y concluiste: «Te mando un gran abrazo y las sonrisas de los niños que me rodean».

Todavía estamos luchando con la subida a nuestro decimoquinto ochomil: la enfermedad de Romano. Aún tenía algo de dolor postrasplante, una prótesis de cadera, neuralgia traumática por herpes... Pero tu correo electrónico era como una ventana que de repente se abría hacia el este, donde nace el día, y hacia allí huimos.

«Querido Jorge, te veremos en Katmandú el 9 de abril», te respondimos.

Te miro mientras cuidas a estas personas y me impacta la empatía de tu mirada y tus gestos, libres de cualquier falsa bondad.

Observo y soy consciente de que, además de a los niños, te encanta cuidar a los ancianos. Te alegras cuando los ayudas a recuperar al menos un poco de movilidad y autonomía. «A veces, para que se sientan mejor, basta con hablar un poco, eximirles de tanta soledad, enseñarles que aún hay rayos de sol en sus vidas.» Me explicas que en las sociedades inteligentes los ancianos no son una carga, su experiencia los convierte en una riqueza y son seres muy valiosos para la comunidad. Quién sabe cuánto más sólida sería nuestra sociedad si se fundara en la relación que proviene de la aceptación, el regalo y el cuidado, en lugar de excluirla, separarla y subyugarla; si cada uno de nosotros se sintiera responsable de nuestra vida diaria para construir el futuro... Al final de la vida no hay inocencia si se renuncia a la responsabilidad.

Hace solo unos días los cuatro estábamos en la cima del Kanchenjunga. Para ti, el decimocuarto ochomil, el final de un viaje nacido por casualidad y continuado para cumplir el sueño de amigos que ya no están. Para nosotros dos, el primer pico después de nuestro ochomil número quince. A Romano le llevó cinco años y dos trasplantes de médula escalar esa montaña tan difícil. Cinco largos años sumido en una oscuridad de la que no se conocía el resultado o el final. Y mientras la enfermedad nos robaba la vida, instintivamente continuamos haciendo lo que sabemos: caminar unidos por la cuerda, dar un paso tras otro, continuar ascendiendo sin preguntar por qué.

Este largo y arduo viaje nos ha unido y nos ha dado como regalo el cuidado de todos aquellos que habéis estado a nuestro lado siempre, como tú. Tú, que no consideras que cuidar del otro sea un sueño noble, sino una realidad que se vive día a día.

Y en nuestro tiempo ciego, ese que solo cree en el intercambio, hemos entendido la energía revolucionaria que proviene de la alianza entre los seres humanos y que es, a pesar de los «dioses» de este tiempo, un regalo gratuito y silencioso.

NIVES MEROI Y ROMANO BENET[1]

Prólogo

Me despierto. Son las cinco de la madrugada. Recuerdo la pesadilla en la que estaba envuelto hace solo un instante. Mi espalda me está matando, o quizás son los malos sueños reverberantes, o quizás ambas cosas...

Soy médico, por lo que sé que debo levantarme despacio para no despertar los dolores de mi cuerpo. Camino por el pasillo de mi pequeño piso con calma. Cuando llego al salón me tumbo en el suelo. Mis vértebras restallan. Tengo apenas cincuenta años, pero en

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