Una educación

Tara Westover

Fragmento

cap-2

Prólogo

Estoy encima del vagón rojo abandonado, al lado del establo. Cuando el viento arrecia, el pelo me azota la cara y el frío se me cuela por el cuello abierto de la camisa. Los vendavales son fuertes cerca de la montaña, como si la cumbre misma exhalara. El valle está tranquilo, sin que nada lo perturbe. Entretanto, nuestra granja baila: las rotundas coníferas se balancean despacio mientras tiemblan la artemisa y los cardos, que se inclinan ante las ráfagas y las corrientes. Detrás de mí, una colina suave asciende para unirse a la base de la montaña. Si miro hacia arriba, veo la forma oscura de la Princesa India.

La colina está revestida de trigo almidonero. Si las coníferas y la artemisa son solistas, el trigal es un cuerpo de baile en el que cada tallo sigue a los demás en arranques de movimiento y un millón de bailarinas se comban, una tras otra, cuando el ventarrón les abolla la dorada cabeza. La forma de la abolladura se mantiene solo un instante, y es lo más cerca que estamos de ver el viento.

Al volverme hacia nuestra casa, situada en la ladera, percibo movimientos de un género distinto, sombras alargadas que se abren paso con rigidez entre las corrientes. Mis hermanos varones se han levantado y miran qué tiempo hace. Imagino a mi madre frente a los fogones, donde prepara tortitas de harina y salvado. Visualizo a mi padre encorvado junto a la puerta trasera, atándose los cordones de las botas de seguridad para luego enfundarse los guantes de soldador en las manos encallecidas. El autobús escolar pasa por la carretera sin detenerse.

Aunque solo tengo siete años, sé que ese hecho, más que ningún otro, diferencia a mi familia: nosotros no vamos a la escuela.

A papá le preocupa que el Gobierno nos obligue a ir, pese a que no puede obligarnos porque no sabe de nuestra existencia. De los siete hijos de mis padres, cuatro no tenemos partida de nacimiento. No tenemos historia clínica porque nacimos en casa y nunca hemos ido a una consulta médica o de enfermería.[1] No tenemos expediente escolar porque jamás hemos pisado un aula. Cuando cumpla nueve años, inscribirán mi nacimiento en el registro civil, pero ahora, según el estado de Idaho y el gobierno federal, no existo.

Sí existía, desde luego. Había crecido preparándome para los Días de Abominación, esperando a que el sol se oscureciera y la luna rezumara sangre. En verano elaboraba conservas de melocotón y en invierno reordenaba las provisiones según su caducidad. Cuando el Mundo de los Humanos se viniera abajo, mi familia seguiría adelante, incólume.

Me habían educado en los ritmos de la montaña, en los que el cambio no era esencial, sino tan solo cíclico. Todas las mañanas aparecía el mismo sol, que después de recorrer el valle descendía detrás del pico. La nieve caída en invierno se derretía en primavera. Nuestra vida era un ciclo —el ciclo del día, el ciclo de las estaciones—, un círculo de cambio perpetuo que, una vez completado, significaba que nada había cambiado. Creía que mi familia formaba parte de ese modelo inmortal, que en cierto sentido éramos eternos. Pero la eternidad pertenecía solo a la montaña.

Mi padre contaba una historia acerca del pico, antiguo y grandioso como una catedral. Si bien en la cordillera había otros más altos e imponentes, Buck’s Peak era el de factura más bella. Con una base que se extendía un kilómetro y medio, su masa oscura surgía de la tierra y se elevaba para formar un chapitel perfecto. Desde cierta distancia se distinguía la huella de un cuerpo femenino en la cara de la montaña: las enormes quebradas constituían las piernas; el pelo era un conjunto de pinos dispuestos en abanico sobre la cresta septentrional. Su actitud era imperiosa, con una pierna adelantada en un movimiento vigoroso, más una zancada que un paso.

Mi padre la llamaba la Princesa India. Todos los años, cuando la nieve empezaba a fundirse, emergía de cara al sur para observar el regreso de los búfalos al valle. Mi padre decía que los indios nómadas esperaban su aparición como un indicio de la primavera, una señal de que la montaña se deshelaba, de que el invierno había terminado y de que había llegado la hora de volver a casa.

Todos los relatos de mi padre giraban en torno a nuestra montaña, nuestro valle, nuestro abrupto pedacito de Idaho. Nunca me advirtió de lo que debía hacer si me marchaba de la montaña, si cruzaba océanos y continentes y acababa en un territorio desconocido, donde ya no podría buscar en el horizonte a la Princesa. Nunca me contó cómo sabría cuándo había llegado la hora de volver a casa.

cap-3

PRIMERA PARTE

cap-4

1

Escoger lo bueno

Mi recuerdo más vivo no es un recuerdo. Es algo que imaginé y que luego llegué a evocar como si hubiera sucedido. Se formó cuando tenía cinco años, poco antes de que cumpliera los seis, a partir de una historia que mi padre contó con tanto detalle que cada uno de mis hermanos y yo fraguamos nuestra propia versión cinematográfica, con tiros y gritos. En la mía había grillos. Es lo que oigo cuando mi familia se acurruca en la cocina, con las luces apagadas, para esconderse de los federales que rodean la casa. Una mujer alcanza un vaso de agua y su silueta queda iluminada por la luna. Resuena un disparo como un trallazo y la mujer se desploma. En mi recuerdo es mi madre quien cae, y lleva un bebé en brazos.

Lo del bebé no cuadra —soy la menor de los siete hijos de mi madre—, pero, como he dicho, nada de eso ocurrió.

Una noche, un año después de que mi padre nos contara esa historia, nos reunimos para escucharle leer a Isaías, la profecía sobre Emmanuel. Estaba sentado en nuestro sofá color mostaza, con una Biblia enorme abierta sobre el regazo y mi madre al lado. Los demás nos habíamos desperdigado sobre la mullida moqueta marrón.

—«Comerá mantequilla y miel —salmodiaba papá con voz débil y monótona, agotado tras una larga jornada acarreando chatarra—, hasta que sepa desechar lo malo y escoger lo bueno.»

Siguió una pausa densa. Permanecimos en silencio.

Pese a no ser alto, mi padre era capaz de imponerse en una habitación. Poseía prestancia, la solemnidad de un oráculo. Sus manos, recias y curtidas —las manos de un hombre que había trabajado mucho toda su vida—, agarraban con firmeza la Biblia.

Leyó el fragmento en voz alta una segunda vez; luego, una tercera y una cuarta. Con cada repetición su tono se volvía más agudo. Sus ojos, hinchados de cansancio poco antes, estaban muy abiertos y alertas. La frase contenía una doctrina divina, afirmó. Consultaría al Señor.

A la mañana siguiente sacó del frigorífico la leche, el yogur y el queso, y al

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