La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre

Robert Southey

Fragmento

cap-2

Prólogo

Hasta hace unos pocos meses, Southey era para mí un nombre y una figura: el menos recordado hoy de los poetas lakistas, y el destinatario de la sarcástica y demoledora dedicatoria —publicada sólo póstumamente— de uno de mis libros preferidos, el don Juan de Byron. Pero que un escritor al que admiramos satirice a otro no tiene por qué impedirnos apreciar al segundo, y el «poet laureate» a quien Byron increpa desde el primer verso de su larga y vitriólica dedicatoria posee su propia entidad literaria. La lectura —más inducida que espontánea, pero apasionada y apasionante al cabo— me lo ha probado una vez más con el presente libro.

Pocas figuras del largo arribo hispano a América han generado tanta literatura como Lope de Aguirre, y quizá en ningún caso esta literatura ha revestido tintes tan sombríos. Cortés, Alvarado o Pizarro tienen admiradores y detractores, que a menudo (conocido fenómeno de mixed feelings) son ambas cosas a un tiempo, y si son sólo la segunda, rara vez niegan a tales personajes cierto margen de áspera grandeza; otros, a veces menos conocidos, como Ojeda o Balboa, suelen despertar principalmente simpatía; sólo en torno a Lope de Aguirre se ha concitado una especie de horrorizado asombro universal, que únicamente en el siglo XX se ha entreverado de clara reivindicación del personaje, en algún caso (Otero Silva) con evidente anacronismo irredentista, sin duda, por lo demás, consciente de serlo. La elaboración literaria novecentista más relevante es a todas luces la de Ramón J. Sender, y en ella, por supuesto, Aguirre se convierte en un característico héroe senderiano, como ocurre con los personajes de Bizancio o de Los tontos de la Concepción. También con espíritu contemporáneo abordó Werner Herzog al personaje en película tan valiosa como altisonante, histérica y plúmbea y fascinante a la vez. Al socaire de ella, se reeditaron la mayor parte de crónicas y escritos relativos en su tiempo a Aguirre o por él redactados; el castellano de la época y su naturaleza aliteraria limitan, con todo, muchas veces el número potencial de lectores de tales textos.

A todas luces, Southey —que cita y demuestra conocer buena parte de esta bibliografía— se propone, y lo consigue con gran éxito, conciliar tres fuentes distintas: las crónicas y testimonios coetáneos de Aguirre, de bárbara y agreste grandeza, los historiadores latinos —quizá ante todo Tácito, más en la intención moral, desde luego, que en el estilo— y el positivismo historiográfico británico. Algo parecido cabría decir de Gibbon, y, aunque el triunfo literario de éste sea de mayor envergadura y proporción —no sólo por lo mucho más extenso y vario de la materia tratada, sino por una más abarcadora ambición de escritor e historiador— lo logrado por Southey no es poco. Estamos aún, desde luego, en el terreno de la historia como género literario y como apólogo moral —Historia magistra vitae, al modo que solía decirse en Roma— y, por otro lado, la mirada de británico que dirige Southey a las demasías y desafueros hispánicos no difiere sustancialmente de la que, en el siglo siguiente, hallaremos, en torno a hechos más recientes (pero acaso, en su significación moral última, no muy distintos) en un Raymond Carr (quien, sin embargo, se propone escribir bien, pero ya no propiamente producir una obra literaria estricta).

Lo descomunal y hasta monstruoso de la historia relatada posee acentos de tragedia shakespeariana, pero la impecable ejecución estilística de Southey lo nivela y atempera todo. De consuno, la traductora y el editor han acordado traducir por entero a Southey, sin restituir las fuentes originales castellanas que cita, y que alterarían gravemente la unidad de tono del relato (pues nos hallamos —no se olvide, y no me importa reiterarlo— ante una obra literaria, y lo que cuenta es saber cómo escribía Southey, no cómo escribían, en su literalidad, Pedro Simón o el propio Lope de Aguirre). El resultado es, en mi opinión, excelente: desde la perspectiva conservadora y ponderada del common sense, y hasta con ironía en sordina a veces, el estilo de Southey impone —como de la métrica decían las preceptivas españolas antiguas— un «freno de oro» a las enormidades (y hasta a veces atrocidades) narradas. A ella, desde luego, no cabe superponer nuestra visión actual (y Southey no escapa enteramente a esta tentación en las últimas líneas de su prefacio; pero todavía, en la época de Southey, pervivían suficientes elementos de la visión clásica de los hechos de armas como para que se sortee el riesgo de lo moralmente ucrónico o anacrónico).

Pocos escritos históricos de la época de Southey se leen con tanto agrado como esta breve y tensa narración: no pretende —a diferencia de Chateaubriand o del conde de Toreno— competir en su propio terreno con los modelos clásicos, casi al límite del (logradísimo) pastiche; tampoco pretende novelar al modo de Walter Scott, Almeida Garrett o Manzoni; a lo que aspira es a contar, del modo ética y estilísticamente más adecuado posible, una historia cuya desmesura debe ser reajustada por el timbre de voz que empleará al relatarla. Desde luego, esta actitud no podía gustar a Byron (ni hubiera gustado a Espronceda, Pushkin o Victor Hugo), pero el tiempo nos vuelve a todos contemporáneos de todos, y ahora ya nos es difícil precisar si lo que en esta lectura indiscutiblemente nos cautiva es la zigzagueante fascinación del excesivo percance narrado o más bien el estilo que, sin llegar a los extremos de aparente impasibilidad irónica y de contenida pasión tras la sobriedad que hallaremos en el Stendhal de las Crónicas italianas, nos hace bucear en un mundo bullente de cintarazos y estocadas como si avanzáramos de puntillas por una silenciosa recámara amueblada por Chippendale.

PERE GIMFERRER

cap-3

Nota de la traductora

La expedición de Pedro de Ursúa en busca de El Dorado se ha contado muchas veces, y a pesar de sus episodios de extrema violencia y crueldad sigue produciendo asombro no exento de admiración. Las peripecias de aquellos hombres por territorios hostiles e ignotos dan fe de la dimensión épica de la inicial presencia española en América.

La desventura de Pedro de Ursúa es además una historia trágica y romántica: el amor por la bella Inés de Atienza, unido a una cierta lenidad no acorde con aquel entorno salvaje, causarán la caída del conquistador navarro.

El hispanista inglés Robert Southey (1774-1843) fue un buen conocedor de la historia y literatura españolas. Había viajado por España y residido algún tiempo en Portugal. Su relato de la rebelión de Lope de Aguirre se basa en las crónicas y noticias conocidas en su época. Su estilo claro y directo hace fácil y amena la lectura.

Entre los muchos estudiosos de Lope de Aguirre destaca don Emiliano Jos, profesor mío en la adolescencia, y a quien quiero dedicar un agradecido recuerdo.

Las notas señaladas con asteriscos son del autor; las numeradas son de la traductora, así como la información adicional entre corchetes. Algunas

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