Háblame de ti. Carta a Matilda

Andrea Camilleri

Fragmento

cap

Matilda, querida mía:

Te escribo esta larga carta a pocos días de cumplir noventa y dos años, cuando tú tienes casi cuatro y todavía no sabes lo que es el alfabeto.

Espero que puedas leerla en la plenitud de tu juventud.

Te escribo a ciegas, tanto en sentido literal como figurado. En sentido literal, porque en los últimos años la vista me ha ido abandonando poco a poco. Ahora ya no puedo ni leer ni escribir, sólo dictar. En sentido figurado, porque no consigo imaginarme cómo será el mundo dentro de veinte años, ese mundo en que te tocará vivir.

Y es que, querida mía, en las tres últimas décadas las transformaciones que se han producido a mi alrededor han sido muchas, algunas de ellas absolutamente inesperadas y repentinas. El mundo ya no tiene el mismo aspecto que en mi juventud y mi madurez. Han contribuido a ello los cambios políticos, económicos, civiles y sociales, los descubrimientos científicos, el empleo de la tecnología más avanzada, las grandes migraciones de masas de un continente a otro o el relativo fracaso de nuestro sueño de una Unión Europea.

¿Y por qué siento la necesidad imperiosa de escribirte?

Respondo a mi propia pregunta con cierta amargura: porque tengo plena conciencia, debido a mi provecta edad, de que no se me concederá el placer de verte madurar día a día, de escuchar tus primeros razonamientos, de asistir al crecimiento de tu cerebro. En resumen: me resultará imposible hablar y dialogar contigo. Así pues, estas líneas mías pretenden ser un pobre remplazo de ese diálogo que nunca existirá entre nosotros. Por eso, antes que nada, considero necesario hablarte un poco de mí. Quizá Alessandra, tu madre, te cuente algo, pero prefiero ser yo quien te hable de mí y de mis tiempos con mis propias palabras, aunque (así lo deseo de todo corazón) algunas de ellas, como, por ejemplo, «nazismo», «fascismo», «racismo», «campo de concentración», «guerra» o «dictadura», te resulten remotas y obsoletas.

Nací en 1925 en Porto Empedocle, un pueblecito del sur de Sicilia habitado principalmente por pescadores, trabajadores portuarios, carreteros y campesinos. Había poquísimos oficinistas y aún menos comerciantes. Cuando empecé la escuela primaria, me encontré en una clase con niños de mi edad que en su mayor parte vivían en condiciones de semipobreza. Imagínate, los hijos de los campesinos iban al colegio con los zapatos colgados del cuello para no gastarlos y no se los ponían hasta el momento de entrar en el aula. Creo que nunca llegué a comerme entero el almuerzo que mi madre me ponía todas las mañanas en la cartera. Lo compartía casi siempre con mis compañeros, incapaz de soportar sus miradas de hambre y envidia.

Cuando nací, Benito Mussolini llevaba tres años en la Jefatura del Gobierno italiano y estaba sometiendo rápidamente al país al régimen de la dictadura fascista. Como supongo que ese término, «fascista», te resultará bastante difícil de entender, voy a intentar explicarte lo que sucedió en aquellos años.

En 1918, el final, victorioso para nosotros, de la Gran Guerra debería haber traído a Italia, en teoría, un período de tranquilidad económica y social. Pero las cosas no sucedieron así. Los soldados que volvían del frente tenían dificultades para encontrar trabajo, ya que la transformación en industria de paz de lo que, durante muchos años, había sido la industria bélica no se hizo con rapidez. Además, la relación entre patronos y trabajadores era manifiestamente conflictiva. De todas las promesas hechas a los soldados durante la guerra, no se había mantenido ni una sola. Eran muy habituales los enfrentamientos entre policía y veteranos, o entre policía y obreros. Se llegó al punto de que los terratenientes del Centro-Norte y algunas industrias importantes decidieron que era indispensable una vuelta al orden. Sin embargo, hacía falta una persona que tuviera el carisma necesario y que pudiera ser absolutamente fiel al mandato que se le confiaría. Su elección recayó en un antiguo líder socialista que había dirigido el periódico del Partido Socialista Italiano Avanti! Se llamaba Benito Mussolini: había sido un ardoroso defensor de la guerra y más tarde había luchado en primera línea. Para no extenderme demasiado, sólo te diré que Mussolini reagrupó a su alrededor a todos los antiguos combatientes y al sector de la burguesía, que veía un peligro real en el obrero descontento. Inspirándose en la simbología de los antiguos romanos, fundó los Fascios Italianos de Combate, cuyos miembros vestían camisa negra, iban armados con porras y tendían a la violencia. Los llamaban «escuadristas». En poco tiempo, muchas sedes de organizaciones socialistas fueron pasto de las llamas y hubo violentas confrontaciones con muertos por ambas partes. Además, en 1921 se produjo una escisión en las filas socialistas de la que nació el Partido Comunista de Italia, el PCI, cuyo primer secretario fue Antonio Gramsci. Los comunistas se convirtieron en el blanco preferido de los fascistas.

En 1922, Mussolini comprendió que podía contar con el apoyo de la gran mayoría de la población italiana. Así, el 28 de octubre de ese año, con miles de afiliados a su partido, organizó la llamada «marcha sobre Roma». La situación era gravísima. A las puertas de la capital, los fascistas se toparon con las tropas del ejército italiano. Llegados a ese punto, la guerra civil era inevitable. El primer ministro Facta acudió al rey para decretar el estado de sitio, es decir, para conseguir la autorización para que los soldados dispararan a los fascistas. En ese enfrentamiento, el fascismo sin duda habría quedado aplastado, pero, en lugar de eso, el rey tomó una decisión inesperada y no sólo no firmó el decreto del estado de sitio, sino que incluso recibió a Benito Mussolini en el Palacio del Quirinal, donde le encargó formar gobierno. En aquel momento, Mussolini demostró cierta astucia política, ya que también incluyó en su primer gobierno a liberales, demócratas y socialistas. Sin embargo, todo aquello duró muy poco y enseguida quedó claro que Mussolini aspiraba a ejercer el mando en solitario. La situación se agravó en 1924 al ser asesinado el diputado socialista Giacomo Matteotti, uno de los adversarios más lúcidos y audaces de Mussolini. Ante aquel asesinato político, buena parte del país reaccionó negativamente y Mussolini vio cómo su poder se tambaleaba, pero con la ayuda de sus escuadristas más alborotadores y violentos, en poco tiempo logró afianzar su posición.

A partir de aquel momento, en Italia el fascismo se transformó en una auténtica dictadura. Mussolini disolvió la Cámara de Diputados y el Senado para crear la Cámara de los Fascios y las Corporaciones, formada por incondicionales; prohibió la publicación de los periódicos de izquierdas; ordenó detener a Antonio Gramsci (al que luego prácticamente dejó morir en la cárcel); y sofocó con violencia cualquier manifestación de disconformidad. Como necesitaba jóvenes para sus objetivos expansionistas, inició una política demográfica un tanto descabellada que premiaba a las familias que tuvieran más hijos, eximía del pago de impuestos a los matrimonios jóvenes que en menos de un año dieran, como se decía entonces, «un hijo a la patria», y gravaba la soltería. Se produjo entonces un curioso fenómeno, y es que, con la excepción de unos pocos políticos que huyeron al extranjero, el fascismo conquist

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados