De Adolf a Hitler

Thomas Weber

Fragmento

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PRELUDIO

 

 

 

 

El 14 de diciembre de 1918 fue una jornada memorable para el nacionalsocialismo. Aquel apacible día, el candidato de un partido nacionalsocialista entró por primera vez en un Parlamento nacional. Tras el recuento de votos resultó que el 51,6 por ciento de los electores de la circunscripción de Silvertown, un barrio obrero de Essex pegado a Londres, había elegido a John Joseph «Jack» Jones, del Partido Nacionalsocialista, para representarlos en la Cámara de los Comunes británica.[1]

El nacionalsocialismo era el vástago de dos grandes corrientes políticas del siglo XIX. Su padre, el nacionalismo, era un movimiento de carácter emancipador, nacido durante la Ilustración, que aspiraba a transformar los estados dinásticos en estados nacionales, y a echar abajo todos los reinos e imperios durante el siglo y medio posterior a la Revolución francesa. Su madre, el socialismo, emergió cuando la industrialización se adueñó de Europa y generó una clase obrera empobrecida durante el proceso; alcanzó la mayoría de edad tras la gran crisis del liberalismo, desencadenada por el colapso de la Bolsa de Viena en 1873.

Durante su infancia, el nacionalsocialismo medró sobre todo allí donde la volatilidad económica de finales del siglo XIX y principios del XX vino a coincidir con imperios dinásticos multiétnicos en crisis. No es de extrañar, por tanto, que los primeros partidos nacionalsocialistas se constituyeran en el Imperio austrohúngaro. El Partido Nacionalsocialista Checo se fundó en 1898. Más tarde, en 1903, surgió en Bohemia el Partido Obrero Alemán, que en mayo de 1918 cambió su nombre por el de Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán y se dividió en dos ramas, una afincada en Austria y la otra en los Sudetes, los territorios bohemios de habla alemana. Asimismo, algunos sionistas hicieron públicos sus sueños «nacionales sociales».[2] El nacionalsocialismo no fue, por consiguiente, un hijo de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, sí alcanzó la pubertad durante ese conflicto, y creció políticamente cuando los socialistas de toda Europa se plantearon si debían apoyar o no las acciones bélicas de sus respectivos países, y cuando los políticos que se oponían al capitalismo y al internacionalismo rompieron con los partidos en los que militaban. Esos dos factores permitieron al nacionalsocialismo avanzar en Gran Bretaña hasta alcanzar el palacio de Westminster.[3]

Alemania, en cambio, se sumó más tarde a la historia del nacionalsocialismo. Pasaron seis años desde que Jack Jones salió elegido representante en la cámara baja del Parlamento británico hasta que el primer político nacionalsocialista alemán (bajo las siglas de Partido Nacionalsocialista de la Libertad) entró como representante electo en el Reichstag. Y hasta 1928, diez años después de aquel primer diputado nacionalsocialista de Gran Bretaña, los candidatos del partido que dirigía Adolf Hitler no fueron elegidos como miembros del Parlamento de la nación.

Cuando se fundó en Gran Bretaña el Partido Nacionalsocialista, en 1916, Adolf Hitler, el futuro líder del partido nacionalsocialista de Alemania, todavía era un tipo raro y solitario con opiniones políticas volubles. Su transformación en un líder carismático y un político intrigante con ideas nacionalsocialistas firmes y convicciones extremistas y antisemitas no comenzó hasta 1919, y no se completó hasta mediados de la década siguiente. Ocurrió en Múnich, adonde Hitler se mudó en 1913; una ciudad que, a diferencia de Silvertown y de muchas de las ciudades del imperio de los Habsburgo, se mantuvo políticamente estable hasta el fin de la Primera Guerra Mundial.

Aunque el tema central de este libro son los años transcurridos entre 1918 y mediados de la década de los veinte, cruciales en la vida de Hitler, también se relata el éxito tardío del nacionalsocialismo en Alemania. Además, se recoge la historia de la transformación política de Múnich, la capital de Baviera, ciudad donde Hitler se hizo un nombre, un lugar que tan solo unos años antes se habría considerado uno de los más improbables para el súbito estallido y triunfo de la demagogia y de la agitación política.

 

 

Cuando me hice historiador, jamás pensé que acabaría escribiendo tan exhaustivamente sobre Adolf Hitler. Como estudiante de posgrado fue todo un honor, y aún lo es, desempeñar un pequeño papel en la confección del primer volumen de la magistral biografía de Hitler escrita por Ian Kershaw, para el que me encargué de recopilar la bibliografía. Pero, teniendo en cuenta el gran número de excelentes estudios sobre esta figura publicados entre los años treinta y finales de los noventa —cuando apareció la biografía de Kershaw—, dudaba seriamente que pudiera decirse algo nuevo y relevante sobre el líder del Tercer Reich. Como alemán crecido en los años setenta y ochenta me preocupaba, además, al menos de forma inconsciente, que escribir sobre Hitler pareciese una disculpa. Es decir, me inquietaba regresar a mediados de siglo, cuando muchos alemanes intentaron culpar de los numerosos crímenes del Tercer Reich únicamente a Hitler y a un número reducido de personas en su entorno.

Sin embargo, cuando terminé de escribir mi segundo libro, a mediados de la primera década de este siglo, empecé a ser consciente de las taras que había en nuestra comprensión de Hitler. Por ejemplo, ya no estaba tan seguro de que supiéramos realmente cómo se convirtió en un nazi y de que pudiéramos, por tanto, sacar de su metamorfosis alguna lección adecuada para nuestros tiempos. No es que los historiadores precedentes carecieran de talento. Más bien al contrario; algunos de los mejores y más incisivos libros sobre Hitler se escribieron entre los años treinta y los setenta. Pero todas esas obras solo podían ser tan buenas como lo permitían las pruebas y las investigaciones al alcance en esa época, ya que todos estamos, necesariamente, sentados sobre hombros de gigantes.

En la década de los noventa, la idea establecida de que Hitler ya se había radicalizado siendo aún muy joven, en Austria, se reveló como una de sus propias mentiras interesadas. Los investigadores llegaron entonces a la conclusión de que si Hitler no se había radicalizado durante su adolescencia en la frontera entre Austria y Alemania, ni en su juventud en Viena, la metamorfosis política, por tanto, debió de ocurrir después. La nueva teoría sostuvo que Hitler se había convertido en un nazi debido a sus experiencias en la Primera Guerra Mundial, o a la combinación de estas con la revolución que transformó la Alemania imperial en una república. A mediados de la primera década de este siglo, esa teoría ya no tenía mucho sentido para mí, p

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