Margarita

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Fragmento

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Presentación

Siempre me he preguntado qué mueve a un personaje a escribir su autobiografía, a relatar a los demás algo de sí mismo. He leído algunas y me parece que se necesita valor para revelar parte del interior de uno, para revivir ciertos momentos desde la perspectiva individual y narrarlos desde ese punto de vista único.

Considero que los protagonistas de la vida pública debemos mostrar quiénes somos, más aún si pretendemos ejercer alguna suerte de liderazgo o actividad política que implique representar a otros. A eso obedece este libro: a contar de dónde provengo, cómo me he formado, qué cosas he vivido, qué experiencias me han marcado. Es un ejercicio al que he impreso rasgos claros de quién soy, de los sucesos que me han movido y de los personajes cuyos testimonios de vida dejaron una huella en mí.

Más que un dibujo detallado de mi infancia, comparto un resumen de mis orígenes y de mi educación; más que chismes de la vida política, que nunca me ha sido ajena, me detengo en ciertos episodios que me han resultado relevantes porque describen algo fundamental sobre el momento que atravesaba el país o me señalaron algo sobre ciertas personas que, de manera directa o indirecta, participaron en decisiones importantes para el rumbo de México.

Como todos, soy el resultado de una mezcla: la influencia de mis padres, mis propias decisiones, mi tiempo y mi circunstancia. Éste es un libro abierto, al que le faltan muchas hojas, muchas anécdotas por compartir, unas más importantes que otras pero es una ventana para mirar quien soy.

Hay en estas páginas reflexiones y anécdotas de mi vida como niña, como joven, como política, como esposa, como madre y, sobre todo, como la orgullosa mujer mexicana que soy. Es un placer compartirlas con ustedes, queridos lectores.

Margarita Zavala
Septiembre de 2016

Título

Genealogía

Diego Zavala y Ester Pérez fueron los padres de mi padre; los Zavala son originarios de Yucatán, pero mi abuelo lo confesaba a medias porque a esa rama de la familia, muy conocida por allá, perteneció don Lorenzo de Zavala, calificado de traidor pues luego de una larga vida como destacada figura política se estableció en Texas en 1835 y participó en el proceso que culminó con la declaración de independencia y, un año después, el establecimiento de la República de Texas, de la que fue efímero vicepresidente poco antes de su muerte. Aunque mi papá reniegue, mi madre simpatiza con la poca comprensión a este personaje (mi madre siempre encontraba alguna explicación humana a los comportamientos de los hombres de la historia). Dice con razón que en ese tiempo en Texas no había más que desierto y ciudades despobladas. Cuenta que su abuelo viajó durante un mes desde Chihuahua hasta San Luis Potosí en cinco diligencias para protegerse de un ataque de los indios, así que, sostiene, colonizar Texas era como invadir Marte. De hecho, los texanos reclamaban el abandono del poder central.

El caso es que don Lorenzo no perteneció a mi familia paterna, pero mi bisabuelo lo subrayaba para evitar confusiones; dicen que era un hombre que hablaba poco y cuando le incomodaba algún tema cortaba de tajo la conversación. Sabemos que mi bisabuelo tenía una auténtica vocación por el estudio del derecho (así que quizá, después de todo, también me llegó por línea de parentesco) y que era autodidacta; sin embargo, por alguna razón que ignoramos dejó Yucatán y se marchó con su familia a Morelos. Mi madre, que platica mucho más que mi padre sobre nuestros orígenes, piensa que existen dos posibilidades: o se saltó la barda por una aventura amorosa o por la imposibilidad de pagar sus deudas.

Así fue como mi abuelo, Diego Homobono Zavala, nació en Xoxocotla. No obstante, su familia emigró por segunda vez, a la Ciudad de México, y llegaron a la calle de Soto, en la colonia Guerrero. Como era el mayor de sus hermanos, tuvo que ocuparse de los pequeños al estallar la Revolución; terminó la carrera de leyes a puro brinco y trabajando, litigaba por su cuenta y dicen que mostraba un gran valor civil al exponer sus tesis. En política, su máxima autoridad moral era el general Juan Andreu Almazán, principal opositor al candidato oficial, el general Manuel Ávila Camacho, en la elección presidencial de 1940; era tanta su popularidad que el régimen organizó uno de los fraudes más escandalosos y sangrientos para mantenerse en el poder; de hecho, mi abuelo lo apoyó en su campaña electoral. Toda su familia era almazanista, opositora por convicción. En el movimiento de rechazo al fraude para imponer al general Ávila Camacho, mi abuelo fue acusado del delito de disolución social: lo acusaron hasta de simpatizar con el nazismo, porque la madre adoptiva de su esposa era de origen alemán. Pasó un tiempo en la cárcel y en casa de mi mamá está colgada la orden de arresto. Siempre me pareció una heroica advertencia para todos: el amor a la Patria puede significar pérdida de la libertad y no sólo de la vida.

Mi abuelo y sus hijos eran unos auténticos patriotas: sentían un inmenso amor por México. Siempre fueron de esas personas, como yo ahora, que preferían viajar por México que al extranjero; uno nunca acaba de conocer nuestro país. Se casó con Ester Pérez, una normalista nacida en Parras, Coahuila; era hija adoptiva de un médico, y como mencioné, hijastra de una ciudadana alemana.

Ester es mi segundo nombre. La verdad, no me gustaba nada, pero no me bautizaron así por mi abuela: resulta que todos mis tíos tenían una hija Ester. Yo conservaba la Biblia con la que hice mi primera comunión y un día, harta de que me quejara de mi nombre, mi mamá me pidió que leyera el libro de Ester; era una princesa judía, dato que ocultaba, y ganó un concurso de belleza, con lo que se convirtió en esposa del rey, ella era discreta en su secreto y, por ello, en su oración confiaba en que Dios guiaba su vida y que sólo Dios salva. Cuando el Rey decretó terminar con los judíos, ella confesó: “Si gozo, mi rey, de tu favor, si así te place, concédeme la vida. Ésa es mi petición; mi vida y la de mi pueblo; ése es mi deseo. Pues mi pueblo y yo hemos sido condenados a ser destruidos, asesinados y exterminados. Si nos hubieran vendido como esclavos o esclavas, me hubiera callado, ya que tal desgracia no sería tan grave como para importunar al rey”. Él la amaba, así que se detuvo. Salvó a su pueblo. A partir de esa lectura me reconcilié con mi nombre.

Sabemos muy poco de la historia de mi abuela paterna.

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