We the Dreamers

Josefina Vázquez Mota

Fragmento

Prologo

Prólogo

El libro escrito por Josefina Vázquez Mota, Nosotros los dreamers: Historias de vida más allá de la frontera, es una carta de amor a algunos de los líderes y activistas más inspiradores de nuestra época. Notoriamente, hace más de una década el ex presidente Vicente Fox nombró “héroes nacionales” a los mexicanos radicados en el exterior. El entonces presidente de El Colegio de la Frontera Norte, el doctor Jorge Santibáñez, lo corrigió, diciendo que, al contrario, eran “actores en una tragedia nacional”. La migración masiva de mexicanos a Estados Unidos en los años noventa provee el fondo de la historia contada en Nosotros los dreamers, el momento en que muchos mexicanos decidieron lanzarse a probar su suerte en aquel país, huyendo de la crisis económica en casa. Esos mexicanos son, en las palabras de una mamá citada en este libro, “los dreamers originales”.

Careciendo de canales legales para migrar, se aventuraron en el cruce más peligroso: por tierra. Muchos traían consigo unos bultos preciosos, envueltos en una manta, tomados de la mano de un coyote “de confianza” o cruzados con el pasaporte de un primo o vecino: sus hijos. La mayoría encontró trabajo y empezaron a invertir en una vida en Estados Unidos. Fueron pasando los años. Sin la oportunidad de regularizar su estatus se quedaron, paradójicamente, atrapados por una línea fronteriza diseñada para excluirlos. Nadie se imaginaba que pasarían 30 años después de la amnistía de 1986 (Immigration Reform and ­Control Act) y todavía no habría cola donde formarse, ni manera de conseguir “los papeles”. Para los padres de familia, este limbo prolongado duró más de lo esperado pero no fue totalmente sorprendente. Cuando migraron, sabían los riesgos que estaban tomando y la precariedad de trabajar “debajo de la mesa”, o “fuera de los libros”. Generalmente, a sus patrones no les importaba mucho su estatus, dado que trabajo sobraba para todos. Criaron a sus hijos, sin embargo, con expectativas diferentes y nuevas, aspiraciones que no se podrían imaginar en sus pueblos de origen: “trabaja fuerte y podrás ir a la universidad, podrás hacerte un profesional, te podrás superar”. Les inculcaron a sus hijos una ética meritocrática del trabajo esforzado, la perserverancia y la diligencia. Sus hijos, en su mayoría, empezaron a sobresalir. Estudios como el libro brillante de Angela Valenzuela, Escolarización sustractiva (Subtractive Schooling), nos indican que los que migran siendo aún niños superan muchas veces a sus contemporáneos nacidos en Estados Unidos. Es lo que el doctor Robert Smith, profesor en la City University of New York (CUNY), llama “el trato de la familia migrante”; cuando los papás les dicen a sus hijos: “He sacrificado todo para que tú te superes, para que no tengas que hacer el trabajo que yo hago; trabajo para que estudies”.

Sin embargo, el trato no se cumplió. A pesar del trabajo duro, las ganas y el empeño, muchos jóvenes, una generación entera nacida en México y criada en Estados Unidos, se dieron cuenta de que no tenían papeles y que sin ellos no iban a poder ir a la universidad, recibir ayuda financiera ni trabajar en el campo que estudiaron. Enfrentando este obstáculo, algunos se graduaron de la high school y siguieron en la universidad, y continuaron, todavía sin opciones, hasta la maestría, la escuela de medicina o de leyes, el doctorado… Otros, desanimados, desertaron de la escuela y asumieron los mismos trabajos que sus papás, lavando platos o haciendo pizzas. Algunos, debido a su capacidad bilingüe, encontraron trabajo como gerentes o supervisores en las mismas fábricas o restaurantes donde laboraban sus padres. Estados Unidos no cumplió su parte del trato: el énfasis en el trabajo duro fue torcido y usado como herramienta en contra de los migrantes. El sentimiento antimigrante en el país creció hasta niveles espantosos y ofensivos. Frustrados, muchos jóvenes empezaron a dedicarse a la acción colectiva, al activismo, y nació un movimiento nacional.

La propuesta de ley DREAM Act (Development Relief and Education for Alien Minors Act) fue presentada en el Congreso cada año entre 2000 y 2010. Diseñada como un camino a la legalización, específicamente para los jóvenes estudiantes, los protegería de la deportación y les daría un camino a la ciudadanía. Desgraciadamente, nunca fue aprobada. Portando playeras con las palabras “Indocumentado, sin miedo y sin disculpas”, los jóvenes “salieron de las sombras” en Chicago en 2010, declarando abiertamente su estatus y fomentando acciones a nivel nacional. Apostaron a que estaban más seguros fuera de las sombras que detrás de ellas. Muchos usaban orgullosamente en sus manifestaciones la toga de graduación, para llamar la atención hacia sus buenas calificaciones y logros académicos como una razón más para extenderles un camino a la legalización. Pero el discurso de mérito empezó a ir en su contra. Los mismos legisladores que apoyaron la DREAM Act buscaban deportar a sus padres, diciendo que los jóvenes no rompieron la ley porque fueron traídos como niños, pero que los adultos sí. Así, los dreamers fueron caracterizados como inocentes, pero sus padres fueron criminalizados. Algunos jóvenes empezaron a rechazar el discurso de mérito y la DREAM Act misma, haciendo un llamado a una legalización para todos los indocumentados y promoviendo el fin de la detención y la deportación con la campaña Ni Uno Más. Se negaron a criminalizar a sus padres. Rechazaron la idea de que sus papás rompieron la ley mientras ellos eran inocentes. Gritaban en coro: “Ningún ser humano es ilegal”.

Sus tácticas se volvieron más atrevidas: cruzar la frontera hacia México y volver a entrar, pedir permiso para “regresar a casa”. Incluso se infiltraron en centros de detención y se sentaron en la calle con los brazos entrelazados para estorbar a los camiones que llevaban a los migrantes a dichos centros. También ocuparon las oficinas de campaña del presidente Obama, y al parecer éste los escuchó. Después de hacer una llamada oculta por el activismo, cuando su portavoz Cecilia Muñoz, ex ­directora del Consejo Nacional de la Raza, explicó que el ­presidente ejecuta la ley y que solamente la legislatura puede cambiarla, Obama empezó a explorar la opción de una acción ejecutiva. A nivel nacional, activistas demandaron que usara su autoridad, insistiendo en que el presidente podría cesar las deportaciones y detenciones con el movimiento de su pluma. Finalmente, en 2012 el presidente Obama anunció el Programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (Deferred Action for Childhood Arrivals, DACA): protección de la deportación, permiso para trabajar y acceso a licencias de conducir para inmigrantes que cruzaron antes de los 16 años y todavía no cumplían 31.

A pesar de que esto significaba una victoria para los activistas, muchos respondieron cautelosamente. Muchos quedarían fuera: los que no estaban en la escuela o habían desertado, los que eran mayores o menores de las edades referidas, los q

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