Lo que fue presente

Héctor Abad Faciolince

Fragmento

Prólogo

He tenido el extraño vicio de duplicar los sucesos de mi vida escribiendo sobre ellos. Supongo que fue por darle a ese vicio un orden y una forma que a finales de 1985 empecé a llevar un diario. En principio este diario fue el resultado de constatar que, aunque quería ser escritor, escribía muy poca ficción y mucho sobre mis obsesiones. Quería dejar escrito, al menos, que era incapaz de escribir. Había, además, una circunstancia nueva que me producía al mismo tiempo alegría y ansiedad: mi mujer estaba embarazada y esperábamos la que sería nuestra primera hija. La vida y las lecturas, así como la comparación entre mi vida real y la vida que yo quería vivir, fueron el acicate para empezar mi propio diario.

Según García Márquez «todo el mundo tiene tres vidas: la pública, la privada y la secreta». Estos cuadernos míos contienen poco o nada de mi vida pública, porque ni la tenía; se nutren casi siempre de mi vida privada, y no omiten partes de mi vida secreta. Son así porque, al menos al principio, nunca tuve el temor de que alguien los leyera, y porque no fueron escritos para ser publicados. Eran un memorándum para mí mismo. Si mucho, yo pensaba que alguien podría interesarse en ellos después de mi muerte y por lo mismo tampoco pensé nunca en destruirlos. Ahora estos papeles póstumos los publico en vida.

Cuando los releí, pensando ya en una posible edición, me di cuenta de que los había escrito para no enloquecer, para dejar puesta en palabras mi locura e intentar tener, en la vida, un comportamiento más normal, más cuerdo, menos insensato. En ese sentido veo que mis diarios, testimonio de un hombre inmaduro y enamoradizo, se nutren de la parte más oscura de mi mente y de mi existencia. No se exponen aquí las partes luminosas o edificantes de mi vida —si las hubiera— sino las sombrías. Rara vez en ellos relato lo amable, lo alegre, lo feliz: se alimentan, casi siempre, de mi insatisfacción, de mis penas y de mi vergüenza. En este sentido los cuadernos eran una especie de purgatorio de las cosas que me angustiaban. También, como los diarios de Stendhal, un repaso de mis amores furtivos, o, como en las Confesiones de san Agustín, de mis pecados y sentimientos de culpa. Uso estas expresiones conscientemente, pues aunque no tengo religión ni creo en penas o premios después de la muerte, non possiamo non dirci cristiani, no podemos dejar de ser cristianos, como sostuvo Croce, y un católico a pesar suyo no se ufana de sus virtudes, sino que reconoce sus faltas.

¿Por qué publico algo que desnuda tanta intimidad propia y ajena? ¿Por qué expongo partes de mi vida de las que no estoy nada orgulloso y que más bien me parecen feas, tristes e incluso sórdidas? No lo sé bien, pero creo que fue una especie de sustituto que me inventé tras el fracaso de una novela. Una noche conversando ya de sobremesa con Gabriel Iriarte, mi editor en Colombia, después de haberle dicho que había resuelto no publicar el libro que acababa de terminar (Tal vez el centro), con el que no estaba satisfecho, le dije que lo único que me quedaba entre manos eran cuadernos, muchos cuadernos de diarios amontonados en un baúl. A él le cambió la cara; hasta la expresión de las manos se animó. Dijo: «Eso ya es otra cosa», y parecía contento. Se le ocurrió que aquello, si yo era capaz de vencer mis escrúpulos, podría publicarse. Que tenía de bueno y de novedoso, además, el hecho de que en Colombia ningún escritor había publicado, que él recordara, sus diarios. (Más tarde Mario Jursich me recordaría los de Vargas Vila y los de Jorge Gaitán Durán). Hundido como estaba yo en la desesperación del escritor que no escribe, o peor, al que no le gusta lo que escribe, esas palabras de Gabriel fueron como oír una luz que podía salvarme de la mudez y del silencio. Si publicaba lo impublicable, lo que, si mucho, yo pensaba que mis hijos podrían espulgar y expurgar tras mi muerte, iba a tener todavía en vida algo que contar.

Voy a cumplir sesenta años. A esta edad uno siente ya que la vida personal importa menos que antes. Como dice un amigo del colegio, «nos queda un cuarto de tanque», si mucho, por vivir. Mirar hacia atrás lo vivido, desde el ocaso, le resta gravedad a casi todas las cosas importantes. Uno es lo que es y lo que fue; uno ya es muy poco lo que será. «Soy un fue y un será y un es cansado», dice Quevedo. La clave está en el cansancio de hoy, no en el pasado irremediable ni en el breve futuro. En el mismo Quevedo, abriendo uno de sus libros al azar, encontré el verso barroco que escogí como título: Lo que fue presente. Eso es un diario, al cabo de los años, algo que fue presente. Algo que estuvo vivo y caliente, algo que no parecía efímero, y hoy se mira casi como si fuera de otra persona, de un personaje patético que simplemente se llamaba como me sigo llamando ahora.

La mayor dificultad que tuve al decidir publicar estos primeros veinte años de diarios no fue el temor de exponer mi intimidad. Lo indebido, lo malo, era exponer la intimidad de otras personas. Por eso, en algunos casos, he cambiado uno que otro nombre y algunas circunstancias que muy poco trastocan el hilo y la esencia de estos cuadernos. Un diario, y más un diario de miserias que se escribe de noche, puede ser bastante injusto. Les pido perdón a todos aquellos que aquí no son tratados bien; tengan en cuenta que el diario tampoco es justo conmigo; no he sido siempre tan repelente como aparezco a veces aquí.

Hay también personas a las que quise y quiero mucho que ni siquiera están mencionadas en estos cuadernos. No sé el motivo, pero no puedo enmendar esta ausencia porque sentiría que hago trampa, que miento, y un diario íntimo intenta siempre, como mínimo, no ser mentira. Las personas omitidas seguro formaban parte de mi vida luminosa, de mi vida vivida y feliz, no de la oscura vida que se escribe aquí.

Decía Lichtenberg que el verdadero nombre de un prólogo debería ser «pararrayos». Un ruego de benevolencia para que no nos destrocen los truenos de la ira de algunos lectores. Como lavarse las manos. Así que mejor no me las lavo. Aquí están estos diarios, tal como fueron escritos, defectuosos, copiados fielmente de decenas de cuadernos, con ciertas repeticiones recortadas, con algunos añadidos que explican el contexto, con extensas lagunas de meses y acontecimientos omitidos, con todos los errores e ingenuidades de la edad en la que fueron escritos, con el afán de todo aquello que se hace en caliente. No los escribí para otros sino para mí mismo en la vejez, y ahora que estoy llegando a la vejez me puse a transcribirlos. Solo los lectores sabrán si valía o no la pena publicarlos. Yo, francamente, no sé qué pensar, y como siempre que no sé qué pensar, mejor no pienso nada y me callo.

Una última cosa. Hace pocas semanas, en el oráculo de Delfos, cumplí con el rito de preguntarle a una pitonisa si debía o no publicar estos diarios. El intérprete entre el oráculo y yo fue un amigo escritor que me transmitió el siguiente mensaje, como siempre ambiguo: «Váyanse, váyanse, váyanse, dijo el pájaro: el género humano no puede soportar tanta re

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