Cuatro poetas en guerra

Ian Gibson

Fragmento

Prólogo: Epifanía del Frente Popular

Prólogo

Epifanía del Frente Popular

Hacia finales de diciembre de 1935 el transatlántico Cabo San Antonio, procedente de Buenos Aires, atraca en Las Palmas de Gran Canaria. A bordo se encuentra el periodista Pablo Suero, jefe de las páginas teatrales del diario porteño Noticias Gráficas, que viaja, con emoción, rumbo a España, la tierra donde naciera, en Gijón, un día de marzo de 1898. Su cometido: informar a sus lectores acerca de la situación política y social «del viejo gran pueblo» en momentos de extraordinario interés y no menor gravedad, y entrevistar a personajes destacados de la actualidad. El encargo le apasiona.[1]

Suero es un buen ejemplo de porteño cosmopolita. Durante tres años fue corresponsal en París del diario argentino La Razón y allí, según confesión propia, perdió las aristas combativas que antes le habían caracterizado. También escribe en las revistas más prestigiosas de su país, Caras y Caretas y Mundo Argentino; es director, desde hace dos temporadas, del teatro Liceo de Buenos Aires; y es autor de algunas obras dramáticas. Se trata de un personaje muy conocido en la capital argentina.[2]

En Las Palmas nota que la gente habla acaloradamente de política. Después de dos años en el poder de las derechas —derechas duras y maduras—, y con elecciones generales a la vuelta de la esquina, hay una enorme inquietud. Unos días antes ha estado en la isla el famoso catedrático socialista Fernando de los Ríos, durante el primer bienio de la República ministro de Justicia y luego de Instrucción Pública. Los discursos del gran orador han dejado «una estela de efervescencia» en el ambiente.[3]

Ambiente, según apunta el periodista argentino con aprobación, netamente favorable a las izquierdas. Suero es algo que, por desgracia, escasea en España: un católico liberal que admira la República inaugurada en 1931 y que ha seguido, con creciente preocupación, el rumbo de los acontecimientos desde la victoria electoral de las derechas en el otoño de 1933.

Ya en Cádiz conoce a un fraile que le asegura, mientras contemplan juntos en la Capilla de los Agustinos el Cristo de la Buena Muerte, del Montañés, que el país está abarrotado de peligrosos marxistas cuya única finalidad es perseguir a curas. «Todo se puede esperar de esos fanáticos», protesta el buen hombre. Luego añade: «De todo esto tiene culpa la ignorancia». ¿La ignorancia? «Sí, padre, pienso yo —musita para sus adentros Suero—. La ignorancia en que las clases opresoras, aliadas con el clero, han mantenido al pueblo español durante siglos.»[4]

¡El pueblo español! Suero, hombre jovial, gordo y campechano, con un admirable don de gentes, lo encuentra sumido en una deprimente crisis económica, no solo en el campo andaluz, con cuya miseria se familiariza pronto, sino en los barrios pobres de las grandes ciudades. Buena parte de la legislación del primer bienio ha sido desmantelada durante el segundo, ya denominado «bienio negro» por las izquierdas. A raíz de los hechos revolucionarios de 1934, los ayuntamientos progresistas han sido sustituidos por gestoras conservadoras, lo cual ha creado un intenso resentimiento. Flotan en el aire el rencor y un hosco afán reivindicativo. La férrea censura de la prensa impide saber lo que está ocurriendo realmente en el país. Hay treinta mil prisioneros políticos, pero en torno a su situación no se publica nada y se sospecha todo. La derecha es tan de derechas que el Gobierno no solo se ha negado a condenar la invasión de Abisinia por Mussolini sino que, a través del fiscal del Estado, ha enviado a la cárcel durante un mes y un día al escritor y periodista Antonio Espina por... ¡atreverse a criticar duramente a Hitler! Los intelectuales republicanos apoyan enseguida a su colega y, cuando sale de prisión en noviembre de 1935, le ofrecen un banquete. Entre los que firman la convocatoria o mandan su adhesión (incluso desde la cárcel) están Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez, indignados ambos tanto por la actitud del Gobierno español como por los atropellos cometidos por los fascistas italianos en el país africano.[5]

Suero llegará pronto a la conclusión de que, si la hostilidad de las derechas hacia la República no remite, habrá tarde o temprano, tal vez temprano, una revolución marxista de verdad. Pasa el fin de año en Barcelona, donde Lorca acaba de estrenar con enorme éxito Doña Rosita la soltera, con Margarita Xirgu en el papel estelar. En un tabernucho escucha una copla flamenca en la cual se recomienda el fusilamiento de Alejandro Lerroux (a quien Suero considera uno de los mayores traidores de la República) y de José María Gil Robles, líder de la coalición derechista ganadora en las elecciones de 1933, la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas).[6]

El periodista descubre pronto que Barcelona no es solo «la ciudad orgullosa y lujosa que ostenta sus inmensos edificios de piedra ondulada», legado del modernismo, el bullicio de sus maravillosas Ramblas (el mejor teatro del mundo) o el frufrú de los vestidos de las bellas que bajan de lujosos carruajes cubiertos de joyas. Hay también, a dos pasos, una pobreza vergonzosa, «el vicio miserable y sórdido del Barrio Chino y las viviendas sombrías de los mefíticos callejones de Santa María del Mar, donde el pueblo proletario de Barcelona se amontona».[7]

«En España —señala Suero no sin cierto asombro— solo consiguen vivir bien algunos políticos y los toreros. Para la demás gente que no haya nacido rica o no haga negocios turbios hay una terrible, insalvable, limitación económica.»[8] La carne está por las nubes. El pollo también. Observa que muchísimos españoles dan la impresión de alimentarse solo de tapas. Es como si no hubiera cambiado nada desde principios de siglo, cuando, enviado por otro diario de Buenos Aires, llegara a España Rubén Darío para dar cuenta del país después del «Desastre» de 1898. Ello no impide, empero, que el pueblo porfíe con su alegría de siempre y siga cantando pese a su penuria secular. «Sí. Esto es España. La miseria entre canciones de amor infeliz y entre gestos de heroísmo.»

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