La economía no da la felicidad

José Carlos Díez

Fragmento

cap

PRÓLOGO

¿Soy un liberal?

Si antes de leer economía no eras egoísta, estudiarla no hará que lo seas.

JOHN STUART MILL

La crisis financiera mundial que estalló en 2008 ha cambiado radicalmente nuestra forma de relacionarnos con la economía y ha provocado en los ciudadanos la necesidad lógica de comprender todos esos fenómenos económicos complejos que nos rodean y que tanto influyen en nuestras vidas. Crisis tan duras como ésta no son deseables, por eso es esencial no desaprovechar la ocasión de aprender de nuestros errores y extraer valiosas lecciones de ellos que nos sirvan para prevenir y gestionar posibles crisis futuras.

Este libro es una visita guiada por los conceptos básicos que manejamos los economistas. Después del éxito de Hay vida después de la crisis, fueron muchos los lectores que se acercaron y me pidieron un libro que les ayudara a entender mejor la realidad económica. De aquella sugerencia nació esta nueva obra, que escribo para mis lectores, pero también para economistas. Estoy convencido de que cualquier persona interesada en la materia puede leerlo y entenderlo sin necesidad de conocimientos previos. Me considero un economista observador y además imparto clases en la universidad, de manera que escribo esta obra con espíritu de divulgación, pero sin perder el rigor conceptual. Por eso espero que este libro sea leído tanto por mis colegas de universidad como por los estudiantes que se están iniciando en este apasionante mundo de la economía.

El primer libro que dio origen a la ciencia económica y a su nombre, Oikonomia, fue escrito por Jenofonte, discípulo de Sócrates, en el siglo IV a.C. Muchos de los conceptos e ideas que manejaban los socráticos siguen siendo válidos en la actualidad, sin embargo nuestras sociedades se han vuelto más complejas y también es necesario adaptarlos a los nuevos tiempos. Al fin y al cabo, la economía es una ciencia social que analiza el comportamiento del ser humano frente a la necesidad de distribuir recursos finitos, de manera que si las sociedades evolucionan, la ciencia tiene que hacerlo también para poder resolver los nuevos conflictos. Por eso, cuando se analiza un concepto económico es imprescindible tener en cuenta quién lo desarrollo, qué problema intentaba resolver y en qué contexto histórico lo llevó a cabo.

Los neuropsicólogos nos enseñan que la objetividad es una entelequia: el cerebro humano es una máquina casi perfecta pero ni ve, ni oye, ni siente por sí mismo, sino que toda la información le llega a través de los sentidos. Nuestro cerebro actual es también fruto de siglos de evolución: alrededor del hipotálamo, núcleo responsable de las emociones y que conserva gran parte de nuestros comportamientos animales, la especie humana fue desarrollando capacidades racionales que permitieron al Homo sapiens situarse en la cúspide del ciclo evolutivo. No siempre para bien, pues gracias a ellas también hemos creado herramientas que dañan el planeta en que vivimos, tal y como veremos en el capítulo dedicado a las relaciones entre la economía y el medio ambiente.

El entorno es determinante para proteger la felicidad y el aspecto económico es una pieza clave del mismo. Por este motivo, para comprender en su justa medida la relevancia de la economía en la construcción de las sociedades, comenzaremos nuestra visita guiada revisando las principales escuelas de pensamiento económico y sus aportaciones más destacadas. Visitaremos la escuela de Alcalá y Salamanca en el siglo XVI y la escuela Fisiócrata en la Francia del XVIII. Precisamente en París se inspiró Adam Smith para escribir su célebre obra La riqueza de las naciones y así dio comienzo la hegemonía de economistas anglosajones que se mantiene hasta nuestros días, primero en el Reino Unido y más recientemente en Estados Unidos.

No es casual que los países que lideran la política mundial sean también líderes en pensamiento económico, y es que las ideas mueven el mundo. A lo largo de todo el libro resaltaremos la importancia de volver a situar al hombre en el centro de las decisiones económicas, porque la economía no puede ser un fin en sí misma sino un medio para conseguir la mejora del bienestar humano.

El propósito fundamental de este libro es humanizar la economía para ponerla al servicio del hombre y no al revés. Para ello explico cómo afectan los diferentes sistemas políticos y sus aplicaciones económicas al crecimiento y la generación de empleo. Pero también al contrario: cómo el crecimiento influye en la sociedad y en los sistemas políticos. Aunque esta afirmación pueda sonar marxista, se sostiene sobre una visión muy acertada: si queremos obtener una imagen fiel de la realidad, la economía no puede estudiarse aislada del análisis político y social.

Las páginas que siguen se ocupan también del papel del Estado en la economía. Y esto explica la pregunta que he elegido para titular este prólogo y que constituye mi particular homenaje a un artículo legendario de John M. Keynes: «¿Soy un liberal?».

Creo firmemente en la economía de mercado y en la libertad individual como pilar de funcionamiento de la sociedad, pero no se trata de un dogma de fe. Es una convicción a la que he llegado después de décadas de estudio, de experiencias vividas y del análisis de casos y evidencias empíricas de cientos de países. No defiendo el comunismo porque la planificación económica ha fracasado en todos los países en los que se ha puesto en marcha. Pero al mismo tiempo estoy convencido de que el capitalismo tampoco funciona sin una intervención pública adecuada.

La economía de mercado bien entendida resulta un instrumento muy útil, pero es frágil y necesita infinidad de condiciones para conseguir su buen funcionamiento. El estado precisa de leyes y mecanismos de supervisión para que éstas se cumplan. Cuando don Quijote nombra a Sancho Panza gobernador de la ínsula Barataria, le dice: «No hagas muchas pragmáticas; y si las hicieres, procura que sean buenas y, sobre todo, que se guarden y cumplan». Al mismo tiempo, el Estado debe tener un papel clave en la provisión de determinados bienes que el mercado no satisface plenamente. El ejemplo más claro para mí es la educación, y lo digo por propia experiencia: nací en una familia humilde y la educación pública fue mi ascensor social para poder escribir este libro. Sin el apoyo del Estado yo nunca habría asistido a las clases de la universidad y tampoco sería un economista observador.

Asimismo, el Estado debe ocuparse de las infraestructuras, desde las energéticas hasta las carreteras, los puertos y aeropuertos. Existe una relación directa entre el desarrollo económico de un país y la calidad de sus infraestructuras. E incluso en los casos en que éstas son desarrolladas por empresas privadas, en la mayoría de las ocasiones cuentan con el aval y la garantía del Estado.

La desigualdad es otro de nuestros caballos de batalla actuales que, como ha demostrado Thomas Piketty, ha vuelto a situarse en máximos históricos. La intervención del Estado en sectores como la educación es esencial para corregir esta tendencia, y para ello necesita de un sistema impositivo progresivo que tome el dinero de las rentas más altas y lo invierta en garantizar la igualdad de oportunidades de sus ciudadanos, así como en actuar sobre las situaciones de pobreza más acuciantes. Pero, cuidado, dicha

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