Adiós a los bancos

Miguel Fernández Ordóñez

Fragmento

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INTRODUCCIÓN

 

 

 

 

El dinero existe desde que existen las sociedades humanas. Incluso se usaba en sociedades muy primitivas, porque es una de esas instituciones, como el derecho o el Estado, que distingue a nuestra especie y nos permite cooperar con nuestros semejantes de maneras que no han sido capaces de idear otros animales.

Pero el dinero ha adoptado formas muy distintas a lo largo de la historia. Al principio se utilizaron algunos objetos como huesos, pieles, conchas o piedras. Un paso adelante muy importante fue el uso de los metales como dinero, especialmente el oro y la plata; o la acuñación de monedas, otro invento que ha perdurado siglos.

Quizá el invento más singular consistió en empezar a usar como dinero los billetes o resguardos de los depósitos en los bancos privados. Entonces el dinero dejó de tener un valor real y se pasó a utilizar como dinero unas promesas de pago, unos activos financieros. Además, los depósitos ya no eran un dinero físico, algo que se podía ver y tocar, sino un dinero virtual,[1] unas anotaciones en los libros de los banqueros. Surgió entonces el dinero de los bancos privados, que es el que todavía utilizamos hoy.

El dinero de los bancos privados ha tenido efectos muy positivos sobre las economías. Impulsó la globalización del comercio al permitir realizar pagos a distancia con mayor facilidad, y en la medida en que los bancos financiaron proyectos de inversión, fue un instrumento capital para el desarrollo económico.

Pero ahora la utilización de los depósitos en los bancos comerciales causa muchos daños. El dinero depositado en los bancos privados siempre ha sido frágil. Las bancarrotas fueron un fenómeno recurrente desde que se crearon los primeros bancos. Pero hasta finales del siglo XIX sus daños eran limitados. Desde entonces la economía ha cambiado mucho y las crisis bancarias ya no son problemas que afecten solo a los dueños de las entidades y sus depositantes, sino que arrasan países enteros e incluso pueden llegar a destrozar la economía mundial, como ha sucedido dos veces en menos de un siglo.

Uno de estos cambios ha sido el descenso continuado del uso del dinero físico —monedas y billetes— y el incremento de los depósitos en bancos privados. Esto ha supuesto un descenso del dinero público y un aumento del dinero digital privado.

Desde finales del siglo XIX, y después de cada crisis, se ha intentado resolver el problema de la fragilidad del dinero bancario aumentando cada vez más la protección del Estado a los bancos para que los depositantes no pierdan la confianza en ellos; asimismo se han aprobado unas regulaciones, cada vez más voluminosas y complejas, con el fin de reducir la factura de los contribuyentes cuando los bancos no pueden reembolsar sus promesas de pago, los depósitos de sus clientes.

La visión que defiende el aumento de la protección y la regulación de los bancos para resolver los problemas del sistema bancario es la que ha guiado también los cambios regulatorios e institucionales que se aprobaron después de la gran crisis de 2008. Podemos denominarla «visión convencional» porque fue —y continúa siendo— la doctrina o teoría compartida por la mayoría de los economistas y funcionarios.

Paralelamente, surgió otro grupo de analistas y estudiosos que tenían un planteamiento muy distinto del de la mayoría de los economistas. Su idea era que los problemas del dinero y de la banca no se resolverían nunca cambiando solo las políticas —más protección y más regulaciones—, sino que era necesario cambiar de sistema.

La visión convencional de cómo deben resolverse los problemas del dinero y de la banca es de sobra conocida. Desde el estallido de la gran crisis bancaria internacional se han publicado centenares de libros sobre el dinero y la banca y numerosos informes de organismos internacionales con esa perspectiva, que justifica reformas tales como los acuerdos de Basilea III, las leyes Dodd-Frank o las directivas de capital de la Unión Europea.

En cambio, es muy poco conocida la visión de aquellos estudiosos que consideran que los daños del sistema actual no podrán evitarse mientras sigamos usando como dinero los depósitos bancarios, porque ese dinero es frágil, y tal fragilidad es la fuente todos los problemas. Ellos defienden que la solución pasa por utilizar un dinero seguro, emitido por los bancos centrales.[2]

Durante los últimos cinco años he leído esos trabajos y me asombra la poca difusión que tiene esta visión. Incluso muchos economistas la desconocen. Eso me ha animado a presentar estas ideas, distintas de las que profesa la mayoría, en un libro de divulgación.

Estos autores también desmontan la creencia de que los bancos son solo intermediarios entre ahorradores e inversores. Se trata de una idea muy generalizada, pero errónea, ya que son los bancos privados los que crean el dinero y no el Banco Central. Y esto explica la facilidad con que surgen las burbujas de crédito y la dificultad de la política monetaria para salir de las recesiones.

Otra idea interesante y distinta de la visión convencional es la de que las numerosas protecciones y regulaciones bancarias, imprescindibles para evitar las crisis de los bancos privados, serían innecesarias si el dinero fuera creado por el Estado. Si el dinero fuera público y seguro, el Estado no tendría que seguir protegiendo a los bancos privados. En contra de lo que se ha hecho hasta ahora, se podría liberalizar el mercado de préstamos y los servicios de pago.

Hasta hace poco, la idea de contar con un dinero digital seguro era la propuesta de unos pocos estudiosos y activistas y, como se ha dicho, era prácticamente ignorada por la mayoría de los académicos y de las autoridades financieras. Pero en los últimos tiempos estas ideas han empezado a estudiarse en las universidades y en los bancos centrales, incluso en algunos países ya se plantean en los debates públicos. En China, el Consejo del Estado acaba de autorizar al Banco Central a emitir dinero digital público.

El cambio tecnológico, la explosión digital, explica por qué estas nuevas ideas han resurgido con fuerza ahora. En efecto, esas reformas habrían necesitado ingentes recursos humanos si se hubiera decidido implantarlas en el pasado analógico. Sin embargo, las nuevas tecnologías hacen muy fácil que ahora sea el Ente Emisor el que emita el dinero digital público de la misma forma que en el pasado fue fácil conseguir que el Banco Central fuera el único que emitiera todo el dinero físico que hoy usamos, esto es, el dinero en billetes.

Un problema a la hora de presentar esta visión distinta de la convencional es que no existe un texto que se

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