¿Quién se ha llevado mi pasta?

Javier Ruiz

Fragmento

Indice

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Portadilla

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Dedicatoria

Prólogo de Gay de Liébana

Introducción

I. Directivos de las grandes empresas: ¿quién se ha llevado mi nómina?

II. La estafa de las preferentes: ¿quién se ha llevado mis ahorros?

III. Los fondos buitre: ¿quién se ha llevado mi casa?

IV. El oligopolio: ¿quién se ha llevado mi banco?

V. La ausencia de regulador: ¿Quién se ha llevado mis derechos?

VI. La privatización sanitaria: ¿Quién se ha llevado a mi médico?

VII. Las compañías eléctricas, otro oligopolio: ¿Quién se ha llevado la luz?

Conclusión: y ahora ¿qué?

Agradecimientos

Notas

Sobre el autor

Créditos

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A mis hermanos, Álvaro y Juan

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Prólogo

De vez en cuando uno se sorprende. Siempre he admirado a Javier Ruiz con quien hace ya varios años coincido al invadir por mi parte, cual vulgar intruso, su particular territorio como periodista. Porque a menudo, sobre todo en estos últimos tiempos, los economistas penetramos —sería más apropiado decir que profanamos— en el mundo exclusivo y reservado de quienes desempeñan un excelente trabajo que todos agradecemos por las aportaciones de tanto peso que realizan en aras de la transparencia informativa.

Sin el magnífico quehacer de los periodistas nosotros no sabríamos nada de nada, viviríamos felices e ignorantes en el limbo de la más absoluta inopia y nos creeríamos todo lo que desde las altas instancias, y bajas también, nos van contando para que el pueblo llano, que somos nosotros, trague, se regocije y se crea esas películas de dibujos animados que a diario nos echan.

Por suerte, ahí o aquí está la prensa que no es más que ese extraordinario y valiente conjunto de periodistas que cada cual a su manera y con su estilo peculiar nos explica las verdades o, cuando menos, nos ayuda a saber interpretar la realidad de los acontecimientos desde diferentes ángulos. Creo, y permítaseme la licencia de tal afirmación, hecha desde el profundo respeto que siento por la profesión periodística, que ellos, los periodistas, no acaban de ser plenamente conscientes de la trascendencia de sus contribuciones, de la calidad y cantidad del saber que nos transmiten, de todo lo que aprendemos gracias a su labor. Nos proporcionan la información necesaria y suficiente como para que seamos capaces de formarnos opiniones, bien contrastadas, sobre lo que acaece en nuestro día a día.

Javier Ruiz es un periodista muy especial, hecho de una madera muy noble, hombre perspicaz e inteligente, investigador constante, narrador de actualidades que aporta unos puntos de vista siempre interesantes y enriquecedores, y un auténtico cerebro de datos, aristas y profundidades. Eso sí, no soy capaz de imaginar al querido Javier sin su iPad a cuestas. Cualquier precisión, el más mínimo detalle, una duda, extremos que resaltar..., ahí está la tableta de Javier, sobre la que escribe, subraya, remarca, anota y borra... Calcula y recalcula...

De Javier he aprendido y aprendo muchas cosas no solo por su papel de brillante comunicador, con porte de excepcional profesor universitario, dando cadencia singular a sus explicaciones, formulándose los interrogantes adecuados en el momento oportuno, también por el tono pedagógico de sus intervenciones, por su control sobre los tiempos, y, en especial, por la claridad de sus comentarios y la profundidad de los mismos, por su erudición y sapiencia. Si escuchar a Javier Ruiz ya constituye en sí un auténtico placer, leerlo es un verdadero lujo. Javier ignora la de cosas suyas que tengo guardadas en mis discos duros. Esas precisiones sobre determinadas partidas de gastos públicos, de operaciones financieras, de contratos suscritos, de personajes que están aunque no aparezcan en una complicada trama, sus apuntes económicos. Fuentes de información que el bueno de Javier, trabajador infatigable, no solo desmenuza sino que además nos regala a quienes le seguimos.

Decía que, de vez en cuando, uno se sorprende. Cuando una noche, hace pocos meses, coincidimos Javier y yo en el plató televisivo de Un tiempo nuevo, en Telecinco, me comentó que estaba escribiendo un libro. ¡Bravo!, lo felicité en seguida..., sabedor del esfuerzo que supone para un profesional que a diario está al pie del cañón un reto de esas características. Luego me explicó sobre qué iba su trabajo. Volvimos a coincidir —cosa que se produce casi cada semana— y Javier me propuso prologarlo. ¡Ostras, Javier, vaya honor y responsabilidad! Conociéndole y siendo como es, ¿quién es capaz de renunciar a tal honor y a petición tan amigable?

Así que, con las manecillas del reloj corriendo, por mi culpa, como siempre, porque el libro tiene que entrar ya en máquinas, acá estoy redactando este sencillo prólogo de ¿Quién se ha llevado mi pasta? Feliz y contento, primero, por la confianza depositada en mí por parte de Javier y, segundo, por tener la oportunidad de leer una jugosa obra que desde el punto de vista económico aporta luz, mucha luz, a tantas y tantas vicisitudes por las que atravesamos y explica lo que bien podríamos entender como la otra cara de la crisis.

Héroes y villanos. Apalancamientos y endeudamientos. «Bonus» y «malus». Políticas cortoplacistas y estrategias largoplacistas. Balances huérfanos de recursos propios. Activos inflados y superhinchados. Maniobras c

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