Países emergentes

Ruchir Sharma

Fragmento

Indice

Índice

Portadilla

Índice

Introducción

I. El mito del largo plazo

II. China después de la fiesta

III. India y su gran truco de magia

IV. ¿Es Dios brasileño?

V. México y su economía de magnates

VI. Rusia, sólo en lo más alto

VII. El nicho de mercado europeo

VIII. La voz monocorde de Turquía

IX. Por el camino del tigre

X. El medallista de oro

XI. La interminable luna de miel

XII. El Cuarto Mundo

XIII. Después del éxtasis, la colada

XIV. El tercer advenimiento

Agradecimientos

Apéndice A. El universo de los mercados emergentes

Apéndice B. El universo de los mercados frontera

Bibliografía

Notas

Sobre el autor

Créditos

Introduccion

Introducción

Ha pasado mucho tiempo desde que los granjeros abandonaron las «granjas» de Nueva Delhi y, aunque el término pervive, ha pasado a describir las villas de fin de semana de la clase alta, lugares de esparcimiento en los límites de una ciudad donde caminos de tierra sin cartografiar serpentean a través de humildes aldeas y de improviso desembocan en lujosas mansiones con extensos jardines y estanques. En una de ellas he llegado a ver incluso un jardín por el que circulaba un tren en miniatura. Son los «Hamptons» de Nueva Delhi, la central de eventos de la ciudad, donde los organizadores recrean la noche de los Oscar, Broadway, Las Vegas e incluso un pueblo punjabi para quienes añoran su ciudad natal y donde no faltan siquiera los camareros ataviados con trajes étnicos.

En una noche de niebla de finales de 2010 acudí a uno de estos célebremente opulentos saraos, donde mozos aparcacoches maniobraban Bentley negros y Porsche rojos, y los invitados me animaron a probar la ternera Kobe que habían hecho traer en avión desde Japón, la trufa blanca venida de Italia y el caviar beluga de Azerbayán. Era difícil mantener una conversación por encima del estruendo tecno-beat, pero de alguna manera me las arreglé para ponerme a conversar con el hijo de veintitantos años del inframundo de las granjas. Era un verdadero prototipo de su especie: trabajaba en el negocio de exportaciones (los negocios siempre parecen ser de exportaciones) de su padre, vestía una camisa negra ceñida y llevaba el pelo engominado y peinado de punta. Cuando supo que yo era un inversor residente en Nueva York y de vuelta a mi país de origen en busca de oportunidades de invertir, se encogió de hombros y comentó: «Pues claro. ¿Dónde si no va a ir el dinero?».

«¿Dónde si no va a ir el dinero?». Abandoné la fiesta alrededor de la medianoche, mucho antes de que sirvieran el plato principal de la cena, pero aquel comentario no se me fue de la cabeza. Se suponía que mi autoestima debía haber subido como inversor en un país emergente. Después de todo, el tamaño de mi equipo se había triplicado en la década anterior y si la tendencia continuaba —algo que el joven al que conocí en aquella fiesta parecía dar por hecho— entonces los inversores en mercados emergentes seríamos los amos del universo.

Pero en lugar de aquello me vino a la cabeza un pareado en urdu: «Mi prosperidad es tan asombrosa que ser tan feliz empieza a preocuparme». Yo empecé mi carrera como inversor a mediados de la década de 1990, cuando la crisis económica golpeaba a un país en vías de desarrollo y los mercados emergentes venían a ser la oveja negra del mundo financiero. Para finales de la década algunos de mis colegas ya empezaban a rebautizar a estos activos huérfanos con el término «mercados e-mergentes» en un intento por recuperar algunas migajas del boom de las empresas tecnológicas de Estados Unidos.

Los mercados emergentes eran despreciados en los ciclos de inversión pues constituían un ejemplo a la inversa de la regla 80/20, que dice que el 80 por ciento de tus beneficios provienen siempre del 20 por ciento de tus clientes. Durante gran parte de la historia inmediatamente posterior de la Segunda Guerra Mundial los mercados emergentes han supuesto el 80 por ciento de la población mundial, pero tan sólo el 20 por ciento de su producción económica. Durante el auge de Latinoamérica en las décadas de 1960 y 1970 África y largas regiones de Asia estaban en declive económico, y cuando extensas partes de Asia iniciaron un ritmo de recuperación rápido en las décadas de 1980 y 1990, las naciones latinoamericanas parecían incapaces de consolidar su crecimiento, mientras que África era condenada sin redención como el «continente sin esperanza». En una fecha tan tardía como 2002 los pesos pesados de la inversión —fondos de pensiones, fondos de dotación financiera a universidades— consideraban los mercados emergentes demasiado pequeños para generar fondos de miles de millones de dólares, o demasiado peligrosos, ya que los países de gran tamaño, como India, eran vistos como una suerte de «Salvaje Oeste» de las inversiones.

Así pues allí estaba yo, sólo unos pocos años después, charlando con un muchacho malcriado en la niebla y con el retumbar de la música de fondo y observando que aquel joven se sentía en la cima del mundo porque su padre es uno de los cerca de treinta mil millonarios del dólar de Nueva Delhi, la mayoría de nuevo cuño. Ha visto poco mundo más allá de las aisladas mansiones y, sin embargo, sabe lo suficiente para hacerse eco del sentimiento generalizado hacia los mercados emergentes: «¿Dónde si no va a ir el dinero?».

Bien, las tendencias más recientes parecían darle la razón. Los flujos de capital privado a países en desarrollo habían pasado de dos mil millones de dólares en 2000 a casi un billón de dólares al año en 2010. Incluso en Wall Street todos los expertos afirmaban que Occidente entraba en una

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