La batalla final (El juego infinito 3)

James Dashner

Fragmento

cap-1

Prólogo

Michael se sintió agradecido de poder dormir. Los pequeños baches del camino y el runrún de las ruedas sobre el asfalto lo relajaron por primera vez en varios días, y empezaron a pesarle los párpados. Era un experto en enfrentarse a la realidad —o a la irrealidad—, pero, después de sus últimas experiencias, si hubiera tenido la oportunidad de permanecer un tiempo inconsciente, se habría sentido eternamente agradecido. Había tenido que digerir muchas cosas. Habría aprovechado cualquier oportunidad de huir del mundo y sus numerosos males. Sin embargo, lo más probable era que volviera a entrar en su ataúd más pronto que tarde.

A Michael se le cayó la cabeza de golpe. Volvió a enderezarla y se recostó en el respaldo de la silla. Supo que estaba soñando porque ya no iba sentado en el coche del padre de Sarah. Estaba frente a la encimera de su cocina antes de que todo empezara, donde su niñera, Helga, le había servido el desayuno cientos, si no miles, de veces. Pensó en el hombre que lo había visitado en la cárcel, en su curioso discurso sobre los sueños dentro de los sueños, en cómo esa lógica en bucle también era aplicable a la Red Virtual. Todo aquello podía volverlo loco si le daba más vueltas.

—Estos gofres están de muerte —dijo el chico.

Le sorprendió el sabor tan real que tenían. Estaban calentitos y eran una auténtica delicia con regusto a mantequilla. Tragó el bocado y sonrió.

Y entonces ¡apareció Helga! La cariñosa y estricta Helga. Ella le echó una mirada mientras recogía los platos. Era una mirada que Michael había visto infinidad de veces a lo largo de los años. Una mirada con la que le advertía en silencio que más le valía no estar planeando ninguna trastada. Una mirada que solía echarle cuando él fingía un resfriado para no ir al colegio o le mentía sobre los deberes.

—No te preocupes —le dijo el chico—. Esto es un sueño. ¡Puedo comer todas las que me apetezca! —Sonrió; dio otro bocado, masticó y tragó—. Supongo que Gabby sigue sin aparecer, porque no he sabido nada de ella. Aunque estoy seguro de que le alegrará volver a estar con Sarah y con Bryson. El Trío Terrible, vivito y coleando, y todavía dando caña. Aunque vayamos todos apiñados en el asiento trasero de un coche. Da igual. ¿Quién iba a pensar que mi vida se volvería tan rara? Menuda locura.

Helga asintió, sonrió y se agachó para poner el lavavajillas; la atmósfera de la cocina se llenó con el traqueteo de la cristalería y la porcelana.

Michael frunció el entrecejo. Tenía la sensación de que a Helga le importaba un bledo.

—A lo mejor no lo sabes todo, mi querida alemanita. Bueno, vamos a ver. De algún modo nos engañaron para que hiciéramos saltar por los aires los sistemas de la SRV; podemos decir que nos lo cargamos del todo. Los padres de Sarah, a los que habían secuestrado, por si no lo sabías, se presentaron en la cárcel como salidos de la nada para sacarnos de allí y nos hablaron de ti y de un montón de antiguos tangentes que estaban detrás de todo aquello. De ti, Helga, nos hablaron de ti. ¿Te importaría aclararme ese punto?

Su niñera lo miró encogiéndose de hombros, con gesto de culpabilidad, pero apenas interrumpió su tarea. El traqueteo de cacharrería continuaba, entremezclado con los portazos de los armarios. Michael sabía que aquello era demasiado bonito para ser cierto, que lo único que podía hacer era permanecer allí sentado disfrutando del sueño. No había un lugar en todo el universo al que pudiera ir para huir de sus pensamientos; y menos aún su propia mente. Dio un par más de mordiscos rápidos al gofre que estaba comiendo y se deleitó con su costra crujiente y su tierno interior, con la intuición de que el sueño estaba a punto de terminar. Aunque Helga no le había dicho ni una sola palabra.

—Supongo que no puedes hablarme en sueños, ¿verdad? —dijo Michael—. Y eso es muy raro. Kaine me dijo que te había matado y que había matado a mis padres. —Al imaginar a su madre y a su padre sintió una intensa punzada de dolor en su corazón onírico—. A lo mejor lograste escapar, ¿no? No lo sé. De todas formas, ¿puedes seguir viva al menos en mi mente? Sería muy parecido a estar hablando con mi…

Helga se volvió de golpe, con el rostro muy enrojecido.

—El Desfiladero Consagrado, hijo. Ya sabes que es allí donde debes ir. Regresa al Desfiladero Consagrado. ¡Todo acabará donde empezó!

Michael iba a responder, pero, mira por dónde, en ese preciso instante un bache tuvo el descaro de despertarlo.

cap-2

1

Un lugar bonito en el campo

1

Cuando Michael se despertó, tuvo la desagradable sensación de regurgitar bilis por la garganta. No fue precisamente la forma ideal de volver al mundo consciente.

Inspiró con fuerza para intentar relajarse. Deseó haber tomado alguna medicación para evitar el mareo. Por lo visto, el padre de Sarah creía ser un corredor de la NASCAR, y el estado del camino no contribuía a mejorar la situación. Gerard, el Perro Guía, próximo supercampeón de carreras en el circuito con más curvas y más baches del mundo.

Al tomar las curvas cerradas de las montañas del norte de Georgia, Michael iba inclinando el cuerpo en la misma dirección de cada giro, como si eso contribuyera, de algún modo, a mantener el vehículo en la carretera. La exuberante frondosidad y los árboles gigantescos cubiertos de enredaderas formaban un grandioso túnel a lo largo de una caverna verdosa, atravesada por los brillantes rayos de sol que destellaban entre las hojas a medida que avanzaban.

—¿Estáis seguros de que esa mujer dijo que se llamaba Helga? —preguntó Michael una vez más con el sueño todavía fresco en la memoria.

«Ve al Desfiladero Consagrado.» Eso es lo que la niñera había dicho. Lo que significaba, sin duda, que era lo que su propio inconsciente le estaba comunicando. Debían regresar al lugar donde todo empezó si querían terminar con ello. Parecía bastante razonable.

Gerard, quien sujetaba con fuerza el volante como si temiera que fuera a desencajarse, suspiró al oír la pregunta. Su esposa, Nancy, se volvió desde el asiento del acompañante para dirigirse a Michael.

—Sí —respondió ella con una sonrisa de amabilidad; luego miró de nuevo hacia el frente. Por la paciencia que demostró daba la impresión de que fuera la primera vez que Michael formulaba la pregunta; no obstante, era la decimoquinta o la decimosexta vez que lo hacía.

El chico iba sentado en el asiento trasero, con Bryson a su izquierda y Sarah a su derecha. Nadie había dicho gran cosa desde su reencuentro. Entre la persecución, el encarcelamiento y el rescate vividos por los tres, habían pasado varios días, y todos se sentían igual de aturdidos que Michael. El propio Michael no sabía qué pensar. Habían secuestrado a los padres de Sarah; más tarde alguien los había rescatado. Y los mismos que los rescataron fueron los que dieron las pistas a Gerard y a Nancy para que recogieran a su hija y a sus amigos, y los llevaran a un lugar ubicado e

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