Una luz incierta (Mentes poderosas 3)

Alexandra Bracken

Fragmento

1

1

Las sombras se alargaban cada vez más cuanto más me alejaba del centro de la ciudad. Anduve hacia al oeste, en la dirección del sol poniente, que encendía los restos del día. Eso era lo que menos me gustaba del invierno, que la noche parecía llegar cada vez más pronto. El cielo manchado de esmog de Los Ángeles estaba teñido por oscuras pinceladas violeta y ceniza.

En circunstancias normales, habría agradecido la protección extra mientras recorría la sencilla cuadrícula de calles, de regreso a nuestra base. Pero con los escombros producto del ataque, la instalación de estaciones militares y centros de detención, más la congestión de coches inútiles, hechos polvo por el pulso electromagnético y ahora abandonados, el rostro de la ciudad había cambiado de forma tan drástica que el solo hecho de adentrarse un kilómetro a través de aquella devastación bastaba para perderse totalmente. Sin el habitual resplandor neblinoso causado por la contaminación lumínica de la ciudad, si uno de nosotros salía a explorar por la noche debía guiarse por las luces distantes de las caravanas militares.

Eché un rápido vistazo a mi alrededor y me palpé los bolsillos de la chaqueta para asegurarme de que la linterna y la pistola reglamentaria estaban ahí; ambas eran gentileza de una tal soldado Morales y solo debía usarlas en caso de emergencia absoluta. No iba a dejar que nadie me descubriera, que me vieran corriendo en la oscuridad. Debía regresar a la base.

Una hora antes, la soldado Morales había tenido la desgracia de cruzarse en mi camino al salir sola de su coche patrulla. Yo estaba ahí desde el amanecer, situada detrás de un coche volcado, observando el paso elevado de la autovía, que brillaba con una luz trémula, como una corriente eléctrica, en un flujo constante de luz artificial. Cada hora había contado las minúsculas siluetas uniformadas que se movían en el tramo del camino cercano a mí, entrando y saliendo de los camiones, y los Humvees,* alineados parachoques contra parachoques, como otra barrera más. Tenía los músculos acalambrados, pero contuve el impulso de irme a otra parte a esperar a que se me pasara.

La espera había valido mucho la pena. Una soldado había sido suficiente para proporcionarme no solo todas las herramientas que yo necesitaba para volver a la base de forma segura, sino también el conocimiento de cómo podría finalmente, ¡finalmente!, largarme de esa maldita ciudad.

Miré atrás y adelante dos veces antes de trepar por el montón de ladrillos derrumbados de lo que en otros tiempos había sido el frontispicio de la oficina de un banco, y dejé escapar un sonido de dolor contenido cuando algo dentado me rasguñó un lado de la mano. Irritada, aparté de un puntapié el objeto —una C de metal que había caído del nombre de una tienda— y de inmediato me arrepentí. El ruido estrepitoso y chirriante fue rebotando en los edificios cercanos y a punto estuvo de amortiguar el débil sonido de las voces y los pasos arrastrados.

Me lancé hacia el interior de lo que quedaba del edificio y me agazapé detrás de la primera pared estable que encontré.

—¡Despejado! —oí decir.

—Despejado... —oí responder.

Al girarme, observé el progreso de los soldados que avanzaban por el otro lado de la calle. Conté los cascos —doce— que se dispersaban para investigar las diferentes entradas, todas con los cristales rotos de tiendas y edificios de oficinas. ¿Un refugio? Miré a mi alrededor y, rápidamente, evalué el mobiliario caído y chamuscado mientras me desplazaba hacia uno de los escritorios de madera oscura y me deslizaba debajo. En el exterior, el ruido del roce de los escombros sueltos contra la acera ocultaba mi respiración irregular.

Permanecí donde estaba. Me escocía la nariz por el olor del humo, la ceniza y la gasolina. Seguí con atención las voces hasta que desaparecieron. La ansiedad aún me atenazaba el estómago cuando salí de debajo del escritorio y recorrí la distancia hasta la entrada. Todavía veía a la patrulla que zigzagueaba entre los escombros, a medio camino de la avenida, pero ya no podía esperar ni siquiera unos pocos minutos más.

Al hurgar en los recuerdos de la mujer soldado y reunir los retazos de la información que necesitaba, sentí como si por fin me hubieran quitado un bloque de cemento de encima. La soldado me mostró los huecos en las defensas de la autovía con tanta claridad como si me hubiera entregado un mapa señalado con gruesos trazos negros. Después, yo solo había tenido que borrar mi recuerdo de su memoria.

Sabía que los agentes de la antigua Liga de los Niños se enfadarían al saber que esto había salido bien. Nada de lo que ellos habían intentado había funcionado y, mientras tanto, el botín de sus exploraciones en busca de comida había ido mermando. Cole los había presionado cada vez más para que me dejaran intentarlo, pero los demás agentes solo aceptaron con la condición de que lo hiciera sola para evitar todo «riesgo» añadido de captura. Ya habíamos perdido a dos agentes que se habían descuidado al salir de la ciudad.

Yo no era descuidada, pero estaba comenzando a desesperar. Era hora de marcharnos o los militares nos harían salir de nuestro escondite mediante el hambre.

El Ejército de Estados Unidos y la Guardia Nacional habían construido una barrera que prácticamente rodeaba todo el centro de Los Ángeles, sirviéndose del sistema de autovías. Los serpenteantes monstruos de cemento formaban un estrecho círculo que encerraba la zona interior de la ciudad, ahogándonos y aislándonos del mundo exterior. La autovía 101 iba hacia el noreste, la interestatal 10 hacia el sur y la 110 hacia el oeste. Podía haber una posibilidad de escapar si partíamos de inmediato, pero... estaba esa palabra que Chubs siempre utilizaba: «traumatizados». Decía que era asombroso que siquiera uno solo de nosotros pudiera moverse.

Yo debería haberlo hecho. Debería haber hecho que partiéramos, en lugar de haberme derrumbado. Debería... si no hubiera estado pensando en su rostro atrapado en la oscuridad. Me llevé las manos a los ojos, conteniendo la náusea y el dolor punzante que me acuchillaba la nuca. «Piensa en otra cosa. Cualquier cosa». Estos dolores de cabeza eran insoportables, mucho peores que los que solía tener después de intentar controlar mis poderes.

No podía detenerme. Me sobrepuse a la sensación de vacío que notaba en las piernas y las obligué a avanzar a un trote estable. Sentía el dolor del agotamiento en el fondo de la garganta y la pesadez de los párpados, pero la adrenalina me mantenía en movimiento, aun cuando algunas partes de mi cuerpo parecían estar a punto de dejar de funcionar. No podía recordar la última vez que había dormido lo bastante profundamente como para escapar de la vigilia de pesadilla que nos rodeaba.

Las carreteras tenían el asfalto levantado formando ampollas, y estaban cubiertas por montones de cemento que el ejército aún no había despejado. Aquí y allá, se veían brillantes manchas de color: un zapato de t

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados