Los últimos días de Nueva París

China Miéville

Fragmento

paris-2

Capítulo uno

1950

Una calle a la luz de una farola. Más allá del muro de una ciudad desgarrada, los nazis estaban disparando.

Al otro lado de la barricada, y de una hilera de maniquíes de sastre que se congregaban en un burdo e inmóvil cancán, Thibaut distinguía el caqui de los hombres de la Wehrmacht dispersándose, el gris de unos uniformes de gala, el negro de las SS, el azul de la Kriegsmarine, todo iluminado por las llamaradas de las armas. Algo se apresuró por la calle Paradis, serpenteando en un aullido de goma entre los cuerpos y las ruinas, directo hacia los alemanes.

¿Dos mujeres en un tándem? Venían muy rápido sobre las enormes ruedas.

Los soldados dispararon, recargaron y corrieron, porque el veloz vehículo no se apartó ni cayó bajo su arremetida. Se oyó un siseo de cadenas.

Solo iba montada una mujer, según divisó Thibaut. La otra era un torso que emergía de la propia bicicleta, su proa impulsora, un mascarón donde habrían de estar los manillares. Estaba extruida del metal. Llevaba los brazos extendidos hacia atrás, enroscados en los extremos como el coral. Tenía el cuello estirado y los ojos muy abiertos.

Thibaut tragó saliva y trató de hablar, lo intentó de nuevo y luego gritó: «¡Es la Vélo!»

Sus camaradas llegaron al instante. Se apretaron contra la enorme ventana y miraron fijamente hacia abajo, entre las sombras de la ciudad.

La amateur de los velocípedos. Daba bandazos por París sobre sus ruedas de gruesos radios mientras cantaba una canción sin palabras. Dios mío, pensó Thibaut, porque una mujer estaba conduciéndola y eso no tendría que estar pasando en absoluto. Pero allí estaba, sujetando la muñeca de la Vélo con una mano, tirando con la otra del cuero atado con fuerza alrededor del cuello de la ciclocentauro.

La Vélo se movía más rápido que cualquier coche o caballo, que cualquier demonio que Thibaut hubiese visto hasta ahora, meciéndose entre las fachadas, esquivando balas. Atravesó al último de los hombres y la hilera de estatuillas que habían dispuesto. Levantó la rueda delantera y chocó contra la barricada, subió por encima de los metros de plástico, piedra, hueso, madera y mortero que bloqueaban la calle.

Se elevó. Se proyectó en el aire por encima de los soldados, dibujó un arco, pareció detenerse, y cayó al final a través de la frontera invisible entre el noveno y el décimo distrito. Aterrizó con fuerza en el lado surrealista de la calle.

La Vélo rebotó y giró sobre las ruedas, patinó de lado. Se detuvo, alzó la mirada hacia la ventana del escondite de los Main à plume y la fijó directamente en los ojos de Thibaut.

Él fue el primero en salir de la habitación y bajar por los escalones astillados, pero en la puerta estuvo a punto de caerse en la calle anochecida. El corazón le dio un vuelco.

La pasajera estaba tirada sobre los adoquines donde su montura la había derribado. La Vélo estaba encabritada por encima de ella sobre su rueda trasera como un caballo de batalla. La mujer se balanceó a un lado.

Miró a Thibaut con ojos sin pupilas del mismo color que su piel. La manif flexionó sus gruesos brazos, los estiró para romper la cuerda que tenía alrededor del cuello y la dejó caer. La ciclocentauro se meció en el viento.

El rifle de Thibaut le colgaba en las manos. Por el rabillo del ojo vio a Élise lanzar una granada por encima de la barricada, no fuera que los alemanes se estuviesen reagrupando. La explosión hizo que el suelo y la barrera temblaran, pero Thibaut no se movió.

La Vélo se dejó caer hacia delante, de nuevo sobre las dos ruedas. Aceleró en su dirección, pero Thibaut se obligó a no apartarse. Ella se abalanzó hacia él y sus ruedas sonaron como una fresadora. La adrenalina se apoderó de él con la certeza del impacto, hasta que, en el último momento, que pasó demasiado rápido como para ver algo, ella se inclinó a un lado y le pasó tan cerca que la ráfaga de aire a su paso tiró de las ropas de Thibaut.

Con el zumbido de las ruedas, la bicipresencia serpenteó entre los edificios derruidos de la Cité de Trévise, se adentró entre las ruinas y las sombras, y se perdió de vista.

Thibaut exhaló por fin. Cuando pudo controlar sus temblores se volvió hacia la pasajera. Fue hasta donde estaba tirada.

Se estaba muriendo. Había sido ametrallada por el fuego alemán al que la Vélo había hecho caso omiso. Por alguna esquiva presencia en aquella poderosa intersección de calles, todos los agujeros de su piel estaban secos y fruncidos, pero la sangre caía de su boca como si insistiese en buscar una salida. Tosió y trató de hablar.

—¿Lo has visto? —exclamó más que preguntó Élise. Thibaut se arrodilló y puso la mano en la frente de la mujer derribada. Los partisanos se reunieron alrededor—. ¡Estaba montando la Vélo! —añadió—. ¿Qué significa eso? ¿Cómo narices la ha podido controlar?

—No muy bien —apostilló Virginie.

El vestido oscuro de la pasajera estaba sucio y rasgado. La bufanda que llevaba se extendía hacia la carretera y enmarcaba su rostro. Arrugaba el ceño como si estuviera pensativa. Como si estuviera examinando un problema. No era mucho mayor que Thibaut, pensó él. Ella lo miró con ojos apremiantes.

—Es... es... —empezó a hablar al fin.

—Creo que habla inglés —dijo despacio.

Cédric se adelantó y trató de murmurar alguna plegaria, pero Virginie lo apartó de un brusco empujón.

La moribunda tomó la mano de Thibaut.

—Aquí —susurró—. Ha venido. Wolf. Gang. —Respiraba entrecortadamente. Thibaut acercó su oreja a la boca de la mujer—. Gerhard —dijo—. El doctor. El sacerdote.

Thibaut reparó en que ya no lo estaba mirando a él sino más lejos, a su espalda. Sintió un picor en la piel bajo la atenta mirada de París. Se volvió.

Detrás de las ventanas del edificio más cercano, mirándolos desde arriba, se desplegaba un universo de emplastos fetales y rasguños que se movía lentamente. Una ciénaga de colores oscuros, vívida sobre una oscuridad más negra. Las formas sisearon. Golpetearon el cristal. Un torbellino de manifs había salido del interior de la casa para ser testigo de la muerte de esta mujer.

Mientras todos los que se habían congregado allí observaban la virtud negra detrás de las ventanas, Thibaut sintió los dedos de la mujer en los suyos. Los apretó en respuesta. Pero ella no quería un último momento de atención. Le abrió la mano. Puso algo en ella. Al instante Thibaut supo y sintió que era un naipe.

Cuando volvió la cabeza hacia ella, la mujer estaba muerta.

Thibaut era un Main à plume leal. No habría sabido explicar por qué se deslizó la carta en el bolsillo sin que el resto de sus compañeros lo viesen.

En las piedras, debajo de la otra mano, la mujer había escrito unas letras en la carretera con su índice a modo de plumín. Tenía la uña húmeda de tinta negra sacada de a saber dónde, provista por la ciudad en ese último momento de necesidad. Había escrito dos últimas palabras.

FALL ROT.

Ahora han pasado meses y Thibaut se acurruca en un portal de París con la mano en el bolsill

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