2061: Odisea tres

Arthur C. Clarke

Fragmento

I

LA MONTAÑA MÁGICA

1BR>LOS AÑOS EN CONGELACIÓN —Para ser un hombre de setenta años, te encuentras en muy buenas condiciones —observó el doctor Glazunov, mientras alzaba la vista de la salida impresa final de la Medcomp—. No te habría echado más de sesenta y cinco.

—Me alegra oír eso, Oleg… en especial considerando que tengo ciento tres, como sabes perfectamente bien.

—¡Otra vez con eso! Cualquiera pensarí ído el libro de la profesora Rudenko.

—¡Querida, entrañable Katerina! Habíamos planeado encontrarnos en su centésimo cumpleaños. ¡Me dio tanta pena que no llegara a esa edad…! Ese es el resultado de pasar demasiado tiempo en la Tierra.

—Irónico, ya que fue ella quien acuñó ese famoso
«la gravedad es la portadora de la ancianidad»

El doctor Heywood Floyd contempló, meditabundo, el siempre cambiante panorama del hermoso planeta, situado a tan solo seis mil kilómetros y sobre el cual nunca ía volver a caminar. Resultaba aún más iró
causa del accidente más estúpido de su vida, Floyd siguiese gozando de una excelente salud, cuando todos sus antiguos amigos ya estaban muertos.

Hacía apenas una semana que había vuelto a la Tierra cuando, a pesar de todas las advertencias —y de su propia ón de que nada de eso le ocurriría alguna vez a por el balcón de aquel segundo piso. (Sí, habí celebrando, pero se lo había ganado: era un héroe en el nuevo mundo al que había regresado la Leonov.) Las fracturas ltiples habían desembocado en complicaciones, y el tratamiento se pudo efectuar en el Hospital Espacial Pasteur.

Eso había sido en 2015. Y ahora —en realidad, no lo poa creer, pero allí estaba el almanaque, en la pared—

Para Heywood Floyd, el reloj biológico no solo hab sido retrasado por la gravedad del hospital —que era un sexto de la gravedad de la Tierra— sino que, dos veces en su vida, ese reloj en verdad había ido hacia atrás. Y si bien algunos expertos lo ponían en duda, en esos momentos era creencia generalizada que la hibernación hacía algo má detener el proceso de envejecimiento: ayudaba a rejuvenecer. En su viaje de ida y vuelta a Júpiter, Floyd en realidad haa rejuvenecido.

Así que de veras opinas que resulta seguro que vaya? Nada es seguro en este universo, Heywood. Todo lo que puedo decir es que no hay objeciones en cuanto a lo figico. Después de todo, a bordo de la Universe, dos los fines prácticos, tu ambiente será igual al que hay aqu á la nave no cuente con todo el nivel de… ah…
lativa pericia médica que podemos brindar en el Pasteur, pero el doctor Mahindran es un buen hombre. Si se le presenta cualquier problema al que no pueda hacer frente, puede ponerte en hibernación una vez más, y despacharte de regreso í, con franqueo pagado por el destinatario.

Ese era el veredicto que Floyd había anhelado oí obstante, por alguna causa su placer estaba mezclado con tristeza: durante semanas estaría alejado del que habí
hogar durante casi medio siglo, y de los nuevos amigos de últimos años. Y, aunque la Universe era un paquebote de lujo, en comparación con la primitiva Leonov (la que, en la actualidad, se encontraba suspendida sobre Lado Oculto y ía uno de los principales objetos de exhibició Museo Lagrange), seguía existiendo cierto elemento de riesgo en cualquier viaje espacial prolongado. Sobre todo en un viaje pionero como este que ahora se disponía a emprender Heywood…

Aunque quizá fuera eso, precisamente, lo que estaba bus… aun a los ciento tres años (según el complejo c átrico de la difunta profesora Katerina Rudenko, cuando contaba sanos y robustos sesenta y cinco añ
écada anterior, Heywood había ido tomando conciencia de que era presa de un creciente desasosiego y una vaga insatisfacción debido a la vida que llevaba, demasiado moda y ordenada.

A pesar de todos los emocionantes proyectos que se estaban desarrollando por todo el Sistema Solar —
n de Marte, la instalación de la Base en Mercurio, el Reverdecimiento de Ganimedes—, no había existido ning objetivo en el que Heywood hubiera podido concentrar de veras su interés y sus todavía considerables energí
ás, uno de los primeros poetas de la Era Cient
a resumido a la perfección sus sentimientos, hablando a és de los labios de Odiseo/Ulises:

Vida apilada sobre vida
fue demasiado poco, y de una
poco queda; pero a cada hora se salva
de ese eterno silencio algo más,
un portador de nuevas cosas; y despreciable fue
durante unos tres soles conservarme y atesorarme,
y este gris espíritu anhelante de deseo
de perseguir el conocimiento como una estrella feneciente, s allá del supremo confín del pensamiento humano.

«¡Tres soles», claro que sí! Eran más de cuarenta: Ulises ía avergonzado de él. Pero la estrofa siguiente, que

Heywood conocía tan bien, era todavía más adecuada:

Puede ser que las vorágines nos arrastren;
puede ser que hagamos puerto en las Islas Felices, y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos.

Aunque mucho se ha tomado, mucho queda; y aunque
no somos ahora aquella fuerza que antaño
a cielo y tierra; aquello que somos, somos;
un igual temperamento de corazones heroicos,
ébil por el tiempo y el sino, pero fuerte en la voluntad de luchar, de buscar, de hallar, y de no cejar.

De buscar, de hallar…» Bueno, ahora Floyd sabí
era lo que iba a buscar y a hallar… porque sabía con exactiónde habría de estar. Con excepción de algún accidente ófico, no había manera de que Floyd evitara lo que

No era un objetivo que alguna vez se le hubiera ocurrido de modo consciente, y aun ahora, Floyd no estaba completamente seguro del motivo por el que, de pronto, habí
zado a obsesionarle. Siempre se había considerado a sí inmune a la fiebre que, ¡por segunda vez en el transcurso de su vida!, estaba atacando a la especie humana, aunque tal vez estuviera equivocado. También era posible que la inesperada ón a unirse a la reducida lista de huéspedes distinguiían a bordo de la Universe, hubiera excitado su ón y hubiera despertado un entusiasmo que ni siía que poseía.

Pero existía otra posibilidad: al cabo de todos esos a
ía podía recordar cuán decepcionante había resultado ser el encuentro de 1985-1986 para el gran público. Ahora se presentaba la oportunidad —la última para Floyd, la primera para la humanidad— de compensar ampliamente cualquier ón anterior.

Hacia el siglo XX, solo había sido posible la realizació vuelos de circunvalación; pero esta vez tendría lugar un descenso verdadero, investido, a su manera, de un cará pionero como lo fueron los primeros pasos de Armstrong y Aldrin sobre la Luna.

El doctor Heywood Floyd, veterano de la misión a J
ter efectuada entre los años 2010 y 2015, dejó que su imagin volara hacia el exterior, hacia el fantasmal visitante que, una vez más, retornaba de las profundidades del espacio, y ganaba mayor velocidad a cada segundo, en tanto se apresuraba a dar la vuelta alrededor del Sol. Y entre las ó
Tierra y de Venus, el más famoso de todos los cometas se ía con la aún incompleta cosmonave de línea
, que iba a realizar su vuelo inaugural.

Todavía no se había acordado el punto exacto de reuni pero el científico ya había tomado su decisión:

—Halley, allá voy… —musitó Heywood Floyd.

2. PRIMERA VISTA

No es cierto que haya que abandonar la Tierra para apreciar todo el esplendor de los cielos. Ni siquiera en el espacio, el cielo estrellado es más glorioso que cuando se observa desde una elevada montaña, en una noche perfectamente di

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