El alzamiento de Persépolis (The Expanse 7)

James S. A. Corey

Fragmento

Prólogo. Cortázar

Prólogo

Cortázar

Habían pasado casi tres décadas desde que Paolo Cortázar y la flota separatista atravesaran la puerta de Laconia. Tiempo suficiente para construir una pequeña civilización, una ciudad, una cultura. Tiempo suficiente para que él confirmase que los ingenieros alienígenas habían diseñado la protomolécula con intención de que fuese una manera de tender puentes. La habían lanzado a las estrellas como semillas para que se topasen con cualquier clase de vida orgánica y luego crear unas puertas anulares en un universo burbuja, un nexo entre mundos. Hasta la desaparición de esos ingenieros, la zona lenta y sus anillos habían sido el núcleo de un imperio que desafiaba toda comprensión humana. Y ahora lo serían otra vez: un pequeño mecanismo de construcción de puentes con el que las distancias no plantearían problema alguno y que lo cambiaría todo para la humanidad.

A Paolo le importaba toda la humanidad. Para él, la protomolécula y todas las posibilidades a las que daba pie eran algo universal. No solo había cambiado la configuración del universo a su alrededor, sino que había llegado a alterarlo a él a nivel personal y profesional. Se había convertido en su obsesión durante décadas. Su novio más reciente lo había acusado de amar a la protomolécula más que a él en la pelea que había dado al traste con la relación.

Paolo había sido incapaz de negarlo. Hacía tanto tiempo que no sentía nada cercano al amor por otro ser humano que había empezado a ser incapaz de distinguirlo. Sin duda, estudiar la protomolécula y la gran cantidad de ramas científicas a las que afectaba le arrebataba la mayor parte de su tiempo y atención. Comprender la forma en la que algo así interactuaba con otros artefactos y tecnologías alienígenas conllevaba el trabajo de varias vidas. No se sentía mal por la devoción que le prestaba. Esa pequeña y maravillosa motita llena de información implícita era como un capullo que nunca dejaba de florecer. Era bella de una manera en la que no podía llegar a serlo ninguna otra cosa. Su pareja había sido incapaz de aceptarlo y, en retrospectiva, el final de la relación se antojaba inevitable. Paolo lo echaba de menos, en cierta manera abstracta, igual que echaría de menos un par de zapatos cómodos.

Tenía una gran cantidad de cosas maravillosas a las que dedicar su tiempo.

Un entramado de carbono crecía y se desenvolvía en patrones intrincados y entrelazados en la pantalla que tenía delante. La protomolécula siempre empezaba a formar esos patrones cuando se encontraba con las condiciones medioambientales adecuadas y en un lugar de crecimiento óptimo. El material que se creaba con ella era más ligero, pero con un volumen similar a la fibra de carbono y una resistencia tensil parecida a la del grafeno. El Directorio Tecnológico del Concilio Militar Laconio le había pedido analizar si podía usarse para las armaduras de infantería. La tendencia del entramado a fusionarse de manera permanente a la piel humana lo convertía en todo un problema de ingeniería, pero eso no hacía que dejase de ser maravilloso.

Paolo ajustó la sensibilidad del flujo de electrones y se inclinó hacia el monitor como un niño concentrado en un juego, mientras veía cómo la protomolécula se hacía con los tres átomos de carbono que flotaban a su alrededor y los incluía en la cuadrícula.

—Doctor Cortázar —dijo una voz.

Paolo respondió con un gruñido y un gesto de la mano que expresaba un: «Márchate. Estoy ocupado», independientemente del idioma.

—Doctor Cortázar —repitió la voz, insistente.

Paolo apartó la vista de la pantalla y se giró. Una persona de piel pálida de género indefinido y con una bata de laboratorio sostenía un terminal portátil enorme. Paolo creía que se llamaba Caton. ¿Canton? ¿Cantor? Algo así. Formaba parte del equipo de técnicos del laboratorio. Recordaba que se trataba de alguien competente. Pero acababa de interrumpirlo, por lo que habría consecuencias. La mirada nerviosa del rostro de Caton/Canton/Cantor le indicó a Paolo que sabía que habría consecuencias.

Antes de que Paolo hablase, dijo:

—El director me ha pedido que le recuerde que tiene una cita. Con… —Bajó la voz hasta dejarla casi en un susurro—. Él. Con Él.

No se refería al propio director. Solo había un «Él».

Paolo apagó la pantalla y se aseguró de que los sistemas de monitorización continuaban grabándolo todo antes de levantarse.

—Sí, por supuesto —dijo. Luego añadió, porque esos días había empezado a hacer un esfuerzo consciente—: Gracias. ¿Cantor?

—Caton —corrigió la otra persona con alivio manifiesto.

—Claro. Por favor, informe al director de que voy de camino.

—Se supone que tengo que acompañarle, doctor —dijo Caton al tiempo que tocaba la pantalla del terminal portátil, como si lo tuviera apuntado en algún sitio.

—Claro.

Paolo cogió la chaqueta de un colgador que había junto a la puerta y salió de la estancia.

El laboratorio de bioingeniería y nanoinformática de la Universidad de Laconia era el mayor laboratorio de investigación de todo el planeta. Puede que incluso de todo el espacio humano. El campus de la universidad se extendía por casi cuarenta hectáreas de terreno por las afueras de la capital laconia. Era un orden de magnitud mayor de lo que necesitaba la gente que lo habitaba, igual que todo lo demás que había en el planeta. Se había construido con el futuro en mente. Para todos los que vendrían después.

Paolo avanzó con prisa por un sendero de gravilla sin dejar de revisar el monitor de su antebrazo. Caton trotaba detrás de él.

—Doctor —llamó al tiempo que señalaba en dirección opuesta—. He traído un carrito para usted. Está en el aparcamiento C.

—Tráemelo al Redil. Tengo que hacer algo allí antes.

Caton titubeó unos instantes, al verse entre la espada y la pared: entre una orden directa y la responsabilidad de ser su protector.

—Sí, doctor —dijo Caton, que empezó a correr en dirección contraria.

Mientras caminaba, Paolo revisó su lista de tareas diarias para asegurarse de que no se olvidaba de nada, se cubrió el monitor con la manga y alzó la vista al cielo. Hacía un día maravilloso. Laconia tenía un cielo azul cerúleo en el que destacaban unas pocas nubes blancas y algodonosas. La gigantesca plataforma orbital de construcción que rodeaba el planeta, con sus andamios y el hueco que quedaba entre ellos, casi no resultaba visible. Era como un oligonucleótido que flotase en el espacio.

El viento suave arrastraba el aroma plástico de los hongos del lugar, que soltaban esos análogos de las esporas. La brisa agitaba las alargadas hojas de los silboperros a su paso. Los grúnchidos, que parecían venir del mismo nicho ecológico que los grillos y hasta tenían unas pocas similitudes morfológicas, se aferraban a las plantas y le siseaban cuando se acercaba demasiado. No tenía ni idea de por qué le habían puesto silboperros d

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