El hombre invisible

H.G. Wells

Fragmento

Introducción

INTRODUCCIÓN

El hombre invisible es una de las obras escritas en la década de 1890 que no solo consagraron al autor inglés Herbert George Wells como a uno de los escritores más populares e internacionales del momento, sino que lo convirtieron en el precursor indiscutible del género de la ciencia ficción. El gran éxito cosechado por su primera fantasía científica, La máquina del tiempo (1895), le dio a este humilde exaprendiz de pañero y exprofesor de biología de Bromley, Kent, la medida de su potencial literario, que le animaría a producir en un corto periodo lo que la posteridad reconocería como sus narraciones más emblemáticas: La isla del Doctor Moreau (1896), El hombre invisible (1897) y La guerra de los mundos (1898). En los albores del siglo XX, las obras de Wells se publicaban casi simultáneamente en Inglaterra y Estados Unidos y se traducían a varias lenguas europeas.[1] Se perfilaba pues el joven Wells como un hombre dispuesto a explorar límites y traspasar fronteras de diversa índole: sociales, disciplinares, temporales, geográficas. Y de lo mismo harán gala sus afamados personajes.

El hombre invisible nos introduce en los avatares vitales de Griffin, un investigador científico que, tras años de precaria existencia e intenso estudio, consigue hacerse invisible y franquear el límite de lo posible. Para Griffin este logro implica, en sus palabras, «trascender la magia» (cap. 19). Es necesario señalar que esta frase alude a muchos siglos de historia en los que la invisibilidad se perfila como un anhelo humano ligado al mito y la leyenda, pero que los avances científicos del siglo XIX acercan un poco al ámbito de lo real. Si nos remontamos a la Edad Antigua, como señala Phillip Ball, encontramos un ejemplo paradigmático de este mito en la historia del Anillo de Giges, narrada por Glaucón en La República de Platón (circa 370 a.C.).[2] Cuenta la historia que Giges era un pastor lidio que, tras una tormenta que abrió una enorme grieta en el lugar donde se hallaba, encontró un caballo de bronce dentro del cual yacía el cuerpo de un gigante, cuya única vestimenta era un anillo de oro. El pastor cogió el anillo para más tarde descubrir fortuitamente que si giraba su engaste hacia la palma de la mano, el anillo le otorgaba el poder de la invisibilidad, estado que podía revertir con solo volver a girarlo. No tardó Giges en activar su prodigioso talismán, que usó para seducir a la esposa del rey, asesinarlo y usurpar su trono. Glaucón emplea este relato para ilustrar su idea de la corruptibilidad natural del ser humano y el reclamo irreprimible de la invisibilidad, explicando que en estas circunstancias «no habría persona de convicciones tan firmes como para perseverar en la justicia y abstenerse en absoluto de tocar lo de los demás, cuando nada le impedía dirigirse al mercado y tomar de allí sin miedo cuanto quisiera, entrar en las casas ajenas y fornicar con quien se le antojara, matar o libertar personas a su arbitrio, obrar, en fin, como un dios rodeado de mortales».[3] La invisibilidad se erige en este mito, como lo hará también en un principio en la novela de Wells, como una garantía de impunidad que da un enorme poder y ventaja al que la posee, y lo conduce inevitablemente a obrar en beneficio propio y en perjuicio de los demás. Es más que probable que Wells conociera la historia, ya que en su autobiografía identifica La República —un libro que leyó siendo adolescente en la biblioteca de la casa señorial de Uppark donde su madre trabajaba como criada— con una de las lecturas más formativas de su vida.[4] La coincidencia de iniciales entre Griffin y Giges podría entonces ser deliberada.

Las grandes innovaciones científicas de finales del siglo XIX contribuyeron a darle cierta legitimidad empírica al concepto de lo invisible, alejándolo del ámbito de la magia y el oscurantismo. Marie Curie resumió esta idea diciendo que los nuevos descubrimientos parecían «derivados de la fantasmagoría».[5] Con ello se refería no solo a los minúsculos elementos químicos con actividad radiactiva invisible que los Curie habían logrado identificar, el radio y el polonio, sino al descubrimiento de los rayos X por el físico alemán Wilhelm Röntgen, invisibles pero capaces de penetrar la materia, o las ondas de radio de Hertz y Marconi que hicieron posible la comunicación a distancia.[6] Por otra parte, la revelación científica de la existencia de un ámbito invisible pero real hizo resurgir las creencias espiritistas, o fenómenos como la telepatía, y eran muy populares los espectáculos de magia donde se hacía desaparecer a alguien.[7] Si pensamos que los rayos X fueron descubiertos en 1895, el mismo año en que se publicó La máquina del tiempo, podemos apreciar que Wells escribía sus fantasías científicas en un clima receptivo a lo extraordinario. Esta idea aflora en El hombre invisible durante la conversación mantenida entre el señor Marvel y un marinero, que afirma: «Nunca había oído hablar de un hombre invisible; pero hoy en día se oyen tantas cosas extraordinarias que …» (cap. 14). No por ello los prodigios que tienen lugar en esta y otras aventuras wellsianas —viaje en el tiempo, invasión espacial, trasformación de animales en humanos— dejaban de ser insólitos para los lectores de la época, pues todavía no han dejado de serlo.

Esta revisión de las fuentes primordiales de las que se nutre El hombre invisible nos permite aproximarnos a la novela como una fusión de mito y ciencia, donde, como veremos, la ciencia, representada aquí por los experimentos de Griffin, no logra finalmente superar a la magia, o al poder maravilloso del anillo de Giges. En los capítulos 19 y 20 de la novela, Griffin explica al incrédulo doctor Kemp la base científica de su increíble transformación, una combinación de la manipulación del índice refractivo de la materia y la aplicación de los rayos de Röntgen. Wells evoca así el conocimiento científico del momento, pero lo eleva a un nivel fantástico en sus resultados, ya que la consecución de la invisibilidad no era factible. De hecho, aquí reside la principal diferencia entre Wells y el gran escritor francés Julio Verne, con quien a menudo Wells era comparado. Wells se distanció de Verne explicando que mientras que este reflejaba «posibilidades reales de invención y descubrimiento», como el viaje submarino, sus historias eran «ejercicios de la imaginación», más afines a obras como El asno de oro o Frankenstein.[8] Además, las fantasías de Wells carecen d

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