Cómo explicar física cuántica con un gato zombi

Big Van, científicos sobre ruedas

Fragmento

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—Me meo, me meo, me meo...

Ada no paraba de mirar por la ventanilla del coche. No veía el momento de llegar, su vejiga iba a explotar. Había intentado todas las posturas, y ahora le había entrado el baile de san Vito.

—Tranquila, Ada —le contestó su madre, que estaba conduciendo el coche—. Ya casi estamos.

Aparcaron el coche en Montornés, enfrente de una casita de dos pisos. Ada le dio un beso a su madre, salió del coche a la velocidad de la luz y ni se fijó en que su tía Saturnina la esperaba con los brazos abiertos de par en par en la entrada. Es que se meaba mucho.

Pese a lo poco poético que pueda parecer este reencuentro entre Ada y su tía, para Ada pasar un mes de verano en casa de la tía Saturnina tenía bastantes cosas buenas: poder ir todos los días a la piscina que está a un par de calles de la casa, petarla a muerte en el Skatepark con algunas de las bicis que había en el garaje, leer en el jardín trasero en una tumbona al sol y reencontrarse con su primo Max. Max era más calmado que Ada, pero para él las vacaciones anuales en casa de tía Saturnina también tenían cosas chulas: las galletas que su tía hacía para merendar, hartarse de jugar al ordenador portátil que traía y pasar unas semanas con Ada.

Ada salió del baño entonando un tremendo «ufff, ¡qué gusto!» y vio que Max estaba medio adormilado en el sofá del comedor.

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—¡Tontaina, que ya he llegado! —dijo Ada mientras soltaba la mochila en una esquina. Sí, había ido al baño con la mochila puesta. Cuando la necesidad aprieta no hay tiempo para acciones colaterales.

—Hala, ¡se acabó la tranquilidad en esta casa! —contestó Max mientras Ada le arreaba un besazo fortísimo en toda la mejilla.

En general, los días de vacaciones pasaban rápidamente y, antes de que se dieran cuenta, sus padres aparecían en casa de la tía Saturnina para llevarlos de vuelta. Pero, mira tú, ahora mismo no tenían absolutamente nada que hacer y hacía tanto calor a la hora de comer que era imposible salir fuera. Al menos para ellos. Saturnina era inmune al calor y había salido a por el pan.

—Jo, Max, esto es un rollo... —comentó Ada cambiando de canal.

Max asintió mientras ojeaba un cómic muy viejo y pasado. Unos minutos después se escuchó un ruido de llaves y la tía Saturnina entró en casa.

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—¡Chicos, ya he vuelto! Perdonad por el retraso —gritó mientras iba directamente hacia la cocina—. Vamos, ¿quién va poniendo la mesa mientras acabo de preparar la comida? —Max y Ada se miraron de reojo sin llegar a levantarse—. Para quien me ayude, he hecho galletas de postre...

Max y Ada se miraron de nuevo antes de salir disparados hacia la cocina. Ada llegó la primera por poco, pero se paró en seco al ver una gata negra, sucia y despeinada, con una cicatriz sobre el ojo derecho y un bocao en la oreja izquierda, bebiendo un poco de leche de un platito en el suelo. Era, probablemente, la gata más callejera y macarra del mundo.

—Tía, ¿qué es eso? —preguntó Ada señalando al animal.

Saturnina desvió un momento la mirada de los fogones.

—Pues una gata, ¿qué va a ser si no? ¿A que es una ricura?

A Max y Ada el animal les recordó la idea que tenía su tía sobre lo que es una ricura: la primera mascota que tuvo fue Moqueta, un perro peludo y feo que vivía en la casa cuando ellos eran pequeños, y luego vino Bolita, un hurón medio calvo y muy gordo, con una mala leche que no había quien se acercara. Vivió en el salón colonizando el mejor sofá hasta hacía un par de años.

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—Me la he encontrado abandonada entre unos cubos de basura cerca de la casa de los Fernández, que por cierto me he cruzado con su hijo Marcos y no veáis cómo lleva el pelo, se ha hecho una cresta punk de un palmo..., con lo repeinado que iba de chico. Y cuando esta gata me ha mirado con esa carita, pues he tenido que traérmela.

—Será una buena gata, pero está muy sucia.

—Y es bastante fea...

—¿Fea? ¿Sucia? Os tendrías que haber visto a vosotros de pequeños. Esta pobrecita lo único que necesita es un hogar y algo de cariño, ¿verdad que sí, ricura?

La gata, que bebía plácidamente, se giró hacia Saturnina y le devolvió el cariño vomitando una bola de pelo. Luego continuó bebiendo. Plácidamente.

—Creo que la voy a llamar Mórtimer. ¿Verdad que te gusta ese nombre, bonita? ¿Verdad que sí? —le dijo la tía Saturnina a Mórtimer, sin dejar de cocinar.

Tras la comida, la tía Saturnina les dio las últimas indicaciones antes de marcharse unos días a visitar a su amiga Juliana, que se había lesionado el tobillo haciendo barranquismo. Ya hacía unos años que, cada verano, una u otra amiga de la tía Saturnina se lesionaba un tobillo, una rodilla o el coxis... Max y Ada sospechaban que todo era una estratagema de su tía para reunirse unos días con sus amigotas jubiladas en Benidorm.

A los chicos no les importaba. Según los cálculos de Ada, les dejaba comida suficiente para alimentarlos durante dos o tres apocalipsis, más o menos.

—Además —dijo Saturnina—, le he pedido a Sigma que se pase de vez en cuando a echaros un ojo y le he dado una copia de la llave de casa por si os pasara cualquier cosa.

—¿Sigma, cuidándonos? —Max alzó una ceja intrigado.

La tía Saturnina reflexionó un momento mientras recordaba lo que le ocurrió a sus plantas la última vez que le pidió a Sigma que las cuidara: las hortensias se secaron, los geranios estaban encharcados y, por algún motivo, la mitad de los gladiolos habían sido trasplantados al otro extremo del jardín. Sigma era un joven científico que vivía en la casa de enfrente de la de Saturnina. La ciencia se le daría muy bien, pero lo que es la jardinería...

—Bueno, mejor cuidáis vosotros de Sigma. Hay aguacates de sobra, que ya sabéis que le encantan. ¡Y no os olvidéis de Mórtimer! Cuidádmela bien, ¿eh? Por cierto, ¿dónde está? Bueno, luego me despediré de ella.

Al anochecer, una vieja furgoneta hizo sonar el claxon y dos señoras mayores se asomaron desde las ventanillas, saludando animadas. Si juntabas la edad de las dos, llegabas al origen del universo. Tía Saturnina bajó apresuradamente las escaleras con las maletas y se despidió de sus sobrinos con una sonora ráfaga de besos para cada uno. En cambio, con Mórtimer, se tiró diez minutos dándole mimos: que si ¡ay, mi cosita!, que si ¡ay, mi cuchirrimininina!, que si ¿quién te quiere a ti?... Ada sentía lo siguiente a la vergüenza ajena.

Cuando las abuelas por fin se fueron, derrapando y con Rock FM a todo trapo, Max y Ada las siguieron con

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